viernes, 27 de marzo de 2026

La Luz que cruza océanos


Comparezco ante vosotros con la emoción propia de quien aún camina con paso joven por el sendero iniciático, pero también con la gratitud profunda de quien ha comprobado en su propia vida que la Masonería no es solo una escuela de símbolos, sino una verdadera patria espiritual.

Nací y fui iniciado en la República Mexicana, tierra del sol, de lucha y de esperanza. Allí aprendí que la Masonería Mexicana no puede entenderse únicamente como una institución discreta y filosófica, sino como una fuerza moral profundamente comprometida con la dignidad humana, la libertad de conciencia y la justicia social. Desde mis primeros trabajos en Logia entendí que el Taller no termina en las cuatro paredes del Templo: se proyecta hacia la sociedad y, sobre todo, hacia el Hermano.

La vida, siempre dinámica, me llevó a cruzar el océano y establecerme en Galicia, tamén a miña terra, una tierra distinta en lengua, clima y costumbres, pero sorprendentemente cercana en espíritu. Confieso que el desarraigo inicial fue intenso: dejar atrás familia, amistades y referencias culturales no es tarea sencilla. Sin embargo, antes incluso de sentirme plenamente integrado en la sociedad profana, ya me sentía en casa dentro del Templo. Bastó una palabra ritual, un saludo fraterno, una mirada cómplice, para comprender que la hermandad masónica trasciende fronteras, acentos y pasaportes.

En este proceso de integración, la Masonería desempeñó un papel socializador fundamental. Me ofreció no solo un espacio de reflexión y trabajo interior, sino también una red humana de apoyo, escucha y orientación. A través de mis Hermanos gallegos aprendí a comprender la historia, la sensibilidad y las heridas de esta tierra; y al mismo tiempo, pude compartir mi propia herencia mexicana, creando un diálogo sincero y enriquecedor. Así, la fraternidad dejó de ser un ideal abstracto para convertirse en una experiencia cotidiana.

Este tránsito personal entre México y España no puede desligarse de la memoria histórica que une a ambas masonerías. Tras la Guerra Civil española, cuando la persecución franquista se ensañó de manera salvaje contra los masones —despojándolos de derechos, dignidad y, en muchos casos, de la vida—, fue México quien tendió la mano. Gracias al compromiso del Estado mexicano y, de manera muy señalada, al amparo ofrecido bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas —figura de profundo sentido social y democrático, impulsor de políticas de justicia económica como la histórica expropiación petrolera, mediante la cual uno de los grandes recursos naturales volvió a ser propiedad del pueblo mexicano—, quien, en su condición de Muy Respetable Gran Maestro de la Muy Respetable Gran Logia Valle de México, hizo también de la fraternidad un principio activo de acogida, permitiendo que numerosos masones españoles encontraran refugio en suelo Mexicano. Allí no solo sobrevivieron: pudieron seguir trabajando, pensando y transmitiendo la Luz que se pretendía apagar.

La Masonería Mexicana demostró entonces que la fraternidad no es una consigna vacía. Aquellos Hermanos españoles, forzados al exilio y convertidos en emigrantes por la violencia y la intolerancia, fueron acogidos como iguales, protegidos frente a la injusticia y acompañados en la reconstrucción de sus vidas. Esa cadena de unión, forjada en uno de los momentos más oscuros de nuestra historia reciente, es hoy un legado moral que nos interpela.

Y es precisamente esa hermandad histórica la que siento hoy reflejada en mi propia experiencia. Aquello que los masones mexicanos ofrecieron a los españoles perseguidos, lo he recibido yo, como joven masón mexicano, en esta tierra de adopción. La cadena no se rompió: simplemente cambió de sentido, demostrando que la fraternidad masónica no conoce de direcciones únicas, sino de reciprocidad constante. 

Que esta plancha sirva, humildemente, para reafirmar que la Masonería es puente entre pueblos, refugio en el exilio y escuela de humanidad. Y que nunca olvidemos que cada gesto fraterno que hoy ofrecemos puede ser mañana la esperanza de un Hermano.

 Huey Tlatoani, M:.M:.


jueves, 26 de marzo de 2026

Alocución de M.·.R.·.G.·.M.·. de la Gran Logia de España, Shaun Parsons, en su instalación durante la Gran Asamblea

Muy Respetables Hermanos, Respetables Hermanos, Muy Venerables, Venerables y Queridos Hermanos, todos en vuestros rangos y condiciones:

Hoy es un día que marcará mi vida para siempre.

