domingo, 31 de mayo de 2026

Libertad como paradoja: entre límites y posibilidades

La libertad es uno de los valores fundamentales de la humanidad, un concepto explorado desde la filosofía, la política y la ética. Sin embargo, en su misma esencia, encierra una paradoja: su existencia depende de reglas y límites que, en teoría, restringen la libertad misma. Esta contradicción aparente obliga a preguntarse si la verdadera libertad reside en la ausencia de restricciones o, por el contrario, en la existencia de normas que la regulen y la hagan posible.

Explorar la naturaleza paradójica de la libertad permite comprender que, lejos de ser un concepto absoluto, su manifestación está determinada por un sistema de normas que garantizan su ejercicio. A través del análisis filosófico, jurídico y social, se demuestra que la libertad, para ser efectiva y sostenible, requiere de reglas que establecen sus límites y condiciones.

Desde la antigüedad, la libertad ha sido objeto de reflexión y debate. Para los griegos, se entendía en términos de participación en las polis. Platón y Aristóteles la concebían como la capacidad de vivir conforme a la razón, diferenciando entre la mera ausencia de restricciones y la autodisciplina necesaria para alcanzar la virtud.

Por otro lado, en la modernidad, filósofos como John Locke y Jean-Jacques Rousseau postularon la libertad como un derecho inalienable del ser humano. Sin embargo, también reconocieron que esta debía ser regulada a través de un contrato social que asegurara la convivencia y el bienestar común.

Si la libertad fuera absoluta, inevitablemente se convertiría en su propia negación, pues la libertad sin límites lleva al caos y a la dominación del más fuerte sobre el más débil. La existencia de normas permite establecer un equilibrio en el cual todos los individuos puedan ejercer su libertad sin vulnerar la de los demás.

Un ejemplo claro de esta paradoja se encuentra en la legislación. Las leyes no solo restringen ciertas acciones, sino que también garantizan derechos y protecciones que permiten el ejercicio efectivo de la libertad. De este modo, el Estado de derecho no es un enemigo de la libertad, sino su condición de posibilidad.

Diversos filósofos han reflexionado sobre la necesidad de límites en la libertad. Thomas Hobbes, en "Leviatán", argumenta que sin un poder soberano que imponga normas, la humanidad caería en un estado de naturaleza donde prevalecería la guerra de todos contra todos. Para Hobbes, la libertad absoluta es una amenaza para la convivencia, por lo que el contrato social impone restricciones que permiten una paz duradera. Immanuel Kant, en "Fundamentación de la metafísica de las costumbres", plantea que la verdadera libertad no es la ausencia de restricciones, sino la capacidad de actuar conforme a leyes racionales y universales. La autonomía moral solo puede existir cuando los individuos aceptan reglas que aseguren la convivencia armónica. John Stuart Mill, en "Sobre la libertad", defiende la importancia de la libertad individual, pero también reconoce la necesidad de límites cuando las acciones de un individuo afectan negativamente a los demás. Su principio del daño establece que la libertad solo debe restringirse para evitar perjuicios a terceros, consolidando la idea de que la regulación es esencial para una sociedad justa.

Jean-Jacques Rousseau, en "El contrato social", propone que la libertad solo es legítima cuando se somete a la voluntad general. En su visión, las leyes no restringen la libertad, sino que la garantizan, pues establecen las condiciones bajo las cuales todos pueden coexistir en igualdad de derechos.

Todos coinciden en que la libertad no puede ser ilimitada y que las restricciones son necesarias para garantizar su ejercicio en una sociedad organizada. La regulación no es un enemigo de la libertad, sino su condición de posibilidad, asegurando que cada individuo pueda ejercer sus derechos sin menoscabar los de los demás.

En la vida cotidiana, la tensión entre libertad y normas se hace evidente en múltiples ámbitos. Por ejemplo, en una democracia, los ciudadanos tienen el derecho de expresarse libremente, pero este derecho está sujeto a limitaciones cuando entra en conflicto con otros derechos, como la privacidad o la seguridad. Así, el derecho a la libertad de expresión no justifica discursos de odio o información falsa que pueda afectar la estabilidad de una sociedad.

Desde la filosofía, John Rawls, en "Teoría de la justicia", propone un modelo en el que la libertad individual debe equilibrarse con la justicia social. Según Rawls, las libertades fundamentales solo pueden ser limitadas si dichas restricciones garantizan una mayor equidad para todos. Es decir, el ejercicio de la libertad individual no debe derivar en desigualdades que afecten a los más vulnerables.

