jueves, 23 de abril de 2026

Compañero, arte y ciencia

En el Grado de Compañero, el Masón se adentra en la senda del conocimiento, que no es simplemente acumulación de datos, sino un proceso de descubrimiento interior. El conocimiento, en su esencia más profunda, transforma al hombre porque lo obliga a mirar más allá de lo inmediato, a cuestionar, a comparar y a distinguir. Ser Compañero significa aceptar que la ignorancia es un velo que debe levantarse pacientemente, con humildad y perseverancia. Cada avance del entendimiento abre nuevas puertas, y cada pregunta resuelta genera otras que nos impulsan hacia un progreso sin fin.

Pero esta aspiración intelectual estaría incompleta sin la presencia del arte, porque el arte revela aquello que el razonamiento por sí solo no alcanza. Las diferentes formas de expresión artística —la escultura, la arquitectura, la música, la pintura, la poesía— representan caminos diversos hacia la misma meta: la búsqueda de la belleza, que es siempre un reflejo de la armonía universal. El Masón encuentra en el arte una guía silenciosa que eleva su espíritu y lo educa en la sensibilidad, indispensable para comprender la naturaleza humana.

En el taller, el Compañero aprende que la piedra bruta no solo se talla con herramientas materiales, sino también con ideas, emociones y simbolismos. El arte, al mostrarnos lo mejor de lo humano, inspira al Masón a perfeccionarse, a equilibrar lo racional y lo intuitivo y a no olvidar que la verdad es rica en matices.

Así, conocimiento y arte se funden en una misma tarea: construir al hombre interior, pulir sus aristas, elevar su sensibilidad y prepararlo para avanzar con paso firme hacia una comprensión más profunda de sí mismo y del mundo.

Euclides M:.M:.

miércoles, 22 de abril de 2026

Meritocrácia

 

Mérito: Acción o conducta que hace a una persona digna de alabanza.

En la última tenida a la que asistí, durante los trabajos en grado de compañero, mi Q:. H:. Kroptkin y yo mantuvimos una conversación en torno a nuestras visiones sobre la meritocracia. Ese día debería haber presentado mis trabajos respecto a la escuadra y el compás, mas no me encontraba satisfecho con los mismos. La importancia de este hecho, cobra especial interés en las idas y venidas de nuestras argumentaciones, ya que a pesar de en ningún momento mencionar el uso de nuestras herramientas, mi mente no cejaba en el empeño de ordenarlas buscando solventar el rocambolesco puzzle que supone la meritocracia.

Mi visión sobre la meritocracia partía desde un punto inicial sumamente individualista. La responsabilidad individual de cada obrero, se presume innegociable. Este ha de emplear todas las herramientas que el G:.A:.D:.U:. pone a nuestra disposición. La tarea del mazo es conferirle la fuerza de voluntad necesaria al individuo para la consecución de sus tareas. Mas la voluntad de manera aislada no sirve de mucho. Ahí es donde entra el papel del cincel, encargado de concentrar dicho esfuerzo en lugares puntuales para la obtención de un resultado concreto. Culminando los trabajos de forma inteligente.

Mas estas dos herramientas de manera aislada, no son suficientes para abordar un tema tan complejo como es la meritocracia. Me gustaría, por ende, introducir la escuadra y el compás en esta ecuación. Por un lado la escuadra, con su rectitud debe servirle al obrero como guía moral, ya que cualquier objetivo cumplido dándole la espalda a estos no será digno de alabanzas. Por otro lado, el compás considero que es fundamental para la salud mental del obrero. Pues este es el que le permite conocer hasta dónde puede y no puede llegar. Debiendo este tener la responsabilidad de aceptar sus propios límites, pues es la única manera de proceder en sus trabajos de manera diligente.

Con el uso responsable y eficaz de las herramientas que nuestro G:.A:.D:.U:. pone a nuestro alcance, todos y cada uno de nosotros, mis QQ:. HH:. podemos alcanzar nuestro mérito, e independientemente de cuan alto en el escalafón social profano se encuentre, hemos de estar en paz con él.

Para mi Q:. H:. Kroptkin, gracias por la conversación que inspiró estas letras, acabé concordando contigo con que en el mundo profano sin lugar a dudas la equidad es el único camino para una meritocracia real, mas nuestro mérito individual a través de mazo, cincel, escuadra y compás debe ser el primer paso hacia ella.