Ser instalado como Gran Maestro de la Gran Logia de España es el mayor honor que podía recibir dentro de nuestra Orden. Lo vivo con emoción sincera, con profunda gratitud y con un respeto reverencial por la responsabilidad que asumo ante el Gran Arquitecto del Universo y ante todos vosotros.

No considero este momento una meta alcanzada.

Lo considero el inicio de un servicio.

Confieso que, cuando comencé mi camino masónico, jamás imaginé que algún día estaría aquí, en este Oriente, asumiendo esta responsabilidad. Mi camino no ha sido sencillo. Como el de muchos de vosotros, ha estado lleno de aprendizaje, de pruebas, de silencios, de dudas… pero también de luz, de fraternidad y de crecimiento.

He conocido momentos de dificultad que me enseñaron más que cualquier éxito. Y si algo me ha traído hasta aquí no ha sido la ambición, sino la convicción profunda de que la masonería es un espacio de construcción moral y de responsabilidad compartida.

Aprendí masonería en mis Logias, las Respetables Logias Fuengirola nº 96 y Lessing nº 15. Allí comprendí que la fraternidad no es un discurso, sino una forma de estar en el mundo. Allí entendí que la autoridad no se impone: se gana con coherencia. Que escuchar es más importante que hablar. Y que servir es, en realidad, el mayor privilegio que un hombre puede recibir.

Si hoy estoy aquí, es porque muchos Hermanos me han sostenido, me han corregido, me han enseñado y me han acompañado. Nada de lo que somos nace de una sola voluntad. Todo lo que somos es fruto de un trabajo compartido.

Permítanme también, en este momento tan significativo, expresar mi agradecimiento más profundo a mi esposa y a mis hijos, por su paciencia, su comprensión y su apoyo constante. Ellos han sido un sostén silencioso en los momentos de mayor exigencia.

Quiero expresar mi reconocimiento sincero al Muy Respetable Gran Maestro el M∴R∴H∴ Txema Oleaga Zalvidea que hoy concluye su mandato. Gracias por el trabajo realizado y por haber servido con dignidad a nuestra Institución. La masonería se construye sobre la continuidad, sobre el respeto y sobre la suma de esfuerzos.

Continuar no es repetir sin reflexión.

Continuar es honrar lo recibido y mejorarlo con responsabilidad.

Inicio esta Gran Maestría con la firme intención de continuar la labor de todos mis predecesores, de todos sin excepción. De vuestros aciertos beberemos. De vuestros errores aprenderemos. Porque esta Obediencia es más grande que cualquiera de nosotros.

Esta Gran Maestría trabajará por una Obediencia más cohesionada internamente y más respetada externamente. Una Gran Logia fuerte en sus principios, clara en sus decisiones y serena en su liderazgo.

También quiero agradecer, de corazón, a los Hermanos que tuvieron la valentía de presentar su candidatura para dirigir nuestros destinos, a los RR∴HH∴ Jesús Gutiérrez Morlote y Rubén Argemí Fregnan, los cuales sostuvieron un proyecto alternativo al que yo represento, pero no por ello, menos comprometido con el futuro de nuestra Orden, a ellos y a todos los que les apoyaron, les tiendo la mano para que se unan a nuestro proyecto. Aquí no hay vencedores ni vencidos. Aquí solo hay Hermanos.

Debemos desterrar definitivamente cualquier lógica de división. Es infinitamente más lo que nos une que lo que nos separa. Y quiero contar con todos vosotros.

Si algo deseo profundamente para esta etapa es unidad.

Unidad verdadera. No uniformidad. Somos hombres libres, con pensamiento propio, y eso nos enriquece.

Pero la fraternidad está por encima de cualquier discrepancia.

Unidad no es debilidad.

Unidad es madurez.

No soy ingenuo. Sé que los retos que tenemos por delante no serán fáciles. No bastará la buena voluntad para resolver cada desafío. Pero creo firmemente en el poder del diálogo, en la fuerza de la palabra y en la buena fe de los Hermanos.

Con esas tres columnas —diálogo, palabra y buena voluntad— construiremos una Gran Logia más fuerte, más cohesionada y más respetada.

Debemos fortalecer nuestras Logias. Impulsar la formación con rigor. Acompañar a nuestros Venerables Maestros. Escuchar a los Hermanos jóvenes que buscan su lugar. Honrar y cuidar a los Hermanos veteranos que son memoria viva de nuestra tradición.

