sábado, 10 de enero de 2026

Ecos de una distopía consentida

 

Según Platón, la ciudad nace de la incapacidad del individuo para satisfacer todas sus necesidades por sí mismo. Este principio de cooperación, que ha sostenido a los países desarrollados durante más de dos mil años, se cuestiona hoy bajo un relato orientado a la acumulación de poder en manos de unos pocos.

Para demoler los sistemas basados en la cooperación, se han articulado herramientas que dinamitan la verdad, deformando la información y anulando el espíritu crítico indispensable en cualquier sociedad desarrollada. Lejos de apoyarse en la magnanimidad, este nuevo paradigma utiliza la ira como brújula moral, alimentando los peores instintos humanos y sumiendo al individuo en un enfado permanente consigo mismo y su entorno. La criminalización del "diferente", en lugar de impulsar una "cultura del encuentro", se ha convertido en la norma, despreciando la convivencia y arrinconando la fraternidad universal.

La sabiduría grecolatina se cimentaba en la búsqueda de la virtud. Una sociedad que se precie debe actuar guiada por la responsabilidad y la reflexión, la cual, como aseguraba Matilde Asensi, debemos encontrar dentro de nosotros mismos. 

Sin embargo, vivimos inmersos en una realidad que asemeja una perversa distopía. Aceptamos cualquier comentario como verdad revelada, sin someterlo a un filtro moral que discierna lo aceptable de lo reprobable. Facilitamos así la labor a los nuevos profetas del odio, erigiendo tribunales inquisitoriales ambulantes donde se quema cualquier resquicio de pensamiento, tal y como planteaba Ray Bradbury en Fahrenheit 451.

Es urgente recuperar una visión saludable de la existencia. El origen de la colectividad no busca la uniformidad, sino alcanzar niveles de equidad que dignifiquen nuestro trayecto vital y nos permitan fijar metas conjuntas. El egoísmo por el egoísmo carece de sentido y solo ha provocado el colapso social y un profundo dolor.

Desde la reflexión profunda, debemos desarticular estos sistemas de empobrecimiento moral, bajarnos de esa atalaya de vanidad desde la que decidimos qué vidas tienen valor y cuáles no. Para combatir la red de mentiras y engaños, apelo al permanente sapere aude de Horacio: atreverse a pensar por uno mismo nunca es un acto de pereza, sino el estímulo vital que necesitamos.

Perogatt, M:.M:.