domingo, 11 de enero de 2026

Aprender a ver

El día empezó despacio: café y tiempo para contemplar el mundo desde la perspectiva del que espera, sin centrar demasiado la atención en nada. Una persona vino a por mí y, en silencio, me guio a través de las tinieblas hasta un lugar espantoso en el que, de nuevo, me quedé solo.

Reflexioné y escribí. Algunas cosas las tenía claras y otras fueron difíciles de plasmar en palabras; no suelo compartir intimidades con desconocidos. Algunas no las comparto siquiera conmigo. Mientras escribía, temía la opinión que podía causar de mí cada palabra en quienes pronto me iban a juzgar.

Luego llamamos a la puerta. Con el corazón descubierto, cojo y ciego, se me recibió con tono severo y fui puesto a prueba. El principio fue confuso y caótico, y me resultó difícil distinguir lo simbólico de lo fáctico, causándome vergüenza y un cierto miedo al fracaso. Casi sin darme cuenta, las pruebas se fueron calmando y mis jueces suavizaron el tono. Hice un juramento que me resultó más solemne y comprometedor de lo que había imaginado y, finalmente, retiraron la venda y vi el gesto amistoso en la cara de mis hermanos.

Mi iniciación había terminado y comenzó mi aprendizaje. Ya no soy el profano conocido como Javier, que escribió su testamento en la cámara de reflexión. Aún no sé adónde va el recién nacido a partir de aquí, pero llegaré con la ayuda de mis hermanos.

Kropotkin, Apr:.M:.