El trazado que hoy os traigo, Q:.H:., no ha sido escrito para ser entendido ni creído. No es preciso y en algunas partes podría no ser verdadero. Trata sobre algo irracional e inconmensurable: la Belleza.
Una vida plena no solo requiere la estabilidad asentada por la Sabiduría y la Fuerza, sino también el desarrollo y el crecimiento de la Belleza. Y esta Belleza, a veces, requiere la pizca de irracionalidad de una pasión dominada en lugar de extinguida.
Un número irracional es aquel que no se puede expresar mediante una fracción de números enteros, y el más irracional de los números irracionales, Phi, define la proporción armoniosa entre lo monótono y lo caótico que percibimos como belleza.
Hace unos 4000 años, en Sumeria se registró por escrito uno de los primeros poemas de la historia de la literatura: El descenso de Inanna al inframundo. En su descenso, Inanna es despojada de sus objetos de poder, juzgada y transformada en un cadáver que cuelga de un clavo. Permanece en este estado 3 días hasta que Enki le da de nuevo la vida.
Inanna reina en el cielo, como el lucero del alba o la estrella del crepúsculo, y representa el amor, la fertilidad, la guerra y el poder político. Su hermana Ereshkigal reina en el inframundo y representa la muerte, la justicia y el orden. Guiada por su propia y arrogante naturaleza, Inanna busca un conocimiento prohibido. Muere por ello y regresa renacida, pero desposeída de sus objetos de poder.
Sin duda, Q:.H:., este relato evocará cierto rito que marca nuestro nacimiento como masones. Un recordatorio de que, antes de comenzar a desbastar nuestra piedra interior, debemos confrontar nuestro ego en la oscuridad.
Inanna completaba su ciclo de renacimiento renovando totalmente su poder tras 5 muertes, que duraban casi exactamente 8 años terrestres, y aunque el símbolo de Inanna era una estrella de 8 puntas, es más que probable que los sacerdotes sumerios fuesen conscientes de que, en su tránsito por las constelaciones zodiacales, Inanna dibujaba un pentagrama: una estrella de 5 puntas.
1500 años después, el pentagrama se transformó en el más sagrado símbolo para la escuela de Pitágoras. Y aunque no está probada la causalidad que tanto el esoterismo renacentista como la cultura popular actual le atribuyen, parece obvia cierta correlación.
Para los pitagóricos, el pentagrama simbolizaba la salud y la perfección, e incluso se usaba como signo secreto para reconocerse. Sin embargo, ocultaba en sus proporciones perfectas el gran horror que destruiría su cosmovisión, a la vez que la Gran Quema destruía sus casas: el símbolo de perfección y orden llevaba en sus cimientos algo que no podía ser medido ni contenido por la razón.
Tras la caída de la escuela pitagórica, Platón obtuvo los conocimientos que habían sido guardados en celoso secreto por esta, y estos fueron evolucionando en su Academia hasta que Euclides describió mediante la geometría esta relación como “extrema y media razón”.
Esta proporción, que nos encontramos con una frecuencia abrumadora en la naturaleza, fue utilizada, antes y después de Euclides, como una herramienta para replicar la belleza del universo, especialmente en arquitectura (el Partenón o a la Sagrada Familia) y pintura (El nacimiento de Venus o la Mona Lisa). Con menos frecuencia podemos encontrar la relación áurea en la música: a veces de forma consciente e intencionada, como Tool en el álbum Lateralus, u orgánica e intuitiva como Béla Bartók en sus composiciones.
Nuestro templo es sostenido por tres columnas: la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza. Mi trabajo como aprendiz consiste en desbastar la piedra bruta y asentar unas bases estables para edificar mi templo interior. El compás es una herramienta tan solo insinuada, presentada al aprendiz como un presagio de algo que está por venir y que nos ayudará a domar las pasiones, pero Euclides me mostró que también nos sirve para buscar la Belleza si estamos dispuestos a aceptar una pizca de irracionalidad
Kroptkin, A:.M:.