Quiero una Gran Logia cercana. Con puertas abiertas. Con escucha activa. Con decisiones meditadas. 

Gobernar es escuchar antes de decidir.

Tenderé la mano a todos. Sin excepción. Porque esta es nuestra casa común, y en una casa común nadie debe sentirse distante.

Queridos Hermanos,

Nuestra Orden nos enseña a trabajar la piedra bruta. Pero hoy os digo algo más: no estamos aquí solo para pulirnos individualmente. Estamos aquí para levantar un Templo común. Y ese Templo no se sostiene por la perfección de una sola piedra, sino por la armonía de todas.

Tenemos más de cuarenta años de historia que nos respaldan. Tenemos principios sólidos. Tenemos dignidad. Pero, sobre todo, tenemos futuro.

Un futuro que empieza hoy.

Un futuro que dependerá de nuestra capacidad para permanecer unidos.

Un futuro que dependerá de nuestra capacidad para anteponer la fraternidad al ego.

Un futuro que dependerá de nuestra capacidad para creer, de verdad, en nosotros mismos.

Os pido confianza.

Os pido compromiso.

Os pido generosidad.

Yo os ofrezco dedicación plena.

Os ofrezco transparencia.

Os ofrezco firmeza cuando sea necesaria.

Y os ofrezco algo esencial: lealtad absoluta a la Gran Logia de España y a cada uno de vosotros.

Que dentro de cuatro años podamos mirarnos y decir que estuvimos a la altura.

Que supimos unir donde otros dividían.

Que supimos construir donde otros dudaban.

Que supimos servir antes que exigir.

Hoy, con emoción sincera y con determinación firme, me pongo a vuestro servicio.

Avancemos juntos.

Con serenidad en el juicio.

Con firmeza en la decisión.

Con fraternidad en el trato.

Porque solos podemos avanzar.

Pero solo juntos podemos trascender.

El futuro no nos será dado.

El futuro lo construiremos.

Desde hoy.

Y juntos.

Queridos Hermanos,

Permitidme añadir una breve reflexión que transciende los muros de este Templo.

Vivimos tiempos complejos para la humanidad. En diferentes regiones del mundo, los conflictos vuelven a recordarnos lo frágil que puede ser la paz cuando el dialogo se rompe y la desconfianza sustituye al entendimiento entre los pueblos.

Las tensiones y guerras que presenciamos con preocupación nos recuerdan que el progreso material de la humanidad no siempre ha ido acompañado de un progreso equivalente en la compresión mutua, en la tolerancia y en el respeto por la dignidad de todos los seres humanos.

La Masonería, como institución iniciática y fraternal, no se adentra en la arena de la política ni en los intereses de las naciones. Pero sí tiene el deber de recordar, con serenidad y firmeza, los principios que han guiado a los hombres de buena voluntad durante siglos: la razón frente al fanatismo, el diálogo frente a la confrontación y la fraternidad frente a la división.

Que nuestras logias continúen siendo espacios donde se cultive el pensamiento libre, el respeto profundo entre los hombres y la esperanza de un mundo más justo, más pacífico y más humano.

Porque quizás hoy, más que nunca, el mundo necesita hombres capaces de encontrarse como Hermanos, incluso cuando sus naciones, sus culturas o sus lenguas sean diferentes.

Si la Masonería tiene hoy una misión, es precisamente la de mantener viva esa luz de concordia que, incluso en tiempos inciertos, sigue recordándonos que todos pertenecemos a una misma humanidad.

Que sepamos ser dignos custodios de esa luz.

Muchas gracias.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Sabiduría masónica

 

Este trazado de arquitectura fue leído por un M:.M:. de la R:.L:.S:. Curros Enriquez nº 144 al Or:. de Ourense, durante el ágape de la tenida nº 653 de la R:.L:.S:. Phoenix nº 31 celebrada en el Or:. de Madrid el vigésimo cuarto día del mes de marzo del año 2026 (e.v.)

