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domingo, 14 de junio de 2026

Cuatro libertades, un solo destino: humanidad

 

En el año 1941 del siglo XX d. N. E., el presidente Roosevelt depositaba la esperanza de la sociedad estadounidense en la construcción de un mundo sustentado sobre cuatro libertades fundamentales que, lamentablemente, hoy parecen haberse convertido en un espejismo. Estas eran la Libertad de Expresión, la Libertad de Culto, la libertad de vivir libres de miedo y la libertad de vivir libres de pobreza. 

Cuando pronunció aquel discurso, Europa y Estados Unidos se encontraban inmersos en una brutal guerra mundial que cuestionaba los principios más esenciales de la existencia humana. En aquellos momentos resultaba plausible imaginar un escenario en el que un modelo político e ideológico basado en una deformación de los planteamientos filosóficos de Friedrich Nietzsche pudiera expandirse más allá de las fronteras de Alemania. Bajo la apariencia de un supuesto humanismo evolutivo, se promovía la idea de una raza de superhombres destinada a imponerse sobre el resto de la humanidad.

Hoy, ante los ojos atónitos de buena parte de la población, asistimos a un espectáculo igualmente inquietante que, aunque revestido de nuevos nombres y discursos, persigue en el fondo objetivos semejantes: la criminalización de determinados grupos humanos. El error fundamental radica en aceptar la premisa misma de la existencia de razas diferenciadas dentro de la especie humana para establecer categorías morales entre unas consideradas superiores y otras presentadas como una amenaza para una supuesta pureza colectiva.

Cuando determinadas formaciones partidistas apelan a la denominada «prioridad nacional», lo que realmente pretenden es imponer esa forma de entender la realidad. Se trata de una formulación torticera cuyo único propósito consiste en generar agravios donde no deberían existir, alimentando la percepción de una competencia artificial entre colectivos que comparten los mismos espacios sociales. Al mismo tiempo, se silencian deliberadamente aquellos factores que contribuyen a la cohesión y vertebración de una sociedad, como la aportación de esos nuevos compatriotas —posean o no la nacionalidad— al sostenimiento de sistemas públicos esenciales, entre ellos las pensiones o la sanidad.

La fuente inspiradora del nazismo alemán fue una obra de cuyo nombre no quiero ni debo acordarme. Sin embargo, más allá de su título, lo verdaderamente relevante es comprender el efecto que produjo sobre amplios sectores de la sociedad: la generación de un odio profundo hacia quienes eran percibidos como diferentes, ya fuera por sus ideas, sus creencias o su condición social. Aquella narrativa no se sustentaba sobre reivindicaciones legítimas ni sobre soluciones reales a los problemas existentes. Su estrategia consistía, sencillamente, en señalar a determinados grupos como responsables de todos los males colectivos, convirtiéndolos en receptáculos de las frustraciones derivadas de circunstancias especialmente adversas.

Por desgracia, los mecanismos que hicieron posible aquel fenómeno vuelven a reproducirse en nuestros días. Cuando escuchamos a dirigentes de fuerzas partidistas de extrema derecha afirmar que «compatriotas tienen que ver como la peluquería de toda la vida ahora está rotulada en árabe», que «no son inmigrantes, son invasores» o cuando aparece en un cartel electoral el mensaje «Un MENA [acrónimo despectivo de estos niños migrantes] 4.700 euros al mes. Tu abuela 426 euros de pensión al mes. Protege Madrid», cabe preguntarse cuál es la finalidad de tales declaraciones.

La respuesta resulta evidente: fomentar el odio, dirigir las frustraciones de unas personas hacia otras que se encuentran en una situación de vulnerabilidad semejante y alimentar un clima propicio para la violencia, tanto verbal como física. No se trata de ofrecer soluciones, sino de construir enemigos.

Frente a esta deriva, resulta imprescindible una respuesta social basada en el civismo y en la defensa de aquellos valores humanistas que constituyen el fundamento de nuestra convivencia. Debemos impedir que dichos principios se diluyan hasta el punto de repetir algunos de los episodios más oscuros de la historia. La experiencia demuestra que las atrocidades cometidas en nombre de una determinada fe, de una ideología excluyente o de una causa partidista rara vez conducen a desenlaces dignos para la humanidad.

