La masonería invita al ser humano a observar la realidad con espíritu crítico, a ir más allá de las apariencias y a analizar los mecanismos que ordenan —o desordenan— la vida social. No se trata solo de adquirir conocimientos, sino de comprender cómo funcionan las instituciones, qué incentivos generan y de qué modo condicionan el comportamiento individual y colectivo.
Desde esta perspectiva, la obra "El maravilloso mago de Oz", escrita a comienzos del siglo XX por L. Frank Baum, puede leerse como una alegoría profundamente actual sobre el poder, la manipulación y el deterioro institucional.
Cuando Dorothy llega a Oz —desarraigada, vulnerable y dependiente de ayuda externa— se encuentra con un sistema político aparentemente sólido, gobernado por un Mago omnipotente cuya autoridad nadie cuestiona. Sin embargo, dicha autoridad no se apoya en la capacidad real de resolver los problemas fundamentales de la comunidad, sino en el control del relato, el miedo y una elaborada escenificación del poder.
Desde una óptica económico-institucional, el Mago de Oz encarna una institución vacía, sostenida por la credulidad colectiva y por la ausencia de mecanismos eficaces de control y rendición de cuentas.
Dorothy, en su deseo de regresar a Kansas —símbolo de estabilidad, hogar y bienestar—, busca soluciones dentro del propio sistema. La Bruja Buena del Norte no ofrece una solución directa, sino que la deriva hacia el centro del poder: la Ciudad Esmeralda. Este detalle es revelador, pues refleja una constante histórica: ante problemas estructurales, las sociedades tienden a acudir a instituciones centrales incluso cuando estas carecen de incentivos para resolverlos.
Aquí surge una cuestión clave:
¿qué ocurre cuando una comunidad deposita sus expectativas en instituciones que no están alineadas con el interés general?
Aristóteles advertía que «la naturaleza de la codicia de los hombres no tiene término». En términos modernos, podríamos decir que, en ausencia de límites institucionales claros, los individuos tienden a maximizar su beneficio privado. Platón, por su parte, afirmaba en La República que «el mayor castigo para el hombre bueno que no quiere gobernar es ser gobernado por alguien peor que él». Ambas ideas convergen en una misma advertencia: la combinación de avaricia de unos pocos y apatía de muchos erosiona las instituciones y degrada la vida pública.
Esta lógica se observa con claridad en cuestiones esenciales como el acceso a la vivienda. Lo que debería ser un bien básico se transforma en un activo especulativo cuando su gestión queda en manos de actores cuyos incentivos están completamente desvinculados del bienestar colectivo. Desde una perspectiva institucional, no se trata de un fallo individual, sino de un diseño defectuoso del sistema, que permite extraer rentas privadas a costa del interés general.
Cuando la ciudadanía se retira de la vigilancia activa de la cosa pública, otros ocupan ese espacio. Y no siempre lo hacen con espíritu de servicio.
En El mago de Oz, el gobernante evita enfrentarse a la Bruja Malvada del Oeste porque carece de poder real. Sin embargo, consigue mantenerse en su posición mediante una compleja arquitectura simbólica: rituales, promesas, imágenes y temor. Se trata de un poder que no produce valor, pero sí consume confianza social y capital institucional.
Este modelo recuerda a los gobernantes descritos por Maquiavelo en El Príncipe: líderes que permiten ser vistos de una manera mientras su verdadera naturaleza permanece oculta. El problema no es únicamente el impostor, sino el sistema que tolera y perpetúa la impostura.
La masonería recuerda que la cosa pública no es un ámbito ajeno ni delegable sin consecuencias. La participación, la reflexión serena y el compromiso con el bien común son condiciones necesarias para que las instituciones funcionen de manera justa y eficaz.
Las guerras modernas —especialmente las culturales— se libran en el terreno de las ideas. Y la experiencia histórica demuestra que ningún poder basado exclusivamente en el engaño es sostenible indefinidamente. No hay tirano que cien años dure, ni institución vacía que resista frente a una ciudadanía ilustrada, crítica y comprometida.
Perogatt, M:.M:.