V:.M:., VV:.HH:., QQ:.HH:., cada uno en su grado y condición, 

Permitidme, primero, una sincera y fraternal disculpa. Soy consciente de que, en el seno de este ágape, vengo a presentar un trazado de arquitectura propio del R:. E:. A:. A:.. Sé que, para algunos, esto podría ser visto como una “contaminación” impropia del espacio sagrado que compartimos, pero, si algo he aprendido con los años, es que los caminos diversos no deben desviarnos de la meta común. Y en nuestra Or:., ésa es la construcción de un templo basado en los principios fundamentales que un día hicieron de la Mas:. portadora de la antorcha de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

Hoy debemos reflexionar sobre “El camino de la sabiduría” y me gustaría hacerlo, no como un concepto abstracto, sino como un sendero que, paradójicamente, nos conduce de regreso a los orígenes. Porque la sabiduría auténtica no reside en la acumulación indiscriminada de conocimientos que nos alejan de la esencia, sino en el paciente desbaste de la piedra bruta, hasta revelar el cubo perfecto que en ella ya estaba contenido.

Ésta nos remite a los tres grandes principios que no deben ser meras consignas retóricas, sino el armazón sobre el cual ha de sostenerse una sociedad que aspire a la justicia y a la libertad. Con frecuencia corremos el riesgo de trivializarlos, de reducirlos a lemas desgastados por el uso; sin embargo, estos principios no se proclaman: se experimentan.

Libertad no es un estado de espontaneidad irrestricta, sino la capacidad de discernir con rectitud, una vez liberados de las cadenas del prejuicio y del desorden pasional. Igualdad no implica uniformidad, sino el reconocimiento de que, ante la escuadra y el compás, todo atributo profano se disuelve, quedando únicamente nuestro trabajo interior. Y Fraternidad, lejos de ser una declaración sentimental, se concreta en la práctica constante de la tolerancia activa y la construcción compartida.

Nuestro camino consiste en recorrer la senda que nos lleva a descubrir que estos principios no son ideales remotos, sino el fundamento de nuestra propia naturaleza racional y social. Es el tránsito de la letra al espíritu, de la doctrina a la vivencia. Todo converge hacia una misma exigencia: restaurar en nosotros la armonía entre el entendimiento, la voluntad y la acción, para proyectarla después en el mundo profano.

Esto no es un mero ejercicio. Hoy cobra una urgencia inaplazable que no puede ser soslayada. Más allá de los muros simbólicos de la logia, asistimos a una erosión progresiva de los fundamentos de aquella democracia ilustrada cuya construcción exigió tanto esfuerzo. La era de la posverdad, la manipulación sistemática de la información, la sustitución del hecho por el relato emocional, están degradando de forma alarmante la calidad del debate público.

En la vida profana, por mi trabajo, he visto cómo la capacidad de análisis crítico se ve debilitada por el peso de algoritmos que nos recluyen en cámaras de eco, por la velocidad de una desinformación que se propaga con la fuerza del prejuicio, y por una cultura que privilegia la inmediatez frente a la reflexión. No nos faltan datos, sino el hábito de someterlos al juicio de la razón. No escasea la información, sino la disposición a cuestionarla. 

El resultado es una sociedad menos culta, reflexiva y crítica. Y en esta deriva las pasiones se convierten en motor de la vida pública. Dejamos de ser interlocutor para convertirnos en adversarios, cuando no en enemigos. La res publica, que debería ser el arte del acuerdo, se transforma en un campo de confrontación donde la verdad es la primera víctima. Y así, los principios que la Ilustración cristalizó en instituciones —la separación de poderes, la libertad de expresión, los derechos fundamentales— se derrumban. Y todo esto ocurre no por asaltos frontales sino por la lenta erosión de la cultura cívica que los sustenta.

Es aquí donde la sabiduría masónica revela su dimensión social. No se trata de que la Mas:. intervenga como cuerpo en la política profana, sino de que cada uno de nosotros, en tanto que libres y de buenas costumbres, proyectemos en la sociedad tres herramientas que forjamos en el taller: La primera es la disposición a escuchar al discrepante. Sabemos que la verdad no se impone, sino que se busca en común, bajo la luz de la razón. La diversidad de perspectivas no es una amenaza, sino una riqueza. Trasladar esta actitud al mundo profano constituye un antídoto eficaz contra la polarización. La segunda es la defensa inquebrantable de la libertad de conciencia. En un tiempo en que la emoción pretende suplantar al hecho, estamos llamados a ejercer el rigor intelectual: contrastar, estudiar, dudar. No difundir lo no verificado. Mantener viva la llama del espíritu crítico. Allí donde defendamos la primacía de la razón, estaremos contribuyendo de manera efectiva a la salud de la vida democrática. La tercera es la fraternidad entendida como praxis. No como retórica, sino como compromiso. En una sociedad fragmentada, recuperar el sentido de comunidad, de responsabilidad mutua, de bien común, constituye un acto profundamente transformador. No hay libertad sin igualdad de oportunidades, ni igualdad sostenible sin fraternidad que la sostenga.