Ha llegado también el momento de comprometernos activamente con la defensa de los Derechos Humanos y de posicionarnos sin ambigüedades del lado de la civilización frente a la barbarie. Como decía la canción de Diego Torres, es necesario:  “Saber que se puede, querer que se pueda, quitarse los miedos, sacarlos afuera, pintarse la cara color esperanza, tentar al futuro con el corazón (…)

Perogatt, M:.M:.


lunes, 20 de abril de 2026

El Fuego de la Ira y la Escuadra de la Razón

Hace poco leía “Rewind”, de Juan Tallón, una obra que relata la tragedia que sacude con violencia a cuatro estudiantes establecidos en Lión, víctimas de un atentado terrorista que acaba con la vida de todos salvo uno. En uno de sus pasajes, uno de los personajes reflexiona:

Las personas cambiamos. Cambiamos sin saberlo, a veces también cambiamos sin querer; cambiamos tras asegurar que no lo haremos; cambiamos poco a poco y cambiamos de repente; cambiamos porque nos empujan o porque nos equivocamos. Cambiamos para sobrevivir, cambiamos por egoísmo; siempre cambiamos”.

El cambio en la vida de una persona puede venir motivado por múltiples circunstancias, algunas deseadas y otras inevitables. En el contexto actual, cambiar no solo es frecuente, sino que en muchos casos resulta imprescindible para sobrevivir: sobrevivir a la pobreza, a la guerra, a la enfermedad o incluso a la ignorancia.

Sin embargo, no todas estas circunstancias están bajo nuestro control individual. Ni la pobreza ni los conflictos bélicos dependen de decisiones personales aisladas. La ignorancia, en cambio, sí constituye un ámbito en el que podemos intervenir, y paradójicamente es uno de los factores que más alimenta los peores impulsos de nuestra sociedad contemporánea, siendo a la vez uno de los menos cuestionados desde la autocrítica.

Cuando participamos en nuestras tenidas, asumimos —al menos en el plano formal— que la sabiduría debe presidir la construcción de nuestros trabajos. Sin embargo, esta premisa se diluye en el mundo profano, donde con frecuencia relegamos esa guía a un plano irrelevante.

Siempre he defendido que lo que se trabaja en Logia no debe concebirse como un compartimento estanco, separado de la vida cotidiana. Las tenidas no sustituyen la vida profana, sino que deben complementarla. Resulta llamativo observar cómo algunas personas participan en ritos o prácticas de carácter moral o espiritual y, una vez concluidos, actúan en abierta contradicción con los principios que dicen profesar.

Vivimos, además, en un entorno dominado por un lenguaje degradado, alejado de la claridad y de la decencia. Se ha perdido el valor práctico de virtudes como la justicia o la benevolencia en la vida diaria, tal y como reclamaba Marco Aurelio en sus “Meditaciones”. Con frecuencia formamos nuestras opiniones no desde la razón, sino desde impulsos primarios, legitimando comportamientos cuestionables bajo una apariencia de justificación personal.

En este contexto, la ira adquiere un papel central. Lejos de ser contenida o transformada, se convierte en motor de conducta, alejándonos de la capacidad de perdón que defendía Séneca y acercándonos, por el contrario, a posturas extremas que erosionan la convivencia. La ira es, en esencia, la negación de la razón y de la sabiduría.

Desde esta perspectiva, la Ley debe entenderse como una manifestación de la razón. No solo como un conjunto de normas emanadas de órganos legislativos, sino también como expresión de un orden más amplio que rige la naturaleza y la convivencia. La razón se apoya en la sabiduría, y la Ley, en consecuencia, puede interpretarse como una cristalización de esa sabiduría acumulada.

Con motivo del V Centenario del Consejo de Estado, se recuperaba una afirmación de Carlos I de España según la cual no existe poder más sólido que aquel sustentado en el juicio de los prudentes. Ese poder, además, no debe ejercerse como imposición, sino como servicio al interés común, guiado por criterios de equidad.

En última instancia, es ese juicio fundamentado en la prudencia —y también en la serenidad— el que permite alcanzar la idea de que lo que es bueno para la abeja lo es también para la colmena, retomando así una enseñanza de Marco Aurelio. Solo desde esa lógica será posible avanzar hacia una sociedad más cohesionada y auténticamente fraternal.

