Quiero reflexionar sobre una frase atribuida a Ernest Hemingway: “Todo lo realmente malvado comienza con algo inocente”.
Ésta puede ser interpretada no como una sentencia moral abstracta, sino como una hipótesis sociopolítica de gran valor analítico. Desde una perspectiva académica —y, de forma explícita, desde una tradición masónica que privilegia la razón, la ética y el progreso del conocimiento—, dicha afirmación permite examinar con rigor cómo los fascismos históricos y el actual auge de la extrema derecha emergen mediante procesos graduales, racionalizados y, en sus inicios, socialmente tolerables.
Antes de seguir avanzando con la reflexión, me interesa subrayar que los fenómenos autoritarios no son anomalías externas al sistema democrático, sino resultados observables de dinámicas sociales mal gestionadas. La historia del siglo XX ofrece evidencia empírica suficiente: los fascismos no surgieron como rupturas súbitas, sino como desviaciones progresivas de sistemas debilitados por crisis económicas, deslegitimación institucional y simplificación del discurso público. En términos sistémicos, podríamos describirlos como fallos acumulativos en los mecanismos de autorregulación democrática.
Desde la tradición masónica —entendida aquí no como dogma, sino como marco filosófico— existe una advertencia constante contra este tipo de regresiones. La masonería se funda en la confianza en la razón ilustrada, en la educación como herramienta de emancipación y en la dignidad intrínseca del ser humano. Por ello, identifica como especialmente peligrosa cualquier ideología que sustituya el pensamiento crítico por la obediencia, el conocimiento por el mito y la fraternidad universal por identidades excluyentes. El fascismo, en este sentido, no es solo un error político, sino una negación epistemológica: rechaza la complejidad del mundo en favor de explicaciones simples y emocionalmente satisfactorias.
El carácter “inocente” de los inicios es clave. Tanto en los fascismos clásicos como en las expresiones actuales de la extrema derecha, el punto de entrada suele ser una reivindicación aparentemente legítima: orden frente al caos, identidad frente a la incertidumbre, seguridad frente al miedo. Estos conceptos, aislados de su contexto ético, funcionan como variables atractivas en sociedades sometidas a estrés económico y cultural. El problema no reside en las preguntas que formulan, sino en las respuestas que ofrecen: respuestas cerradas, dogmáticas y refractarias a la evidencia.
Este proceso puede describirse como una reducción deliberada de la complejidad. Allí donde la democracia liberal acepta la pluralidad de datos, intereses y perspectivas, el autoritarismo simplifica. Esta simplificación no es neutra: requiere la identificación de un enemigo, la deshumanización del “otro” y la erosión progresiva del lenguaje racional. Nuestra Augusta Orden siempre ha advertido históricamente contra este fenómeno, al considerar el lenguaje y el símbolo como herramientas de construcción moral: cuando se corrompen, se corrompe también la convivencia.
En la actualidad, el auge de la extrema derecha reproduce estos patrones con nuevas tecnologías y canales de difusión. El método, sin embargo, es el mismo: normalización de la intolerancia mediante el humor, relativización de los derechos humanos en nombre de la eficacia, y exaltación de liderazgos fuertes como supuesta solución técnica a problemas estructurales. Este planteamiento es falaz y desde la óptica masónica, además, es profundamente antiiniciática, pues bloquea el perfeccionamiento individual y colectivo.
Conviene insistir en un punto fundamental: la masonería no propone una ideología cerrada frente a otra, sino un método. Un método basado en la duda, el debate informado y la mejora constante del individuo como base del progreso social. El fascismo y sus variantes contemporáneas operan en sentido inverso: clausuran la duda, penalizan el disenso y sustituyen el conocimiento por la consigna. Cuando estas prácticas se aceptan como “normales” o “inevitables”, el mal —siguiendo la advertencia inicial— ya ha dejado de ser inocente, aunque aún no se reconozca como tal.
El ascenso histórico de los fascismos y el auge actual de la extrema derecha pueden entenderse como el resultado de pequeñas concesiones sucesivas a la irracionalidad, al miedo y a la pereza intelectual. La respuesta no puede ser emocional ni reactiva, sino racional, pedagógica y ética. Defender la democracia implica defender el pensamiento complejo, la dignidad humana y la fraternidad como principios operativos, no retóricos. Porque cuando una sociedad renuncia a estas herramientas, incluso por razones aparentemente inocentes, comienza a construir —sin advertirlo— las bases de su propia regresión.
Robespierre, M:.M:.