En el ámbito económico, el libre mercado funciona bajo regulaciones que evitan el monopolio o la explotación laboral. Así, la verdadera libertad económica no es la anarquía del mercado, sino la existencia de un sistema regulado que garantice oportunidades equitativas para todos. Adam Smith, en "La riqueza de las naciones", reconoce que el mercado debe estar guiado por ciertas regulaciones que impidan abusos y favorezcan la competencia justa.

Otro aspecto clave es la libertad de movimiento y decisión personal en una comunidad. Un individuo puede decidir libremente sobre su estilo de vida, pero sus elecciones no pueden infringir los derechos de los demás. Por ejemplo, el derecho a la recreación o el entretenimiento debe respetar la tranquilidad y el bienestar de la comunidad en la que se desarrolla.

Para que los ciudadanos puedan ejercer su libertad de manera consciente y responsable, es necesario que comprendan las reglas que la rigen. La educación juega un papel crucial en este sentido, pues permite que las personas entiendan la importancia de las normas y la manera en que estas posibilitan el ejercicio de la libertad.

Desde la filosofía de la educación, Paulo Freire, en "Pedagogía del oprimido "(1970)", sostiene que la educación debe ser un proceso liberador, en el que los individuos aprendan a cuestionar su realidad y a comprender el papel de las normas en la sociedad. La educación bancaria, donde los estudiantes son meros receptores de información, perpetúa la opresión; en cambio, una educación dialógica y crítica fomenta el desarrollo de ciudadanos libres y responsables.

Desde una perspectiva pedagógica, John Dewey, en "Democracia y Educación", resalta la importancia de una educación basada en la experiencia y la participación activa de los estudiantes en la toma de decisiones. Según Dewey, la educación debe preparar a los individuos no solo para el conocimiento académico, sino también para la vida en comunidad, promoviendo un equilibrio entre libertad individual y responsabilidad social.

Un individuo educado es capaz de discernir entre la libertad auténtica y la ilusión de una libertad sin restricciones. De ahí la importancia de fomentar el pensamiento crítico y la responsabilidad cívica desde temprana edad. La educación no solo proporciona conocimientos, sino que también forma ciudadanos capaces de ejercer su libertad de manera ética y responsable.

La paradoja de la libertad radica en que, para existir plenamente, debe estar acompañada de reglas que la limiten y la regulen. Sin normas, la libertad se disuelve en el caos; con demasiadas restricciones, se transforma en opresión. La clave radica en encontrar un equilibrio que permita a los individuos gozar de sus derechos sin perjudicar a los demás.

Robespierre, M:.M:.

jueves, 28 de mayo de 2026

La tiranía de lo simple

 

Quiero reflexionar sobre una frase atribuida a Ernest Hemingway: “Todo lo realmente malvado comienza con algo inocente”. 

Ésta puede ser interpretada no como una sentencia moral abstracta, sino como una hipótesis sociopolítica de gran valor analítico. Desde una perspectiva académica —y, de forma explícita, desde una tradición masónica que privilegia la razón, la ética y el progreso del conocimiento—, dicha afirmación permite examinar con rigor cómo los fascismos históricos y el actual auge de la extrema derecha emergen mediante procesos graduales, racionalizados y, en sus inicios, socialmente tolerables.

Antes de seguir avanzando con la reflexión, me interesa subrayar que los fenómenos autoritarios no son anomalías externas al sistema democrático, sino resultados observables de dinámicas sociales mal gestionadas. La historia del siglo XX ofrece evidencia empírica suficiente: los fascismos no surgieron como rupturas súbitas, sino como desviaciones progresivas de sistemas debilitados por crisis económicas, deslegitimación institucional y simplificación del discurso público. En términos sistémicos, podríamos describirlos como fallos acumulativos en los mecanismos de autorregulación democrática.

Desde la tradición masónica —entendida aquí no como dogma, sino como marco filosófico— existe una advertencia constante contra este tipo de regresiones. La masonería se funda en la confianza en la razón ilustrada, en la educación como herramienta de emancipación y en la dignidad intrínseca del ser humano. Por ello, identifica como especialmente peligrosa cualquier ideología que sustituya el pensamiento crítico por la obediencia, el conocimiento por el mito y la fraternidad universal por identidades excluyentes. El fascismo, en este sentido, no es solo un error político, sino una negación epistemológica: rechaza la complejidad del mundo en favor de explicaciones simples y emocionalmente satisfactorias.

