domingo, 14 de junio de 2026

Cuatro libertades, un solo destino: humanidad

 

En el año 1941 del siglo XX d. N. E., el presidente Roosevelt depositaba la esperanza de la sociedad estadounidense en la construcción de un mundo sustentado sobre cuatro libertades fundamentales que, lamentablemente, hoy parecen haberse convertido en un espejismo. Estas eran la Libertad de Expresión, la Libertad de Culto, la libertad de vivir libres de miedo y la libertad de vivir libres de pobreza. 

Cuando pronunció aquel discurso, Europa y Estados Unidos se encontraban inmersos en una brutal guerra mundial que cuestionaba los principios más esenciales de la existencia humana. En aquellos momentos resultaba plausible imaginar un escenario en el que un modelo político e ideológico basado en una deformación de los planteamientos filosóficos de Friedrich Nietzsche pudiera expandirse más allá de las fronteras de Alemania. Bajo la apariencia de un supuesto humanismo evolutivo, se promovía la idea de una raza de superhombres destinada a imponerse sobre el resto de la humanidad.

Hoy, ante los ojos atónitos de buena parte de la población, asistimos a un espectáculo igualmente inquietante que, aunque revestido de nuevos nombres y discursos, persigue en el fondo objetivos semejantes: la criminalización de determinados grupos humanos. El error fundamental radica en aceptar la premisa misma de la existencia de razas diferenciadas dentro de la especie humana para establecer categorías morales entre unas consideradas superiores y otras presentadas como una amenaza para una supuesta pureza colectiva.

Cuando determinadas formaciones partidistas apelan a la denominada «prioridad nacional», lo que realmente pretenden es imponer esa forma de entender la realidad. Se trata de una formulación torticera cuyo único propósito consiste en generar agravios donde no deberían existir, alimentando la percepción de una competencia artificial entre colectivos que comparten los mismos espacios sociales. Al mismo tiempo, se silencian deliberadamente aquellos factores que contribuyen a la cohesión y vertebración de una sociedad, como la aportación de esos nuevos compatriotas —posean o no la nacionalidad— al sostenimiento de sistemas públicos esenciales, entre ellos las pensiones o la sanidad.

La fuente inspiradora del nazismo alemán fue una obra de cuyo nombre no quiero ni debo acordarme. Sin embargo, más allá de su título, lo verdaderamente relevante es comprender el efecto que produjo sobre amplios sectores de la sociedad: la generación de un odio profundo hacia quienes eran percibidos como diferentes, ya fuera por sus ideas, sus creencias o su condición social. Aquella narrativa no se sustentaba sobre reivindicaciones legítimas ni sobre soluciones reales a los problemas existentes. Su estrategia consistía, sencillamente, en señalar a determinados grupos como responsables de todos los males colectivos, convirtiéndolos en receptáculos de las frustraciones derivadas de circunstancias especialmente adversas.

Por desgracia, los mecanismos que hicieron posible aquel fenómeno vuelven a reproducirse en nuestros días. Cuando escuchamos a dirigentes de fuerzas partidistas de extrema derecha afirmar que «compatriotas tienen que ver como la peluquería de toda la vida ahora está rotulada en árabe», que «no son inmigrantes, son invasores» o cuando aparece en un cartel electoral el mensaje «Un MENA [acrónimo despectivo de estos niños migrantes] 4.700 euros al mes. Tu abuela 426 euros de pensión al mes. Protege Madrid», cabe preguntarse cuál es la finalidad de tales declaraciones.

La respuesta resulta evidente: fomentar el odio, dirigir las frustraciones de unas personas hacia otras que se encuentran en una situación de vulnerabilidad semejante y alimentar un clima propicio para la violencia, tanto verbal como física. No se trata de ofrecer soluciones, sino de construir enemigos.

Frente a esta deriva, resulta imprescindible una respuesta social basada en el civismo y en la defensa de aquellos valores humanistas que constituyen el fundamento de nuestra convivencia. Debemos impedir que dichos principios se diluyan hasta el punto de repetir algunos de los episodios más oscuros de la historia. La experiencia demuestra que las atrocidades cometidas en nombre de una determinada fe, de una ideología excluyente o de una causa partidista rara vez conducen a desenlaces dignos para la humanidad.

Ha llegado también el momento de comprometernos activamente con la defensa de los Derechos Humanos y de posicionarnos sin ambigüedades del lado de la civilización frente a la barbarie. Como decía la canción de Diego Torres, es necesario:  “Saber que se puede, querer que se pueda, quitarse los miedos, sacarlos afuera, pintarse la cara color esperanza, tentar al futuro con el corazón (…)

Perogatt, M:.M:.