Pliskin, A:.M:.

martes, 21 de abril de 2026

Del Mundo Profano al Templo

Me complace enormemente compartir con vosotros mis primeras impresiones y mis primeros pasos en esta augusta fraternidad. Permitidme que os transporte a esos recuerdos de la infancia o juventud, cuando entrábamos a un nuevo curso o colegio: esa emocionante mezcla de entusiasmo por lo desconocido y la sutil incertidumbre que nos hacía palpitar el corazón. Hoy, con humildad de Aprendiz, os traigo mis primeras palabras para con vosotros, mis hermanos todos.

CAPITULO 1: La cámara de reflexión: muerte y renacer

Tras ser vendado como parte del ritual iniciático, obedecí la orden de quitar el antifaz. Me hallé en la cámara de reflexión, ese sagrado recinto de introspección. Allí, un gallo —símbolo eterno de vigilancia y despertar del alma— y una calavera —recordatorio inexorable de la muerte— me confrontaron con mi propia finitud. Debía firmar mi testamento espiritual, pues en ese preciso instante simbólico "moría" al mundo profano. Así llega la muerte a veces, hermanos: sin aviso, sin preámbulos.

Qué acto tan poderoso para el espíritu. En ese momento de soledad reflexiva, comprendí que tenía el poder divino de trazar mi destino eterno. Qué honor el poder decidir cómo quiero ser recordado por los míos, por la historia, por el Gran Arquitecto del Universo. Todo lo que hasta entonces había hecho mal —mis errores, mis pasiones desbocadas— podía transformarlo en virtud. A partir de ese umbral, soy un hombre nuevo, puliendo mi piedra bruta con cincel y mazo, como nos enseña este primer grado.

CAPITULO 2: Rituales familiares: ecos del cuartel

Con los ojos aún vendados, mis oídos se aguzaron ante los rituales que se desplegaban. Tantas palabras precisas, tantos procedimientos solemnes, tantas jerarquías impecables… Todo me resultaba familiar, como un viejo uniforme que se ajusta al cuerpo. Claro que sí: fui militar. Estudié la gloriosa carrera de las armas no solo por el honor que confiere, sino por merecer las bendiciones de los pueblos que juré defender.

Mi curiosidad me llevó a indagar en los orígenes de mi patria, Venezuela. Descubrí que los precursores de nuestra independencia —el Precursor Francisco de Miranda y el Libertador Simón Bolívar, masones excelsos— tejieron estos mismos hilos simbólicos en la estructura de nuestras fuerzas armadas. La parada con los pies en escuadra perfecta, idéntica a la firme militar; las espadas y sables desenvainados, guardianes de la justicia; el secreto revelado en mi oído: la palabra sagrada del Aprendiz, que significa "en Él está la fuerza".

CAPITULO 3: Santo y seña: masonería y milicia unidas

Recordad conmigo, hermanos, cómo nos identificamos con el Vigilante: no pronunciamos la palabra sagrada de corrido, sino que la deletreamos con reverencia —él da la primera letra, yo respondo la segunda, y así sucesivamente—, confirmando mutuamente que somos masones legítimos. Esta técnica tan precisa evoca directamente el santo y seña del ejército, ese procedimiento clásico de identificación y seguridad empleado por centinelas en la noche o en combate.

En el santo y seña militar, un guardia clama "¡Alto! ¡Deme el santo!" (una palabra secreta, como "León"), y el aproximado responde con la seña complementaria ("Águila"), sin relación lógica entre ambas. Cambian diariamente, se distribuyen en órdenes cerradas y se memorizan para evitar filtraciones. Así, comprendí que gran parte de la estructura militar —sus jerarquías, protocolos, signos de reconocimiento— lleva las simientes de la masonería. Nuestros hermanos masones, desde los tiempos de la independencia, orientaron estas prácticas para forjar naciones libres y ordenadas.

CAPITULO 4: El grado de Aprendiz: humildad y escucha

Queridos hermanos, este grado de Aprendiz me ha enseñado una lección fundamental: saber callar para oír, observar para aprender. Me resta un vasto y largo camino por recorrer de la mano de vosotros, mis hermanos mayores, en los grados venideros. Cada símbolo —las Tres Grandes Luces sobre el altar, las columnas J y B flanqueando el occidente, el piso ajedrezado de dualidades— me invita a pulir mi piedra con paciencia y disciplina.