El carácter “inocente” de los inicios es clave. Tanto en los fascismos clásicos como en las expresiones actuales de la extrema derecha, el punto de entrada suele ser una reivindicación aparentemente legítima: orden frente al caos, identidad frente a la incertidumbre, seguridad frente al miedo. Estos conceptos, aislados de su contexto ético, funcionan como variables atractivas en sociedades sometidas a estrés económico y cultural. El problema no reside en las preguntas que formulan, sino en las respuestas que ofrecen: respuestas cerradas, dogmáticas y refractarias a la evidencia.

Este proceso puede describirse como una reducción deliberada de la complejidad. Allí donde la democracia liberal acepta la pluralidad de datos, intereses y perspectivas, el autoritarismo simplifica. Esta simplificación no es neutra: requiere la identificación de un enemigo, la deshumanización del “otro” y la erosión progresiva del lenguaje racional. Nuestra Augusta Orden siempre ha advertido históricamente contra este fenómeno, al considerar el lenguaje y el símbolo como herramientas de construcción moral: cuando se corrompen, se corrompe también la convivencia.

En la actualidad, el auge de la extrema derecha reproduce estos patrones con nuevas tecnologías y canales de difusión. El método, sin embargo, es el mismo: normalización de la intolerancia mediante el humor, relativización de los derechos humanos en nombre de la eficacia, y exaltación de liderazgos fuertes como supuesta solución técnica a problemas estructurales. Este planteamiento es falaz y desde la óptica masónica, además, es profundamente antiiniciática, pues bloquea el perfeccionamiento individual y colectivo.

Conviene insistir en un punto fundamental: la masonería no propone una ideología cerrada frente a otra, sino un método. Un método basado en la duda, el debate informado y la mejora constante del individuo como base del progreso social. El fascismo y sus variantes contemporáneas operan en sentido inverso: clausuran la duda, penalizan el disenso y sustituyen el conocimiento por la consigna. Cuando estas prácticas se aceptan como “normales” o “inevitables”, el mal —siguiendo la advertencia inicial— ya ha dejado de ser inocente, aunque aún no se reconozca como tal.

El ascenso histórico de los fascismos y el auge actual de la extrema derecha pueden entenderse como el resultado de pequeñas concesiones sucesivas a la irracionalidad, al miedo y a la pereza intelectual. La respuesta no puede ser emocional ni reactiva, sino racional, pedagógica y ética. Defender la democracia implica defender el pensamiento complejo, la dignidad humana y la fraternidad como principios operativos, no retóricos. Porque cuando una sociedad renuncia a estas herramientas, incluso por razones aparentemente inocentes, comienza a construir —sin advertirlo— las bases de su propia regresión.

Robespierre, M:.M:.


miércoles, 27 de mayo de 2026

Arquitectos del Progreso


La masonería, en su esencia, se presenta como una orden progresista, comprometida con la mejora de la humanidad y la evolución del pensamiento. Desde sus orígenes, la fraternidad masónica ha estado en la vanguardia de los cambios sociales, promoviendo la libertad, la igualdad, y la fraternidad en tiempos y lugares en los que estos valores no siempre eran aceptados o comprendidos. Esta orientación progresista de la masonería la convierte en una institución no solo preocupada por el desarrollo personal de cada hermano, sino también por el avance de la sociedad en su conjunto. En esta plancha, me propongo explorar el concepto del progresismo en la masonería, su influencia en la historia y su relevancia en el mundo moderno.

