jueves, 23 de abril de 2026

Del Mundo Profano al Templo

Me complace enormemente compartir con vosotros mis primeras impresiones y mis primeros pasos en esta augusta fraternidad. Permitidme que os transporte a esos recuerdos de la infancia o juventud, cuando entrábamos a un nuevo curso o colegio: esa emocionante mezcla de entusiasmo por lo desconocido y la sutil incertidumbre que nos hacía palpitar el corazón. Hoy, con humildad de Aprendiz, os traigo mis primeras palabras para con vosotros, mis hermanos todos.

CAPITULO 1: La cámara de reflexión: muerte y renacer

Tras ser vendado como parte del ritual iniciático, obedecí la orden de quitar el antifaz. Me hallé en la cámara de reflexión, ese sagrado recinto de introspección. Allí, un gallo —símbolo eterno de vigilancia y despertar del alma— y una calavera —recordatorio inexorable de la muerte— me confrontaron con mi propia finitud. Debía firmar mi testamento espiritual, pues en ese preciso instante simbólico "moría" al mundo profano. Así llega la muerte a veces, hermanos: sin aviso, sin preámbulos.

Qué acto tan poderoso para el espíritu. En ese momento de soledad reflexiva, comprendí que tenía el poder divino de trazar mi destino eterno. Qué honor el poder decidir cómo quiero ser recordado por los míos, por la historia, por el Gran Arquitecto del Universo. Todo lo que hasta entonces había hecho mal —mis errores, mis pasiones desbocadas— podía transformarlo en virtud. A partir de ese umbral, soy un hombre nuevo, puliendo mi piedra bruta con cincel y mazo, como nos enseña este primer grado.

CAPITULO 2: Rituales familiares: ecos del cuartel

Con los ojos aún vendados, mis oídos se aguzaron ante los rituales que se desplegaban. Tantas palabras precisas, tantos procedimientos solemnes, tantas jerarquías impecables… Todo me resultaba familiar, como un viejo uniforme que se ajusta al cuerpo. Claro que sí: fui militar. Estudié la gloriosa carrera de las armas no solo por el honor que confiere, sino por merecer las bendiciones de los pueblos que juré defender.

Mi curiosidad me llevó a indagar en los orígenes de mi patria, Venezuela. Descubrí que los precursores de nuestra independencia —el Precursor Francisco de Miranda y el Libertador Simón Bolívar, masones excelsos— tejieron estos mismos hilos simbólicos en la estructura de nuestras fuerzas armadas. La parada con los pies en escuadra perfecta, idéntica a la firme militar; las espadas y sables desenvainados, guardianes de la justicia; el secreto revelado en mi oído: la palabra sagrada del Aprendiz, que significa "en Él está la fuerza".

CAPITULO 3: Santo y seña: masonería y milicia unidas

Recordad conmigo, hermanos, cómo nos identificamos con el Vigilante: no pronunciamos la palabra sagrada de corrido, sino que la deletreamos con reverencia —él da la primera letra, yo respondo la segunda, y así sucesivamente—, confirmando mutuamente que somos masones legítimos. Esta técnica tan precisa evoca directamente el santo y seña del ejército, ese procedimiento clásico de identificación y seguridad empleado por centinelas en la noche o en combate.

En el santo y seña militar, un guardia clama "¡Alto! ¡Deme el santo!" (una palabra secreta, como "León"), y el aproximado responde con la seña complementaria ("Águila"), sin relación lógica entre ambas. Cambian diariamente, se distribuyen en órdenes cerradas y se memorizan para evitar filtraciones. Así, comprendí que gran parte de la estructura militar —sus jerarquías, protocolos, signos de reconocimiento— lleva las simientes de la masonería. Nuestros hermanos masones, desde los tiempos de la independencia, orientaron estas prácticas para forjar naciones libres y ordenadas.

CAPITULO 4: El grado de Aprendiz: humildad y escucha

Queridos hermanos, este grado de Aprendiz me ha enseñado una lección fundamental: saber callar para oír, observar para aprender. Me resta un vasto y largo camino por recorrer de la mano de vosotros, mis hermanos mayores, en los grados venideros. Cada símbolo —las Tres Grandes Luces sobre el altar, las columnas J y B flanqueando el occidente, el piso ajedrezado de dualidades— me invita a pulir mi piedra con paciencia y disciplina.

CAPITULO 5: Conclusión: pacto eterno de hermandad

Para concluir, recordemos mi ritual de iniciación en detalle. Realicé los viajes simbólicos a través de los elementos; me cortaron el dedo para firmar mi juramento con sangre, símbolo de compromiso vital; un sello ardiente marcó mi pecho como prueba inefable de lealtad absoluta. Nuestro Venerable Maestro preguntó en voz alta si me aceptabais entre vosotros, y todos, con unánime clamor, dijisteis "¡Sí!".

Yo, a mi vez, os acepto a vosotros como hermanos míos, ahora y para siempre. Que esta unión nos guíe en la obra del Templo interior, a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.

Illibatus, A:.M:.