lunes, 23 de febrero de 2026

Sobre el desplazamiento del centro

Desde los orígenes de la vida en comunidad, el ser humano ha reflexionado sobre el lugar que ocupa la riqueza en la arquitectura moral y social. Los textos veterotestamentarios ofrecen un relato fundacional de especial potencia simbólica: tras liberar Moisés al pueblo de Israel de la esclavitud impuesta por Ramsés II y recibir en el monte Sinaí las Tablas de la Ley, el legislador encuentra a su regreso a un pueblo entregado al culto de un becerro de oro. El episodio, recogido en el Éxodo, no describe únicamente un acto de idolatría, sino una ruptura del orden: la sustitución del principio rector por un objeto material elevado a centro de gravedad de la comunidad.

Leído desde una clave simbólica, el becerro de oro no representa tanto la riqueza en sí misma como la inversión de jerarquías: lo instrumental ocupa el lugar de lo esencial, y lo accesorio se erige en fundamento. Allí donde debía reinar la ley interior, se impone la fascinación por la apariencia y el brillo.

Esta advertencia atraviesa también la tradición filosófica. El pensamiento estoico formuló con notable claridad la necesidad de mantener el dominio de sí frente a los bienes externos. Séneca, en sus Epistulae Morales ad Lucilium (Cartas a Lucilio), afirmaba que “las riquezas están al servicio del sabio; del necio son dueñas”. La sentencia encierra una distinción esencial: la libertad interior frente a la servidumbre voluntaria.

La riqueza, comprendida como medio, puede integrarse en un orden racional; convertida en fin, disuelve ese orden. Cuando el individuo abdica de su gobierno interior, la comunidad comienza a descomponerse por la pérdida de un principio común que armonice voluntades y limite excesos.

En la modernidad, esta tensión adopta formas más sutiles. La acumulación de riqueza no se impone únicamente por la fuerza de los hechos, sino por la construcción de relatos que la legitiman. No deja de resultar significativo que amplios sectores sociales sean inducidos a defender estructuras que consolidan la concentración de poder económico, incluso cuando ello contradice sus propios intereses materiales.

John Kenneth Galbraith analizó este fenómeno en La cultura de la satisfacción, citando una afirmación atribuida a Ronald Reagan durante la campaña presidencial de 1979: “La economía de Estados Unidos no funciona porque los ricos no son suficientemente ricos y los pobres no son suficientemente pobres”. En esta formulación se condensa una lógica que convierte la desigualdad en virtud y presenta el desequilibrio como condición necesaria del progreso.

La evolución reciente de los sistemas económicos ha supuesto un progresivo alejamiento de los principios que inspiraron el liberalismo clásico. Adam Smith, en La riqueza de las naciones, sostenía que “el salario del trabajo es siempre lo que el trabajador necesita para mantener su subsistencia y su capacidad de trabajar; pero si se le paga más de lo que necesita para vivir, esa abundancia se convierte en poder de compra adicional, que estimula la demanda de productos y ayuda a mantener la circulación de la riqueza” (Libro I, Capítulo VIII).

Esta concepción incorporaba implícitamente una idea de equilibrio: la riqueza debía fluir, no acumularse de forma estéril; debía contribuir a la estabilidad del conjunto, no a su fractura. La interpretación contemporánea, sin embargo, ha vaciado este planteamiento de su contenido moral, conservando únicamente su armazón formal.

El protagonismo otorgado a la acumulación alcanza hoy niveles que ponen en cuestión la cohesión misma del edificio social. Según un informe de Oxfam Intermón de 2023, “entre diciembre de 2019 y diciembre de 2021 la nueva riqueza generada ascendió a 42 billones de dólares. El 1 % más rico acaparó 26 billones de dólares (el 63 % de esta nueva riqueza), mientras que solo 16 billones de dólares (el 37 %) fue a parar al 99 % restante de la población mundial”.

Estas cifras no son meros datos económicos: son indicios de un desequilibrio estructural que, de persistir, compromete la estabilidad del conjunto. Allí donde la acumulación se vuelve fin último, el vínculo social se debilita y la fraternidad se convierte en una noción retórica.

Existen, sin embargo, realidades que recuerdan el carácter contingente de toda posición material. La enfermedad y la muerte, como ha señalado el profesor Emilio del Río, actúan como grandes igualadores, devolviendo a todos los seres humanos a una condición común. Esta constatación revela la fragilidad de cualquier jerarquía basada exclusivamente en la posesión.

Desde una perspectiva ética, la acumulación sin límite no fortalece al individuo ni a la comunidad: los empobrece en su dimensión moral. Una sociedad que consagra el éxito material como medida última termina por erosionar los lazos que la sostienen.

Las dinámicas culturales contemporáneas, amplificadas por las redes sociales, tienden a exaltar el lujo y la exhibición como signos de realización personal. Frente a esta tendencia, se hace necesaria una labor constante de formación interior, orientada al discernimiento y al ejercicio de una crítica serena y rigurosa.

Este trabajo no consiste en la negación de lo material, sino en su justa ordenación. Exige disciplina, silencio reflexivo y disposición a cuestionar los discursos que prometen plenitud sin exigir responsabilidad.

En el ámbito iniciático, el gesto de despojar al profano de sus monedas posee un significado que trasciende lo literal. No se trata de una exaltación de la pobreza, sino de una suspensión simbólica de las diferencias externas. Al quedar desprovisto de sus signos de distinción, el iniciado es invitado a reconocerse en lo esencial, allí donde toda jerarquía se disuelve.

Esta igualación inicial establece el punto de partida del trabajo: recordar que la verdadera construcción no se realiza acumulando, sino ordenando; no apropiándose, sino puliendo aquello que cada uno porta en sí.

Desde el relato del becerro de oro hasta las formas actuales de la economía global, se repite una misma advertencia: cuando lo material ocupa el lugar de lo esencial, el orden se resquebraja. La tarea que se impone no es la de destruir la riqueza, sino la de devolverla a su función legítima, subordinada a principios que aseguren la cohesión, la justicia y la fraternidad.

Solo allí donde la riqueza deja de ser ídolo y recupera su condición de instrumento puede la comunidad aspirar a un equilibrio duradero.

Perogatt, M:.M:.