Hace poco leía “Rewind”, de Juan Tallón, una obra que relata la tragedia que sacude con violencia a cuatro estudiantes establecidos en Lión, víctimas de un atentado terrorista que acaba con la vida de todos salvo uno. En uno de sus pasajes, uno de los personajes reflexiona:
“Las personas cambiamos. Cambiamos sin saberlo, a veces también cambiamos sin querer; cambiamos tras asegurar que no lo haremos; cambiamos poco a poco y cambiamos de repente; cambiamos porque nos empujan o porque nos equivocamos. Cambiamos para sobrevivir, cambiamos por egoísmo; siempre cambiamos”.
El cambio en la vida de una persona puede venir motivado por múltiples circunstancias, algunas deseadas y otras inevitables. En el contexto actual, cambiar no solo es frecuente, sino que en muchos casos resulta imprescindible para sobrevivir: sobrevivir a la pobreza, a la guerra, a la enfermedad o incluso a la ignorancia.
Sin embargo, no todas estas circunstancias están bajo nuestro control individual. Ni la pobreza ni los conflictos bélicos dependen de decisiones personales aisladas. La ignorancia, en cambio, sí constituye un ámbito en el que podemos intervenir, y paradójicamente es uno de los factores que más alimenta los peores impulsos de nuestra sociedad contemporánea, siendo a la vez uno de los menos cuestionados desde la autocrítica.
Cuando participamos en nuestras tenidas, asumimos —al menos en el plano formal— que la sabiduría debe presidir la construcción de nuestros trabajos. Sin embargo, esta premisa se diluye en el mundo profano, donde con frecuencia relegamos esa guía a un plano irrelevante.
Siempre he defendido que lo que se trabaja en Logia no debe concebirse como un compartimento estanco, separado de la vida cotidiana. Las tenidas no sustituyen la vida profana, sino que deben complementarla. Resulta llamativo observar cómo algunas personas participan en ritos o prácticas de carácter moral o espiritual y, una vez concluidos, actúan en abierta contradicción con los principios que dicen profesar.
Vivimos, además, en un entorno dominado por un lenguaje degradado, alejado de la claridad y de la decencia. Se ha perdido el valor práctico de virtudes como la justicia o la benevolencia en la vida diaria, tal y como reclamaba Marco Aurelio en sus “Meditaciones”. Con frecuencia formamos nuestras opiniones no desde la razón, sino desde impulsos primarios, legitimando comportamientos cuestionables bajo una apariencia de justificación personal.
En este contexto, la ira adquiere un papel central. Lejos de ser contenida o transformada, se convierte en motor de conducta, alejándonos de la capacidad de perdón que defendía Séneca y acercándonos, por el contrario, a posturas extremas que erosionan la convivencia. La ira es, en esencia, la negación de la razón y de la sabiduría.
Desde esta perspectiva, la Ley debe entenderse como una manifestación de la razón. No solo como un conjunto de normas emanadas de órganos legislativos, sino también como expresión de un orden más amplio que rige la naturaleza y la convivencia. La razón se apoya en la sabiduría, y la Ley, en consecuencia, puede interpretarse como una cristalización de esa sabiduría acumulada.
Con motivo del V Centenario del Consejo de Estado, se recuperaba una afirmación de Carlos I de España según la cual no existe poder más sólido que aquel sustentado en el juicio de los prudentes. Ese poder, además, no debe ejercerse como imposición, sino como servicio al interés común, guiado por criterios de equidad.
En última instancia, es ese juicio fundamentado en la prudencia —y también en la serenidad— el que permite alcanzar la idea de que lo que es bueno para la abeja lo es también para la colmena, retomando así una enseñanza de Marco Aurelio. Solo desde esa lógica será posible avanzar hacia una sociedad más cohesionada y auténticamente fraternal.