CAPITULO 5: Conclusión: pacto eterno de hermandad

Para concluir, recordemos mi ritual de iniciación en detalle. Realicé los viajes simbólicos a través de los elementos; me cortaron el dedo para firmar mi juramento con sangre, símbolo de compromiso vital; un sello ardiente marcó mi pecho como prueba inefable de lealtad absoluta. Nuestro Venerable Maestro preguntó en voz alta si me aceptabais entre vosotros, y todos, con unánime clamor, dijisteis "¡Sí!".

Yo, a mi vez, os acepto a vosotros como hermanos míos, ahora y para siempre. Que esta unión nos guíe en la obra del Templo interior, a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.

Illibatus, A:.M:.


lunes, 20 de abril de 2026

El Fuego de la Ira y la Escuadra de la Razón

Hace poco leía “Rewind”, de Juan Tallón, una obra que relata la tragedia que sacude con violencia a cuatro estudiantes establecidos en Lión, víctimas de un atentado terrorista que acaba con la vida de todos salvo uno. En uno de sus pasajes, uno de los personajes reflexiona:

Las personas cambiamos. Cambiamos sin saberlo, a veces también cambiamos sin querer; cambiamos tras asegurar que no lo haremos; cambiamos poco a poco y cambiamos de repente; cambiamos porque nos empujan o porque nos equivocamos. Cambiamos para sobrevivir, cambiamos por egoísmo; siempre cambiamos”.

El cambio en la vida de una persona puede venir motivado por múltiples circunstancias, algunas deseadas y otras inevitables. En el contexto actual, cambiar no solo es frecuente, sino que en muchos casos resulta imprescindible para sobrevivir: sobrevivir a la pobreza, a la guerra, a la enfermedad o incluso a la ignorancia.

Sin embargo, no todas estas circunstancias están bajo nuestro control individual. Ni la pobreza ni los conflictos bélicos dependen de decisiones personales aisladas. La ignorancia, en cambio, sí constituye un ámbito en el que podemos intervenir, y paradójicamente es uno de los factores que más alimenta los peores impulsos de nuestra sociedad contemporánea, siendo a la vez uno de los menos cuestionados desde la autocrítica.

Cuando participamos en nuestras tenidas, asumimos —al menos en el plano formal— que la sabiduría debe presidir la construcción de nuestros trabajos. Sin embargo, esta premisa se diluye en el mundo profano, donde con frecuencia relegamos esa guía a un plano irrelevante.

Siempre he defendido que lo que se trabaja en Logia no debe concebirse como un compartimento estanco, separado de la vida cotidiana. Las tenidas no sustituyen la vida profana, sino que deben complementarla. Resulta llamativo observar cómo algunas personas participan en ritos o prácticas de carácter moral o espiritual y, una vez concluidos, actúan en abierta contradicción con los principios que dicen profesar.

Vivimos, además, en un entorno dominado por un lenguaje degradado, alejado de la claridad y de la decencia. Se ha perdido el valor práctico de virtudes como la justicia o la benevolencia en la vida diaria, tal y como reclamaba Marco Aurelio en sus “Meditaciones”. Con frecuencia formamos nuestras opiniones no desde la razón, sino desde impulsos primarios, legitimando comportamientos cuestionables bajo una apariencia de justificación personal.

En este contexto, la ira adquiere un papel central. Lejos de ser contenida o transformada, se convierte en motor de conducta, alejándonos de la capacidad de perdón que defendía Séneca y acercándonos, por el contrario, a posturas extremas que erosionan la convivencia. La ira es, en esencia, la negación de la razón y de la sabiduría.

Desde esta perspectiva, la Ley debe entenderse como una manifestación de la razón. No solo como un conjunto de normas emanadas de órganos legislativos, sino también como expresión de un orden más amplio que rige la naturaleza y la convivencia. La razón se apoya en la sabiduría, y la Ley, en consecuencia, puede interpretarse como una cristalización de esa sabiduría acumulada.

Con motivo del V Centenario del Consejo de Estado, se recuperaba una afirmación de Carlos I de España según la cual no existe poder más sólido que aquel sustentado en el juicio de los prudentes. Ese poder, además, no debe ejercerse como imposición, sino como servicio al interés común, guiado por criterios de equidad.

En última instancia, es ese juicio fundamentado en la prudencia —y también en la serenidad— el que permite alcanzar la idea de que lo que es bueno para la abeja lo es también para la colmena, retomando así una enseñanza de Marco Aurelio. Solo desde esa lógica será posible avanzar hacia una sociedad más cohesionada y auténticamente fraternal.

Perogatt, M:.M:.