Nací y fui iniciado en la República Mexicana, tierra del sol, de lucha y de esperanza. Allí aprendí que la Masonería Mexicana no puede entenderse únicamente como una institución discreta y filosófica, sino como una fuerza moral profundamente comprometida con la dignidad humana, la libertad de conciencia y la justicia social. Desde mis primeros trabajos en Logia entendí que el Taller no termina en las cuatro paredes del Templo: se proyecta hacia la sociedad y, sobre todo, hacia el Hermano.
La vida, siempre dinámica, me llevó a cruzar el océano y establecerme en Galicia, tamén a miña terra, una tierra distinta en lengua, clima y costumbres, pero sorprendentemente cercana en espíritu. Confieso que el desarraigo inicial fue intenso: dejar atrás familia, amistades y referencias culturales no es tarea sencilla. Sin embargo, antes incluso de sentirme plenamente integrado en la sociedad profana, ya me sentía en casa dentro del Templo. Bastó una palabra ritual, un saludo fraterno, una mirada cómplice, para comprender que la hermandad masónica trasciende fronteras, acentos y pasaportes.
En este proceso de integración, la Masonería desempeñó un papel socializador fundamental. Me ofreció no solo un espacio de reflexión y trabajo interior, sino también una red humana de apoyo, escucha y orientación. A través de mis Hermanos gallegos aprendí a comprender la historia, la sensibilidad y las heridas de esta tierra; y al mismo tiempo, pude compartir mi propia herencia mexicana, creando un diálogo sincero y enriquecedor. Así, la fraternidad dejó de ser un ideal abstracto para convertirse en una experiencia cotidiana.
Este tránsito personal entre México y España no puede desligarse de la memoria histórica que une a ambas masonerías. Tras la Guerra Civil española, cuando la persecución franquista se ensañó de manera salvaje contra los masones —despojándolos de derechos, dignidad y, en muchos casos, de la vida—, fue México quien tendió la mano. Gracias al compromiso del Estado mexicano y, de manera muy señalada, al amparo ofrecido bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas —figura de profundo sentido social y democrático, impulsor de políticas de justicia económica como la histórica expropiación petrolera, mediante la cual uno de los grandes recursos naturales volvió a ser propiedad del pueblo mexicano—, quien, en su condición de Muy Respetable Gran Maestro de la Muy Respetable Gran Logia Valle de México, hizo también de la fraternidad un principio activo de acogida, permitiendo que numerosos masones españoles encontraran refugio en suelo Mexicano. Allí no solo sobrevivieron: pudieron seguir trabajando, pensando y transmitiendo la Luz que se pretendía apagar.
La Masonería Mexicana demostró entonces que la fraternidad no es una consigna vacía. Aquellos Hermanos españoles, forzados al exilio y convertidos en emigrantes por la violencia y la intolerancia, fueron acogidos como iguales, protegidos frente a la injusticia y acompañados en la reconstrucción de sus vidas. Esa cadena de unión, forjada en uno de los momentos más oscuros de nuestra historia reciente, es hoy un legado moral que nos interpela.
Y es precisamente esa hermandad histórica la que siento hoy reflejada en mi propia experiencia. Aquello que los masones mexicanos ofrecieron a los españoles perseguidos, lo he recibido yo, como joven masón mexicano, en esta tierra de adopción. La cadena no se rompió: simplemente cambió de sentido, demostrando que la fraternidad masónica no conoce de direcciones únicas, sino de reciprocidad constante.
Que esta plancha sirva, humildemente, para reafirmar que la Masonería es puente entre pueblos, refugio en el exilio y escuela de humanidad. Y que nunca olvidemos que cada gesto fraterno que hoy ofrecemos puede ser mañana la esperanza de un Hermano.
Huey Tlatoani, M:.M:.