Perogatt, M:.M:.

sábado, 21 de marzo de 2026

Más allá de la cortina

La masonería invita al ser humano a observar la realidad con espíritu crítico, a ir más allá de las apariencias y a analizar los mecanismos que ordenan —o desordenan— la vida social. No se trata solo de adquirir conocimientos, sino de comprender cómo funcionan las instituciones, qué incentivos generan y de qué modo condicionan el comportamiento individual y colectivo.

Desde esta perspectiva, la obra "El maravilloso mago de Oz", escrita a comienzos del siglo XX por L. Frank Baum, puede leerse como una alegoría profundamente actual sobre el poder, la manipulación y el deterioro institucional.

Cuando Dorothy llega a Oz —desarraigada, vulnerable y dependiente de ayuda externa— se encuentra con un sistema político aparentemente sólido, gobernado por un Mago omnipotente cuya autoridad nadie cuestiona. Sin embargo, dicha autoridad no se apoya en la capacidad real de resolver los problemas fundamentales de la comunidad, sino en el control del relato, el miedo y una elaborada escenificación del poder.

Desde una óptica económico-institucional, el Mago de Oz encarna una institución vacía, sostenida por la credulidad colectiva y por la ausencia de mecanismos eficaces de control y rendición de cuentas.

Dorothy, en su deseo de regresar a Kansas —símbolo de estabilidad, hogar y bienestar—, busca soluciones dentro del propio sistema. La Bruja Buena del Norte no ofrece una solución directa, sino que la deriva hacia el centro del poder: la Ciudad Esmeralda. Este detalle es revelador, pues refleja una constante histórica: ante problemas estructurales, las sociedades tienden a acudir a instituciones centrales incluso cuando estas carecen de incentivos para resolverlos.

Aquí surge una cuestión clave:

¿qué ocurre cuando una comunidad deposita sus expectativas en instituciones que no están alineadas con el interés general?

Aristóteles advertía que «la naturaleza de la codicia de los hombres no tiene término». En términos modernos, podríamos decir que, en ausencia de límites institucionales claros, los individuos tienden a maximizar su beneficio privado. Platón, por su parte, afirmaba en La República que «el mayor castigo para el hombre bueno que no quiere gobernar es ser gobernado por alguien peor que él». Ambas ideas convergen en una misma advertencia: la combinación de avaricia de unos pocos y apatía de muchos erosiona las instituciones y degrada la vida pública.

Esta lógica se observa con claridad en cuestiones esenciales como el acceso a la vivienda. Lo que debería ser un bien básico se transforma en un activo especulativo cuando su gestión queda en manos de actores cuyos incentivos están completamente desvinculados del bienestar colectivo. Desde una perspectiva institucional, no se trata de un fallo individual, sino de un diseño defectuoso del sistema, que permite extraer rentas privadas a costa del interés general.

Cuando la ciudadanía se retira de la vigilancia activa de la cosa pública, otros ocupan ese espacio. Y no siempre lo hacen con espíritu de servicio.

En El mago de Oz, el gobernante evita enfrentarse a la Bruja Malvada del Oeste porque carece de poder real. Sin embargo, consigue mantenerse en su posición mediante una compleja arquitectura simbólica: rituales, promesas, imágenes y temor. Se trata de un poder que no produce valor, pero sí consume confianza social y capital institucional.

Este modelo recuerda a los gobernantes descritos por Maquiavelo en El Príncipe: líderes que permiten ser vistos de una manera mientras su verdadera naturaleza permanece oculta. El problema no es únicamente el impostor, sino el sistema que tolera y perpetúa la impostura.

La masonería recuerda que la cosa pública no es un ámbito ajeno ni delegable sin consecuencias. La participación, la reflexión serena y el compromiso con el bien común son condiciones necesarias para que las instituciones funcionen de manera justa y eficaz.

Las guerras modernas —especialmente las culturales— se libran en el terreno de las ideas. Y la experiencia histórica demuestra que ningún poder basado exclusivamente en el engaño es sostenible indefinidamente. No hay tirano que cien años dure, ni institución vacía que resista frente a una ciudadanía ilustrada, crítica y comprometida.