El Progresismo como Pilar Filosófico de la Masonería

El progresismo en la masonería se basa en la idea de que el ser humano y la sociedad deben estar en constante evolución hacia un estado superior de justicia y bienestar. Los principios fundamentales de libertad de pensamiento, respeto por los derechos humanos y búsqueda de la verdad han convertido a la masonería en una institución que defiende la necesidad de progreso en el ámbito moral, ético, y espiritual. La masonería no se limita a ser una organización de carácter ritual; también se concibe como un espacio donde sus miembros pueden debatir ideas, reflexionar sobre las problemáticas de su tiempo, y forjar valores que impulsen el avance social. Para el masón, ser progresista no significa aferrarse a una ideología en particular, sino mantener una actitud de apertura, curiosidad y compromiso hacia el cambio positivo. La evolución personal, representada simbólicamente en el proceso de pulir la piedra en bruto, se traduce en una contribución activa a la evolución colectiva. En este sentido, el progresismo masónico busca que el individuo mejore, no solo en su esfera privada, sino como parte de una comunidad mayor. Historia del Progresismo en la Masonería A lo largo de los siglos, la masonería ha jugado un rol destacado en la defensa de causas progresistas. Durante el Siglo de las Luces, muchos masones participaron en el desarrollo de ideas que impulsaron la democracia, la igualdad de derechos y el fin de la opresión. Filósofos, científicos y líderes de movimientos reformistas encontraron en la masonería un espacio propicio para discutir ideas revolucionarias, sin importar las restricciones que la sociedad impusiera. Ejemplos notables de ello son figuras como Voltaire y Montesquieu, quienes, desde una perspectiva masónica, impulsaron el pensamiento crítico y el avance del conocimiento. El progresismo de la masonería también se manifiesta en su compromiso con la educación y la libertad de conciencia. Durante épocas en las que el dogmatismo y la intolerancia limitaban el desarrollo cultural, incluso la existencia de la inquisición Con su carácter persecutorio de toda idea de libertad y librepensamiento , la masonería promovió Entonces y ahora la libertad de pensamiento como un valor esencial, ayudando a formar sociedades más inclusivas y abiertas a la diversidad. Este legado de lucha por los derechos y las libertades sigue vigente hoy, adaptándose a las necesidades y desafíos contemporáneos.

El Progresismo en la Masonería Contemporánea

En la actualidad, el progresismo en la masonería se manifiesta en el apoyo a causas humanitarias, la defensa de los derechos humanos, y el fomento de una ética basada en el respeto y la tolerancia. Las logias masónicas han tomado un papel activo en la promoción de la paz, la igualdad de género, y la justicia social, integrando temas actuales como la sostenibilidad y la preservación de la paz mundial dentro de sus enseñanzas. Para los masones modernos, el progresismo significa ser sensibles a los desafíos actuales y ser una voz que abogue por un mundo más equitativo y solidario. Esto implica que cada hermano debe reflexionar sobre su papel en la sociedad y sobre cómo puede contribuir al bien común, poniendo en práctica los valores masónicos no solo dentro de la logia, sino también en su vida diaria. La masonería contemporánea busca, así, adaptarse a los tiempos, siendo un espacio en el que el progreso social se conjuga con el desarrollo personal, abogando siempre por la construcción de un mundo más justo. Conclusión El progresismo en la masonería es un principio fundamental que inspira a los hermanos a no conformarse con el estado actual de la humanidad, sino a contribuir activamente en su mejoramiento. La masonería, como institución progresista, es un espacio que fomenta la reflexión, la autocrítica y la voluntad de cambio. A través de los valores de libertad, igualdad y fraternidad, la masonería continúa siendo una fuerza que impulsa el desarrollo personal y el avance colectivo, siempre guiada por el ideal de construir una humanidad más libre, justa y solidaria. En este sentido, ser un masón progresista no significa simplemente defender una ideología, sino asumir un compromiso con la constante búsqueda de la verdad y el bien común. En cada paso, en cada reflexión y en cada acción, la masonería nos invita a participar activamente en la construcción de un mundo que refleje estos valores universales, honrando así su legado y su misión en la sociedad.

Euclides, M:.M:.

domingo, 17 de mayo de 2026

Los monstruos del interregno


Hace algún tiempo compartí con vosotros una reflexión* sobre el posible ocaso del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial y la transición hacia un nuevo equilibrio de poder todavía incierto. Aquella reflexión fue posteriormente desarrollada por nuestro Q:.H:. Marco Aureo*, quien profundizó con rigor en las implicaciones geopolíticas y estratégicas de dicho proceso.

Sin embargo, existía un elemento esencial que en mi reflexión inicial apenas quedó formulado de manera implícita: la guerra. Aspecto que fue sabiamente señalado por el Q∴H∴ Marcus Aurelius al analizar las consecuencias últimas de las transiciones hegemónicas y la creciente fragmentación del orden internacional contemporáneo.

No porque la guerra constituya una anomalía inevitable de la historia humana, sino porque es recurrentemente como mecanismo traumático de resolución de las crisis sistémicas. Señalaba que “muchos imperios se han sucedido en la humanidad” y que “el acto final de la obra ha sido la guerra”. La aportación de Marco Aureo permite ahora comprender esa intuición mediante el concepto de la Trampa de Tucídides.

Tucídides escribió que “fue el ascenso de Atenas y el miedo que esto provocó en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”. Graham Allison recuperó esta idea para explicar cómo el ascenso de una potencia emergente frente a una dominante incrementa el riesgo de conflicto.