Para concluir, retomo a la disculpa inicial. Los ritos no son sino sendas diversas hacia una misma meta,  no son realidades opuestas, sino complementarias. Ninguno debe hacernos olvidar lo esencial: que nuestra Aug:. Or:. fue perseguida por defender la libertad de pensamiento, que promovió la educación para todos, que combatió la intolerancia y que contribuyó decisivamente a la implantación de los ideales ilustrados. Hoy, cuando esos logros se ven amenazados, el camino nos devuelve a los principios que han de servirnos de brújula. Si la democracia corre el riesgo de vaciarse de contenido, corresponde a los masones —con humildad, pero con firmeza— ejercer como faros. No desde la arrogancia, sino desde la convicción de que una sociedad verdaderamente libre no surge de manera espontánea: se construye mediante el trabajo paciente de quienes se comprometen con la verdad, la justicia y la fraternidad.

Que esta reflexión, aun nacida de un lenguaje ritual distinto al habitual en este ágape, nos recuerde que todos somos, ante todo, buscadores de luz. Y que ésta, cuando se comparte, no divide, sino que ilumina con mayor intensidad.

Con todo el respeto, desde los vv:. de Galicia, en el Or:. de Madrid, a los cinco días del mes de Nisan de 5786 (A:.M:.). 

Robespierre, M:.M:.


lunes, 23 de marzo de 2026

Aprobase a creación dun Triángulo Masónico no Oriente de Lugo


Na última tenida ordinaria da Respetable Logia Simbólica Curros Enríquez nº 114 aprobouse solicitar a Gran Logia Provincial de Castela a creación do Triángulo Masónico Lucus Augusti. Éste preséntase como un espazo de encontro fraterno paratraballar ao Oriente de Lugo, dependente da Respetable Logia Simbólica Curros Enríquez nº 114, ao Oriente de Ourense e desenvolverá a súa actividade baixo os auspicios da Gran Logia de España, adoptando como marco ritual o Rito Escocés Antigo e Aceptado, unha das tradicións iniciáticas máis estendidas e recoñecidas da masonería regular.

Un triángulo masónico é unha estrutura básica dentro da organización masónica, composta por un mínimo de tres mestres masones. A súa finalidade é permitir o traballo masónico en lugares onde aínda non existe unha logia constituída. Funciona como unha célula inicial, un núcleo de irmáns que, compartindo os principios de liberdade, igualdade e fraternidade, comezan a desenvolver traballos simbólicos, filosóficos e éticos. A través do estudo, a reflexión e o perfeccionamento individual, o triángulo vai consolidando as bases necesarias para, no futuro, constituír unha logia plenamente establecida.

Neste sentido, o Triángulo Masónico Lucus Augusti nace coa vocación de ser semente e impulso. O seu obxectivo principal é favorecer a creación nun futuro no demasiado lonxano dunha Respetable Logia Simbólica na cidade das murallas, contribuíndo así ao fortalecemento da masonería regular nas terras do antigo Reino de Galicia. Co compromiso dos seus membros e a guía das estruturas masónicas das que depende, aspirará a consolidar un espazo estable de traballo iniciático, aberto ao crecemento persoal e ao progreso moral da sociedade.

sábado, 21 de marzo de 2026

Más allá de la cortina

La masonería invita al ser humano a observar la realidad con espíritu crítico, a ir más allá de las apariencias y a analizar los mecanismos que ordenan —o desordenan— la vida social. No se trata solo de adquirir conocimientos, sino de comprender cómo funcionan las instituciones, qué incentivos generan y de qué modo condicionan el comportamiento individual y colectivo.

Desde esta perspectiva, la obra "El maravilloso mago de Oz", escrita a comienzos del siglo XX por L. Frank Baum, puede leerse como una alegoría profundamente actual sobre el poder, la manipulación y el deterioro institucional.

Cuando Dorothy llega a Oz —desarraigada, vulnerable y dependiente de ayuda externa— se encuentra con un sistema político aparentemente sólido, gobernado por un Mago omnipotente cuya autoridad nadie cuestiona. Sin embargo, dicha autoridad no se apoya en la capacidad real de resolver los problemas fundamentales de la comunidad, sino en el control del relato, el miedo y una elaborada escenificación del poder.