Perogatt, M:.M:.

lunes, 23 de febrero de 2026

Sobre el desplazamiento del centro

Desde los orígenes de la vida en comunidad, el ser humano ha reflexionado sobre el lugar que ocupa la riqueza en la arquitectura moral y social. Los textos veterotestamentarios ofrecen un relato fundacional de especial potencia simbólica: tras liberar Moisés al pueblo de Israel de la esclavitud impuesta por Ramsés II y recibir en el monte Sinaí las Tablas de la Ley, el legislador encuentra a su regreso a un pueblo entregado al culto de un becerro de oro. El episodio, recogido en el Éxodo, no describe únicamente un acto de idolatría, sino una ruptura del orden: la sustitución del principio rector por un objeto material elevado a centro de gravedad de la comunidad.

Leído desde una clave simbólica, el becerro de oro no representa tanto la riqueza en sí misma como la inversión de jerarquías: lo instrumental ocupa el lugar de lo esencial, y lo accesorio se erige en fundamento. Allí donde debía reinar la ley interior, se impone la fascinación por la apariencia y el brillo.

Esta advertencia atraviesa también la tradición filosófica. El pensamiento estoico formuló con notable claridad la necesidad de mantener el dominio de sí frente a los bienes externos. Séneca, en sus Epistulae Morales ad Lucilium (Cartas a Lucilio), afirmaba que “las riquezas están al servicio del sabio; del necio son dueñas”. La sentencia encierra una distinción esencial: la libertad interior frente a la servidumbre voluntaria.

La riqueza, comprendida como medio, puede integrarse en un orden racional; convertida en fin, disuelve ese orden. Cuando el individuo abdica de su gobierno interior, la comunidad comienza a descomponerse por la pérdida de un principio común que armonice voluntades y limite excesos.

En la modernidad, esta tensión adopta formas más sutiles. La acumulación de riqueza no se impone únicamente por la fuerza de los hechos, sino por la construcción de relatos que la legitiman. No deja de resultar significativo que amplios sectores sociales sean inducidos a defender estructuras que consolidan la concentración de poder económico, incluso cuando ello contradice sus propios intereses materiales.

John Kenneth Galbraith analizó este fenómeno en La cultura de la satisfacción, citando una afirmación atribuida a Ronald Reagan durante la campaña presidencial de 1979: “La economía de Estados Unidos no funciona porque los ricos no son suficientemente ricos y los pobres no son suficientemente pobres”. En esta formulación se condensa una lógica que convierte la desigualdad en virtud y presenta el desequilibrio como condición necesaria del progreso.

La evolución reciente de los sistemas económicos ha supuesto un progresivo alejamiento de los principios que inspiraron el liberalismo clásico. Adam Smith, en La riqueza de las naciones, sostenía que “el salario del trabajo es siempre lo que el trabajador necesita para mantener su subsistencia y su capacidad de trabajar; pero si se le paga más de lo que necesita para vivir, esa abundancia se convierte en poder de compra adicional, que estimula la demanda de productos y ayuda a mantener la circulación de la riqueza” (Libro I, Capítulo VIII).

Esta concepción incorporaba implícitamente una idea de equilibrio: la riqueza debía fluir, no acumularse de forma estéril; debía contribuir a la estabilidad del conjunto, no a su fractura. La interpretación contemporánea, sin embargo, ha vaciado este planteamiento de su contenido moral, conservando únicamente su armazón formal.

El protagonismo otorgado a la acumulación alcanza hoy niveles que ponen en cuestión la cohesión misma del edificio social. Según un informe de Oxfam Intermón de 2023, “entre diciembre de 2019 y diciembre de 2021 la nueva riqueza generada ascendió a 42 billones de dólares. El 1 % más rico acaparó 26 billones de dólares (el 63 % de esta nueva riqueza), mientras que solo 16 billones de dólares (el 37 %) fue a parar al 99 % restante de la población mundial”.

Estas cifras no son meros datos económicos: son indicios de un desequilibrio estructural que, de persistir, compromete la estabilidad del conjunto. Allí donde la acumulación se vuelve fin último, el vínculo social se debilita y la fraternidad se convierte en una noción retórica.

Existen, sin embargo, realidades que recuerdan el carácter contingente de toda posición material. La enfermedad y la muerte, como ha señalado el profesor Emilio del Río, actúan como grandes igualadores, devolviendo a todos los seres humanos a una condición común. Esta constatación revela la fragilidad de cualquier jerarquía basada exclusivamente en la posesión.

