Este trazado de arquitectura fue leído por un M:.M:. de la R:.L:.S:. Curros Enriquez nº 144 al Or:. de Ourense, durante el ágape de la tenida nº 653 de la R:.L:.S:. Phoenix nº 31 celebrada en el Or:. de Madrid el vigésimo cuarto día del mes de marzo del año 2026 (e.v.)
V:.M:., VV:.HH:., QQ:.HH:., cada uno en su grado y condición,
Permitidme, primero, una sincera y fraternal disculpa. Soy consciente de que, en el seno de este ágape, vengo a presentar un trazado de arquitectura propio del R:. E:. A:. A:.. Sé que, para algunos, esto podría ser visto como una “contaminación” impropia del espacio sagrado que compartimos, pero, si algo he aprendido con los años, es que los caminos diversos no deben desviarnos de la meta común. Y en nuestra Or:., ésa es la construcción de un templo basado en los principios fundamentales que un día hicieron de la Mas:. portadora de la antorcha de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.
Hoy debemos reflexionar sobre “El camino de la sabiduría” y me gustaría hacerlo, no como un concepto abstracto, sino como un sendero que, paradójicamente, nos conduce de regreso a los orígenes. Porque la sabiduría auténtica no reside en la acumulación indiscriminada de conocimientos que nos alejan de la esencia, sino en el paciente desbaste de la piedra bruta, hasta revelar el cubo perfecto que en ella ya estaba contenido.
Ésta nos remite a los tres grandes principios que no deben ser meras consignas retóricas, sino el armazón sobre el cual ha de sostenerse una sociedad que aspire a la justicia y a la libertad. Con frecuencia corremos el riesgo de trivializarlos, de reducirlos a lemas desgastados por el uso; sin embargo, estos principios no se proclaman: se experimentan.
Libertad no es un estado de espontaneidad irrestricta, sino la capacidad de discernir con rectitud, una vez liberados de las cadenas del prejuicio y del desorden pasional. Igualdad no implica uniformidad, sino el reconocimiento de que, ante la escuadra y el compás, todo atributo profano se disuelve, quedando únicamente nuestro trabajo interior. Y Fraternidad, lejos de ser una declaración sentimental, se concreta en la práctica constante de la tolerancia activa y la construcción compartida.
Nuestro camino consiste en recorrer la senda que nos lleva a descubrir que estos principios no son ideales remotos, sino el fundamento de nuestra propia naturaleza racional y social. Es el tránsito de la letra al espíritu, de la doctrina a la vivencia. Todo converge hacia una misma exigencia: restaurar en nosotros la armonía entre el entendimiento, la voluntad y la acción, para proyectarla después en el mundo profano.
Esto no es un mero ejercicio. Hoy cobra una urgencia inaplazable que no puede ser soslayada. Más allá de los muros simbólicos de la logia, asistimos a una erosión progresiva de los fundamentos de aquella democracia ilustrada cuya construcción exigió tanto esfuerzo. La era de la posverdad, la manipulación sistemática de la información, la sustitución del hecho por el relato emocional, están degradando de forma alarmante la calidad del debate público.
En la vida profana, por mi trabajo, he visto cómo la capacidad de análisis crítico se ve debilitada por el peso de algoritmos que nos recluyen en cámaras de eco, por la velocidad de una desinformación que se propaga con la fuerza del prejuicio, y por una cultura que privilegia la inmediatez frente a la reflexión. No nos faltan datos, sino el hábito de someterlos al juicio de la razón. No escasea la información, sino la disposición a cuestionarla.
El resultado es una sociedad menos culta, reflexiva y crítica. Y en esta deriva las pasiones se convierten en motor de la vida pública. Dejamos de ser interlocutor para convertirnos en adversarios, cuando no en enemigos. La res publica, que debería ser el arte del acuerdo, se transforma en un campo de confrontación donde la verdad es la primera víctima. Y así, los principios que la Ilustración cristalizó en instituciones —la separación de poderes, la libertad de expresión, los derechos fundamentales— se derrumban. Y todo esto ocurre no por asaltos frontales sino por la lenta erosión de la cultura cívica que los sustenta.
Es aquí donde la sabiduría masónica revela su dimensión social. No se trata de que la Mas:. intervenga como cuerpo en la política profana, sino de que cada uno de nosotros, en tanto que libres y de buenas costumbres, proyectemos en la sociedad tres herramientas que forjamos en el taller: La primera es la disposición a escuchar al discrepante. Sabemos que la verdad no se impone, sino que se busca en común, bajo la luz de la razón. La diversidad de perspectivas no es una amenaza, sino una riqueza. Trasladar esta actitud al mundo profano constituye un antídoto eficaz contra la polarización. La segunda es la defensa inquebrantable de la libertad de conciencia. En un tiempo en que la emoción pretende suplantar al hecho, estamos llamados a ejercer el rigor intelectual: contrastar, estudiar, dudar. No difundir lo no verificado. Mantener viva la llama del espíritu crítico. Allí donde defendamos la primacía de la razón, estaremos contribuyendo de manera efectiva a la salud de la vida democrática. La tercera es la fraternidad entendida como praxis. No como retórica, sino como compromiso. En una sociedad fragmentada, recuperar el sentido de comunidad, de responsabilidad mutua, de bien común, constituye un acto profundamente transformador. No hay libertad sin igualdad de oportunidades, ni igualdad sostenible sin fraternidad que la sostenga.
Para concluir, retomo a la disculpa inicial. Los ritos no son sino sendas diversas hacia una misma meta, no son realidades opuestas, sino complementarias. Ninguno debe hacernos olvidar lo esencial: que nuestra Aug:. Or:. fue perseguida por defender la libertad de pensamiento, que promovió la educación para todos, que combatió la intolerancia y que contribuyó decisivamente a la implantación de los ideales ilustrados. Hoy, cuando esos logros se ven amenazados, el camino nos devuelve a los principios que han de servirnos de brújula. Si la democracia corre el riesgo de vaciarse de contenido, corresponde a los masones —con humildad, pero con firmeza— ejercer como faros. No desde la arrogancia, sino desde la convicción de que una sociedad verdaderamente libre no surge de manera espontánea: se construye mediante el trabajo paciente de quienes se comprometen con la verdad, la justicia y la fraternidad.
Que esta reflexión, aun nacida de un lenguaje ritual distinto al habitual en este ágape, nos recuerde que todos somos, ante todo, buscadores de luz. Y que ésta, cuando se comparte, no divide, sino que ilumina con mayor intensidad.
Con todo el respeto, desde los vv:. de Galicia, en el Or:. de Madrid, a los cinco días del mes de Nisan de 5786 (A:.M:.).
Robespierre, M:.M:.