Desde una óptica económico-institucional, el Mago de Oz encarna una institución vacía, sostenida por la credulidad colectiva y por la ausencia de mecanismos eficaces de control y rendición de cuentas.

Dorothy, en su deseo de regresar a Kansas —símbolo de estabilidad, hogar y bienestar—, busca soluciones dentro del propio sistema. La Bruja Buena del Norte no ofrece una solución directa, sino que la deriva hacia el centro del poder: la Ciudad Esmeralda. Este detalle es revelador, pues refleja una constante histórica: ante problemas estructurales, las sociedades tienden a acudir a instituciones centrales incluso cuando estas carecen de incentivos para resolverlos.

Aquí surge una cuestión clave:

¿qué ocurre cuando una comunidad deposita sus expectativas en instituciones que no están alineadas con el interés general?

Aristóteles advertía que «la naturaleza de la codicia de los hombres no tiene término». En términos modernos, podríamos decir que, en ausencia de límites institucionales claros, los individuos tienden a maximizar su beneficio privado. Platón, por su parte, afirmaba en La República que «el mayor castigo para el hombre bueno que no quiere gobernar es ser gobernado por alguien peor que él». Ambas ideas convergen en una misma advertencia: la combinación de avaricia de unos pocos y apatía de muchos erosiona las instituciones y degrada la vida pública.

Esta lógica se observa con claridad en cuestiones esenciales como el acceso a la vivienda. Lo que debería ser un bien básico se transforma en un activo especulativo cuando su gestión queda en manos de actores cuyos incentivos están completamente desvinculados del bienestar colectivo. Desde una perspectiva institucional, no se trata de un fallo individual, sino de un diseño defectuoso del sistema, que permite extraer rentas privadas a costa del interés general.

Cuando la ciudadanía se retira de la vigilancia activa de la cosa pública, otros ocupan ese espacio. Y no siempre lo hacen con espíritu de servicio.

En El mago de Oz, el gobernante evita enfrentarse a la Bruja Malvada del Oeste porque carece de poder real. Sin embargo, consigue mantenerse en su posición mediante una compleja arquitectura simbólica: rituales, promesas, imágenes y temor. Se trata de un poder que no produce valor, pero sí consume confianza social y capital institucional.

Este modelo recuerda a los gobernantes descritos por Maquiavelo en El Príncipe: líderes que permiten ser vistos de una manera mientras su verdadera naturaleza permanece oculta. El problema no es únicamente el impostor, sino el sistema que tolera y perpetúa la impostura.

La masonería recuerda que la cosa pública no es un ámbito ajeno ni delegable sin consecuencias. La participación, la reflexión serena y el compromiso con el bien común son condiciones necesarias para que las instituciones funcionen de manera justa y eficaz.

Las guerras modernas —especialmente las culturales— se libran en el terreno de las ideas. Y la experiencia histórica demuestra que ningún poder basado exclusivamente en el engaño es sostenible indefinidamente. No hay tirano que cien años dure, ni institución vacía que resista frente a una ciudadanía ilustrada, crítica y comprometida.

Perogatt, M:.M:.

viernes, 20 de marzo de 2026

Libertad, Igualdad, Fraternidad

Libertad, Igualdad, Fraternidad: Esta frase que fue popularizada en el mundo profano por Robespierre, resumía los valores y objetivos de la revolución contra el antiguo régimen. Actualmente sigue vigente, no solo como eslogan histórico, sino como pilar fundamental de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Pero la Igualdad es una sombra en la pared de nuestra gruta. Un concepto general y vacío: una piedra bruta que muchas veces ha sido destruida en un infructuoso intento por desbastarla y pulirla.

En el mundo vulgar, hubo avances innegables en algunos ámbitos, pero la desigualdad extrema en el plano económico imposibilita que el 40% de la población mundial materialice estas condiciones de igualdad teórica. Entonces, ¿por qué no creo que la igualdad sea una causa perdida?

Aunque hay herramientas más adecuadas, permitid que, en mi grado de aprendiz, la identifique con el mazo que nos impulsa desde nuestra voluntad de alcanzar la Igualdad ideal.

Concedida esta licencia, ¿qué cincel podría usar? Mi limitado conocimiento de los Trazados del G:.A:.D:.U:. me enseña a evitar el Terror del pensamiento único. También la despersonalización que describe Zamiátin en “Nosotros” y que sufrió Camboya en su Año Cero.