Desde una perspectiva ética, la acumulación sin límite no fortalece al individuo ni a la comunidad: los empobrece en su dimensión moral. Una sociedad que consagra el éxito material como medida última termina por erosionar los lazos que la sostienen.

Las dinámicas culturales contemporáneas, amplificadas por las redes sociales, tienden a exaltar el lujo y la exhibición como signos de realización personal. Frente a esta tendencia, se hace necesaria una labor constante de formación interior, orientada al discernimiento y al ejercicio de una crítica serena y rigurosa.

Este trabajo no consiste en la negación de lo material, sino en su justa ordenación. Exige disciplina, silencio reflexivo y disposición a cuestionar los discursos que prometen plenitud sin exigir responsabilidad.

En el ámbito iniciático, el gesto de despojar al profano de sus monedas posee un significado que trasciende lo literal. No se trata de una exaltación de la pobreza, sino de una suspensión simbólica de las diferencias externas. Al quedar desprovisto de sus signos de distinción, el iniciado es invitado a reconocerse en lo esencial, allí donde toda jerarquía se disuelve.

Esta igualación inicial establece el punto de partida del trabajo: recordar que la verdadera construcción no se realiza acumulando, sino ordenando; no apropiándose, sino puliendo aquello que cada uno porta en sí.

Desde el relato del becerro de oro hasta las formas actuales de la economía global, se repite una misma advertencia: cuando lo material ocupa el lugar de lo esencial, el orden se resquebraja. La tarea que se impone no es la de destruir la riqueza, sino la de devolverla a su función legítima, subordinada a principios que aseguren la cohesión, la justicia y la fraternidad.

Solo allí donde la riqueza deja de ser ídolo y recupera su condición de instrumento puede la comunidad aspirar a un equilibrio duradero.

Perogatt, M:.M:.



sábado, 10 de enero de 2026

Ecos de una distopía consentida

 

Según Platón, la ciudad nace de la incapacidad del individuo para satisfacer todas sus necesidades por sí mismo. Este principio de cooperación, que ha sostenido a los países desarrollados durante más de dos mil años, se cuestiona hoy bajo un relato orientado a la acumulación de poder en manos de unos pocos.

Para demoler los sistemas basados en la cooperación, se han articulado herramientas que dinamitan la verdad, deformando la información y anulando el espíritu crítico indispensable en cualquier sociedad desarrollada. Lejos de apoyarse en la magnanimidad, este nuevo paradigma utiliza la ira como brújula moral, alimentando los peores instintos humanos y sumiendo al individuo en un enfado permanente consigo mismo y su entorno. La criminalización del "diferente", en lugar de impulsar una "cultura del encuentro", se ha convertido en la norma, despreciando la convivencia y arrinconando la fraternidad universal.

La sabiduría grecolatina se cimentaba en la búsqueda de la virtud. Una sociedad que se precie debe actuar guiada por la responsabilidad y la reflexión, la cual, como aseguraba Matilde Asensi, debemos encontrar dentro de nosotros mismos. 

Sin embargo, vivimos inmersos en una realidad que asemeja una perversa distopía. Aceptamos cualquier comentario como verdad revelada, sin someterlo a un filtro moral que discierna lo aceptable de lo reprobable. Facilitamos así la labor a los nuevos profetas del odio, erigiendo tribunales inquisitoriales ambulantes donde se quema cualquier resquicio de pensamiento, tal y como planteaba Ray Bradbury en Fahrenheit 451.

Es urgente recuperar una visión saludable de la existencia. El origen de la colectividad no busca la uniformidad, sino alcanzar niveles de equidad que dignifiquen nuestro trayecto vital y nos permitan fijar metas conjuntas. El egoísmo por el egoísmo carece de sentido y solo ha provocado el colapso social y un profundo dolor.

Desde la reflexión profunda, debemos desarticular estos sistemas de empobrecimiento moral, bajarnos de esa atalaya de vanidad desde la que decidimos qué vidas tienen valor y cuáles no. Para combatir la red de mentiras y engaños, apelo al permanente sapere aude de Horacio: atreverse a pensar por uno mismo nunca es un acto de pereza, sino el estímulo vital que necesitamos.