La situación actual parece responder a ese esquema. Estados Unidos continúa siendo la principal potencia mundial, pero su liderazgo ya no es incontestable. Paralelamente, China emerge como actor capaz de disputar espacios crecientes de influencia económica, tecnológica y estratégica. Marcus Aurelius describe cómo esta rivalidad ha trascendido el ámbito comercial para convertirse en una competencia geopolítica e ideológica global. 

La Trampa de Tucídides no debe entenderse como un fenómeno geoestratégico, sino profundamente humano. Las guerras sistémicas rara vez nacen de la irracionalidad sino que de racionalidades enfrentadas. Cada actor considera legítima su posición y percibe al otro como amenaza. Ahí reside la tragedia: el conflicto puede emerger incluso cuando ninguno lo desea conscientemente.

Porque los sistemas de poder generan dinámicas propias: intereses económicos, complejos militares, nacionalismos y mecanismos de miedo colectivo que empujan progresivamente hacia la confrontación.

Y es aquí donde la reflexión masónica adquiere pleno sentido. La masonería ha defendido históricamente el perfeccionamiento moral e intelectual del ser humano como condición indispensable para construir sociedades racionales. Pero, allí donde el individuo no gobierna sus impulsos, las sociedades terminan siendo gobernadas por ellos.

La Trampa de Tucídides es la manifestación geopolítica de una incapacidad moral colectiva. Al sustituir razón por miedo, pensamiento complejo por simplificación y fraternidad por tribalismo, el conflicto comienza a percibirse como solución aceptable.

Ese proceso ya está ocurriendo. La militarización del Indo-Pacífico, el debilitamiento del multilateralismo, las guerras comerciales y el auge de discursos nacionalistas son síntomas evidentes de un sistema internacional sometido a una tensión estructural creciente. 

Pero la reflexión de Marcus Aurelius incorpora además otro elemento fundamental: la Trampa de Kindleberger: El orden internacional necesita un hegemón capaz de proporcionar estabilidad. El problema surge cuando la potencia dominante pierde capacidad de liderazgo sin que exista otra preparada para sustituirla, y eso describe exactamente nuestro tiempo.

Estados Unidos mantiene un enorme poder, pero su legitimidad global se erosiona. China posee creciente capacidad material, pero todavía no parece preparada para asumir plenamente un liderazgo global estable. El resultado es un interregno caracterizado por incertidumbre, fragmentación y conflictos regionales.

Antonio Gramsci escribió que “el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Difícilmente puede definirse mejor nuestra época.

Ante este escenario debemos preguntarnos cuál debe ser nuestra posición como masones.

La respuesta no puede reducirse a un pacifismo ingenuo. La historia demuestra que las sociedades pueden retroceder y que la civilización no avanza linealmente. Toda guerra necesita previamente una simplificación moral del mundo: transformar al adversario en enemigo, sustituir el análisis por la consigna y movilizar emocionalmente a sociedades incapaces de sostener el pensamiento crítico.

Por ello, el deber iniciático de nuestro tiempo consiste en preservar aquello que hace posible la paz: la razón, la duda, la capacidad crítica y la fraternidad universal.

La masonería no controla ejércitos ni mercados, pero sí puede actuar sobre el terreno previo donde nacen las guerras: el deterioro intelectual y moral de las sociedades.

Cuando el lenguaje se degrada, el pensamiento se degrada con él. Cuando la propaganda sustituye al análisis, el ciudadano deja de ser libre. Y cuando el miedo ocupa el lugar de la razón, las sociedades terminan aceptando aquello que poco antes parecía impensable.

Esa es la verdadera enseñanza de Tucídides.

La guerra no surge únicamente de la ambición de los Estados, sino de la incapacidad humana para gobernar racionalmente sus propios temores y pasiones.

Por ello, el simbolismo iniciático conserva plena vigencia. El compás y la escuadra representan el equilibrio entre fuerza y medida, entre pasión y razón. La construcción del Templo no es solo espiritual; es también civilizatoria.

Hoy contemplamos un mundo fatigado, polarizado y crecientemente emocional. Y en ese contexto, el riesgo de caer en la Trampa de Tucídides depende tanto de las decisiones de las grandes potencias como de nuestra capacidad colectiva para resistir la lógica del miedo y del odio.