Guiado por el V:.H:. Segundo Vigilante, he evaluado la equidad como el cincel que, impulsado por mi ideal de Igualdad, podría guiar mi trabajo hacia otra igualdad más tosca e imperfecta, pero tangible y material. La equidad como método ha de medir y valorar la realidad asimétrica de cada persona para lograr una justicia efectiva.

En este sentido y desde mi punto de vista, la necesidad es el criterio básico por el que debe guiarse la equidad. Para tender a la armonía, ¿qué parte de la piedra requiere aplicar mayor fuerza y en qué dirección? ¿Cuál requiere cierta sutileza y suavidad?

El segundo criterio es la capacidad. ¿Es mi piedra de mármol o es granito? ¿Con cuál levantaría las paredes del templo y cuál usaría como superficie de una mesa?

Asentadas las bases en función de nuestras capacidades y necesidades, entra en juego la responsabilidad personal del obrero, que es el único que puede pulir su propia piedra, transformando su potencia y el respaldo de la logia en trabajo: el conocimiento cada vez más profundo de uno mismo y de los Trazados del G:.A:.D:.U:., retroalimentando el bucle y aumentando la capacidad del obrero y la logia.

La constancia en este trabajo da como resultado el Mérito, que en mi criterio (y al contrario de lo que se suele interpretar en el mundo profano, donde se ve como una causa) es la consecuencia y recompensa de este esfuerzo continuado, la obra viva que construimos, la Felicidad de Spinoza.

Al entrar en la logia despojados de nuestros metales, todos los masones somos iguales y nuestros Venerables Maestros y Vigilantes dividen y asignan el trabajo con equidad. Pero esta equidad sería un cálculo frío sin la Fraternidad como argamasa. Porque si mi hermano no es feliz, yo soy infeliz. Es nuestra responsabilidad ayudar a nuestros hermanos y, dejando a un lado el orgullo, aceptar su ayuda, para levantar juntos el templo más hermoso y feliz A:.L:.G:.D:.G:.A:.D:.U:.

Kropotkin, Apr:.M:.


jueves, 5 de marzo de 2026

24 Pulgadas y la División del Trabajo

La Regla de las 24 pulgadas es una de las enseñanzas simbólicas más profundas y prácticas dentro de la filosofía masónica. Esta regla, que forma parte de los instrumentos de trabajo simbólicos de los masones, representa la división del tiempo en 24 horas, y su uso se asocia con la gestión adecuada del tiempo para lograr un equilibrio entre el trabajo, el descanso y el esparcimiento. En esencia, la regla de las 24 pulgadas es una metáfora que invita a los masones a distribuir su tiempo de manera sabia y equilibrada, asegurando que cada aspecto de la vida reciba la atención necesaria.

En la masonería, esta regla no solo se refiere a la medición física del tiempo, sino también a la importancia de administrar las horas del día de manera que se fomente el crecimiento personal, el bienestar físico y mental, y la contribución a la sociedad. Los masones son enseñados a dividir su día en tres partes iguales: 8 horas para el trabajo, 8 horas para el descanso y 8 horas para el esparcimiento o el desarrollo personal. Esta división no es arbitraria; refleja un profundo entendimiento de la necesidad de equilibrio en la vida humana, un principio que ha influido en movimientos sociales y laborales a lo largo de la historia.

Como sabéis que me gusta, vamos a dar un salto en el tiempo hasta la Primera Revolución Industrial. Esta comenzó a finales del siglo XVIII y se extendió hasta el siglo XIX y transformó radicalmente la sociedad, la economía y las condiciones laborales. Con la mecanización de la producción y el surgimiento de las fábricas, los trabajadores se vieron sometidos a jornadas laborales extenuantes, que a menudo superaban las 12 o 14 horas diarias, en condiciones precarias y con escasos derechos laborales. Este sistema de explotación generó un creciente malestar entre los trabajadores, lo que llevó al surgimiento de movimientos obreros que reclamaban mejores condiciones laborales, incluyendo la reducción de la jornada laboral. Aún hoy en día nos encontramos con que determinados industriales de un conocido sector económico entienden como media jornada 12 horas de trabajo.