Perogatt, M:.M:.

domingo, 16 de noviembre de 2025

La crisis de la Democracia Representativa y la amenza de la unformidad

 


En las épocas más críticas que atraviesan las sociedades modernas, marcadas principalmente por diversas crisis económicas y de valores, el papel de la democracia como herramienta de representación social se somete a un intenso cuestionamiento.

Este debate se centra, fundamentalmente, en una pregunta crucial: ¿Por qué un sistema que debería ser un fiel reflejo de la pluralidad y diversidad social se desvirtúa en su esencia?

La respuesta a esta interrogante es compleja y multifacética, variando según la perspectiva desde la que se plantee. En mi opinión —que afortunadamente no es aislada—, la causa reside en la presencia de una tendencia uniformizadora que menoscaba su función representativa.

Nuestra Constitución establece tácitamente la representación por medio de partidos políticos como un pilar de la democracia. Dichos entes, tal como se explicita en el artículo 6 de la norma fundamental, contribuyen a la formación y manifestación de la voluntad popular y se consideran instrumentos esenciales de la participación política.

El propósito de esta formación de la voluntad popular es erigir un modelo político que active a la sociedad y la involucre en la toma de decisiones trascendentales. Esto resuena con aquel concepto de democracia activa que promovía Manuel Azaña, que iba más allá de la mera existencia de instituciones políticas.

Sin embargo, es inherente a la condición humana —sea por intención o por inercia— priorizar con frecuencia el interés particular sobre el bien común. Aunque esta afirmación pueda parecer tajante, la realidad es que la crisis del sistema político se nutre de esa tendencia uniformizadora, la cual desnaturaliza el principio individual de la manifestación popular que los partidos deben canalizar.

Esta uniformidad no se basa en alcanzar grandes consensos, sino en la asimilación de opciones ideológicamente dispares en una sola. Un fenómeno cuya intensidad ha sido palpable en los últimos tiempos.

Existen, además, otros factores que pueden debilitar el valor de una democracia para la sociedad. Estos, combinados con los anteriores, constituyen el caldo de cultivo ideal para quienes reniegan del sistema democrático.

Nos referimos al desvío de la democracia que prioriza las directrices impuestas por los poderes fácticos económicos(como las grandes corporaciones y la banca).

En este contexto de capitalismo promovido por grupos de presión, la función de la representación política —sustento de toda democracia— se desdibuja, y se generaliza, como supuesto bienestar, lo que Jorge Mario Bergoglio ha denominado con gran acierto la “globalización de la indiferencia”.

En consecuencia, o se prioriza el verdadero interés colectivo, o nos veremos abocados a una profunda crisis de identidad política. 

Perogatt, M:.M:.




sábado, 18 de octubre de 2025

Contra la Desidia: Reflexiones sobre el Progreso Humano

 


Cuando una persona se plantea ingresar en una obediencia masónica le asaltan multitud de dudas, pero también un inquebrantable espíritu de superación y desarrollo personal. La imperante necesidad que tenemos de prosperar –al menos la demostramos las personas que estamos aquí- es el mejor aliciente que nos imprime la valentía necesaria para hacerlo. 

Podemos presuponer que somos pequeños-grandes privilegiados al vivir en una sociedad razonablemente desarrollada, en la que -pese a las diversas coyunturas u oscilaciones vitales de cada cuál- tenemos cubiertas en gran medida las necesidades más básicas que permiten alcanzar un nivel de dignidad humana aceptable. 

Pero en todo este paraíso particular o lo que alguna gente podría denominar su peculiar zona de confort, ¿no echamos algo en falta? Creo que la respuesta es evidente y es rotundamente: ¡¡sí, sí lo echamos!!

Humildemente creo que existen esos bienes terrenales de acceso común o universal que nos muestran un espejismo de autorrealización personal y, de frente o en otra punta, una cruda realidad que dista mucho del anhelado desarrollo personal y que –lamentablemente- nos demuestran que estamos huérfanos intelectualmente hablando. 

En esa tesitura nos encontramos cuando nos dan un mazo y un cincel. O dejamos la piedra (bruta) tal como nos la encontramos y optamos directamente por el estancamiento o tratamos de perfeccionar nuestra existencia para convertirla en algo útil. Y algo útil ya no para los demás sino para nosotros mismos. 