Porque las grandes tragedias históricas rara vez comienzan con monstruos evidentes. Suelen comenzar con pequeñas concesiones sucesivas a la irracionalidad y a la simplificación.

Y quizá nuestra responsabilidad como masones consista precisamente en impedir que la oscuridad vuelva a presentarse disfrazada de inevitabilidad.

Robespierre, M:.M:.

Respuesta del V:.H:. Robespierre al tradazo de aquitectura del Q:.H:. Marco Aureo.

sábado, 16 de mayo de 2026

La irracionalidad de la Belleza

El trazado que hoy os traigo, Q:.H:., no ha sido escrito para ser entendido ni creído. No es preciso y en algunas partes podría no ser verdadero. Trata sobre algo irracional e inconmensurable: la Belleza.

Una vida plena no solo requiere la estabilidad asentada por la Sabiduría y la Fuerza, sino también el desarrollo y el crecimiento de la Belleza. Y esta Belleza, a veces, requiere la pizca de irracionalidad de una pasión dominada en lugar de extinguida.

Un número irracional es aquel que no se puede expresar mediante una fracción de números enteros, y el más irracional de los números irracionales, Phi, define la proporción armoniosa entre lo monótono y lo caótico que percibimos como belleza.

Hace unos 4000 años, en Sumeria se registró por escrito uno de los primeros poemas de la historia de la literatura: El descenso de Inanna al inframundo. En su descenso, Inanna es despojada de sus objetos de poder, juzgada y transformada en un cadáver que cuelga de un clavo. Permanece en este estado 3 días hasta que Enki le da de nuevo la vida.

Inanna reina en el cielo, como el lucero del alba o la estrella del crepúsculo, y representa el amor, la fertilidad, la guerra y el poder político. Su hermana Ereshkigal reina en el inframundo y representa la muerte, la justicia y el orden. Guiada por su propia y arrogante naturaleza, Inanna busca un conocimiento prohibido. Muere por ello y regresa renacida, pero desposeída de sus objetos de poder.

Sin duda, Q:.H:., este relato evocará cierto rito que marca nuestro nacimiento como masones. Un recordatorio de que, antes de comenzar a desbastar nuestra piedra interior, debemos confrontar nuestro ego en la oscuridad.

Inanna completaba su ciclo de renacimiento renovando totalmente su poder tras 5 muertes, que duraban casi exactamente 8 años terrestres, y aunque el símbolo de Inanna era una estrella de 8 puntas, es más que probable que los sacerdotes sumerios fuesen conscientes de que, en su tránsito por las constelaciones zodiacales, Inanna dibujaba un pentagrama: una estrella de 5 puntas.

1500 años después, el pentagrama se transformó en el más sagrado símbolo para la escuela de Pitágoras. Y aunque no está probada la causalidad que tanto el esoterismo renacentista como la cultura popular actual le atribuyen, parece obvia cierta correlación.

Para los pitagóricos, el pentagrama simbolizaba la salud y la perfección, e incluso se usaba como signo secreto para reconocerse. Sin embargo, ocultaba en sus proporciones perfectas el gran horror que destruiría su cosmovisión, a la vez que la Gran Quema destruía sus casas: el símbolo de perfección y orden llevaba en sus cimientos algo que no podía ser medido ni contenido por la razón.

Tras la caída de la escuela pitagórica, Platón obtuvo los conocimientos que habían sido guardados en celoso secreto por esta, y estos fueron evolucionando en su Academia hasta que Euclides describió mediante la geometría esta relación como “extrema y media razón”.

Esta proporción, que nos encontramos con una frecuencia abrumadora en la naturaleza, fue utilizada, antes y después de Euclides, como una herramienta para replicar la belleza del universo, especialmente en arquitectura (el Partenón o a la Sagrada Familia) y pintura (El nacimiento de Venus o la Mona Lisa). Con menos frecuencia podemos encontrar la relación áurea en la música: a veces de forma consciente e intencionada, como Tool en el álbum Lateralus, u orgánica e intuitiva como Béla Bartók en sus composiciones.

Nuestro templo es sostenido por tres columnas: la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza. Mi trabajo como aprendiz consiste en desbastar la piedra bruta y asentar unas bases estables para edificar mi templo interior. El compás es una herramienta tan solo insinuada, presentada al aprendiz como un presagio de algo que está por venir y que nos ayudará a domar las pasiones, pero Euclides me mostró que también nos sirve para buscar la Belleza si estamos dispuestos a aceptar una pizca de irracionalidad

Kroptkin, A:.M:.