Uno de los lemas más emblemáticos de estos movimientos fue la propuesta de dividir el día en 8 horas para trabajar, 8 horas para el esparcimiento y 8 horas para descansar. Esta idea, que se popularizó como una reivindicación clave por parte de las Unión británicas, durante el siglo XIX, no era nueva; de hecho, tenía raíces en principios filosóficos y morales que habían sido promovidos por organizaciones como la masonería. La regla de las 24 pulgadas, con su énfasis en la distribución equilibrada del tiempo, puede verse como un precursor intelectual de esta demanda laboral. La implantación de 40 horas en la semana laboral de 5 días tuvo una evolución accidentada: Comenzó en 1810 con Robert Owen, quien difundió la idea de que la calidad del trabajo de un obrero tiene una relación directamente proporcional con la calidad de vida de este, por lo que, para cualificar la producción de cada obrero, es indispensable brindar mejoras en las áreas de salarios, vivienda, higiene y educación. Este concepto fue retomado por el Cartismo en 1842 y se consolido a través de la declaración de 1866 por parte de la Asociación Internacional de los Trabajadores durante su congreso de Ginebra. La lucha por la jornada laboral de 8 horas se convirtió en un símbolo de la lucha por los derechos de los trabajadores. En 1886, durante la Huelga de Haymarket en Chicago, los trabajadores exigieron la implementación de la jornada de 8 horas, un evento que marcó un hito en la historia del movimiento obrero y que finalmente llevó a la adopción de esta medida en muchos países. A partir de ahí Inglaterra en 1908, Uruguay en 1915, Rusia y Méjico en 1917, España y Francia en 1919… pero sigue siendo una asignatura pendiente, ya que en Chile no se introdujo la jornada de 8 horas hasta el muy reciente 2022. De hecho, la jornada laboral sigue estando en discusión a lo largo del planeta contraponiéndose la tendencia a una reducción de esta en la Unión Europa o la desregulación de la jornada defendida por ultraliberales o anarcocapitalistas, todo ello a pesar de que la idea de que el tiempo debía dividirse de manera equitativa entre el trabajo, el descanso y el esparcimiento se convirtió en un principio fundamental de la legislación laboral moderna.

Aquí quiero permitirme dar una nueva pirueta temporal para reivindicarnos como hispanos, ya que, aunque la lucha por la jornada de 8 horas se asocia comúnmente con la Revolución Industrial, es importante destacar que esta idea tiene un precedente histórico mucho más antiguo. En 1593, Felipe II de España y I de Portugal, cabeza de la Monarquía Hispánica, emitió una disposición que limitaba las horas de trabajo a 8 horas diarias tanto para los trabajadores indígenas como para los colonos en los territorios bajo su dominio. Esta medida, conocida como la Real Cédula de 1593, fue un avance notable si se considera el contexto histórico de la época, en el que las jornadas laborales extensas y la explotación de los trabajadores eran comunes. La Real Cédula de Felipe II no solo establecía un límite a las horas de trabajo, sino que también reconocía la importancia del descanso y el bienestar de los trabajadores. Esta disposición reflejaba una comprensión temprana de la necesidad de equilibrar el trabajo con el descanso y el tiempo libre, un principio que sería retomado siglos después por los movimientos obreros.

En cualquier caso, como masones no podemos olvidar que la influencia de la regla de las 24 pulgadas en la aparición de la jornada laboral de 8 horas es evidente. Por un lado, la idea de dividir el día en tres partes iguales refleja un principio de equilibrio y justicia que ha sido promovido por la masonería desde sus inicios. Los masones, como constructores simbólicos, entienden que el tiempo es un recurso valioso que debe ser administrado con sabiduría para lograr una vida plena y armoniosa. Este principio de equilibrio se trasladó al ámbito laboral, donde la división del tiempo en 8 horas para trabajar, 8 horas para descansar y 8 horas para el esparcimiento se convirtió en una demanda central de los trabajadores.

Por otro lado, la masonería, como organización que promueve los valores de la fraternidad, la igualdad y la justicia, ha tenido una influencia significativa en el desarrollo de los derechos laborales. Muchos de los líderes del movimiento obrero del siglo XIX y principios del XX eran masones o estaban influenciados por las ideas masónicas. La regla de las 24 pulgadas, con su énfasis en la distribución equitativa del tiempo, proporcionó un marco filosófico para la lucha por la jornada de 8 horas, que no solo buscaba mejorar las condiciones laborales, sino también promover un equilibrio entre el trabajo y la vida personal.

Robespierre, M:.M:.