Es más que probable que la inmensa mayoría opte por un camino fácil y cómodo. Pero ese camino lo único que fomenta y consigue a largo plazo es un sendero de tremenda frustración personal. En este punto cobraría vigor esa famosa frase coloquial de que “lo barato sale caro”. Es tremendamente caro caminar en una sociedad en la que la desidia es su máximo exponente. 

El motivo de esa gran carestía la podemos ver reflejada diariamente con respecto a la multitud de cuestiones de índole humana que nos acechan continuamente y la reacción mayoritaria. Una sociedad cuanto más adolece en su humanidad más falla en su arquitectura social y, por consiguiente, más rápido se degradará. 

La cuestión humana tiene que ir íntimamente ligada al cuestionamiento permanente de todo lo que nos rodea. Una persona que acepta todo lo que le viene dado será una persona pobre espiritualmente hablando. La confrontación de ideas y planteamientos es la mejor forma de prosperar. 

Salir de una zona de confort tremendamente adornada no nos va a aportar enriquecimiento personal. Por lo tanto, se necesita una actitud proactiva de superación del estancamiento.

Perogatt, M:.M:.

sábado, 2 de febrero de 2019

Fuerza y Voluntad


Hoy deseo abordar el simbolismo que encierran dos herramientas al alcance del Apr:. M:.: por un lado el Mazo y por otro el Cincel. Son herramientas que en un lenguaje masónico representan la fuerza y la voluntad.

Hablamos de unas herramientas sin las cuales cualquier individuo no alcanzará su pleno y óptimo desarrollo - por mucho potencial que albergue en su interior-.

El mazo se asocia con la fuerza bruta de carácter físico. Una confusión - fácil de producirse- para cualquier persona que no persigue interiorizar un concepto de la fuerza como sinónimo de desarrollo. Pero ... ¿qué es el desarrollo sin una dirección clara? ¿De qué sirve desarrollarse sin un control de que queremos alcanzar con esto?  Muchas veces escuchamos a algunos economistas hablar de crecer ad infinitum pero no aaba de quedar demasiado claro cual es el fin último de este crecimiento y aún menos con que medios conseguiremos ese crecimiento o desarrollo.

Llegados a este punto es cuando aparece en escena el Cincel, que simboliza la voluntad. El Cincel y el Mazo, la fuerza y la voluntad, no son elementos sustitutivos, son elementos complementarios. El uno sin el otro hace carecer a ambos sin sentido de forma individual.

La fuerza sin control ha demostrado se una herramienta peligrosa o incluso inútil. De este modo, el cincel, se convierte en uno de los elementos más importante de un taller. Permite que los golpes del mazo tengan un objetivo claro, y hacen que esta fuerza se ejerza en la dirección y en el sentido correcto. Así pues, el cincel ennoblecería los fines del mazo.

Es por ello que debemos establecer un binomio entre fuera y voluntad. La fuerza permite desarrollar lo que nos propongamos y la voluntad permite darle forma. Podríamos hablar entonces de fuerza de voluntad. Dentro del simbolismo, el cincel permite dirigir de forma certera los golpes del mazo para desbastar la piedra bruta y convertirla en un sillar que encaje en el muro que forma la sociedad.

Este binomio, la fuerza de voluntad, es el que nos ha llevado hasta aquí. Intentar ser mejores personal con los recursos endógenos de los que disponemos. Demostrar una voluntad para ser mejores.

Pero no solo ser mejores para nosotros mismos. Sino que se trata de ser mejores para crear un mundo mejor para todos. Un mundo en el que ese edificio social que trata de construirse refuerce la fraternidad entre las personas sin recabar en su credo, su origen racial, sus preferencias sexuales o cualquier otra circunstancia personal. Como he dicho, buscar que cada silla encaje en el muro de la obra.

El edificio social sobre el que vivimos no se construye individualmente, necesita de la colaboración desinteresada de mucha gente. Somos una comunidad que, con todas nuestras bonitas diferencias, nos necesitamos y nuestra historia ha demostrado que los individualismos solo han conducido a situaciones de máxima deconstrucción del proyectos colectivo que representa la sociedad.

Finalmente podemos parafrasear al barón de Kelvin cuando afirmaba que lo que no se podría medir no se podía mejorar y lo que no se podía mejorar se degrada siempre. Si lo trasladamos a nuestro taller, necesitamos saber cuando podemos discernir con claridad lo que es la mejora y la degradación.

Peroggat, Apr:. M:.