He solicitado el uso de la palabra para presentar ante este respetable Taller un trazado que busca tender un puente entre el mundo profano y nuestros augustos misterios. A menudo, la Luz encuentra grietas por donde filtrarse en la cultura de masas, y es deber del iniciado saber reconocer los antiguos símbolos allí donde resucitan. Hoy, QQ:. HH:., quiero invitaros a reflexionar sobre una obra de la animación japonesa, Fullmetal Alchemist, no como un mero entretenimiento, sino como una profunda alegoría moderna del Arte Real y la incesante búsqueda de la Piedra Filosofal.
Esta obra nos interpela de inmediato con su principio rector, el "Intercambio Equivalente": la ley de que para ganar algo, debe perderse algo de igual valor. ¿No resuena esto acaso, hermanos míos, con nuestra propia Ley de Causa y Efecto, o con la balanza de la Justicia que preside nuestros trabajos? Los protagonistas, jóvenes profanos que buscan atajos, intentan la transmutación humana, violando las leyes naturales. Su castigo es la pérdida física, un recordatorio simbólico de que el neófito, cegado por la soberbia, la hybris, que los antiguos nos enseñaron a evitar, cree poder dominar la materia sin antes haber dominado su espíritu.
Observamos aquí a la Piedra Bruta en su estado más caótico y arriesgado. La lección moral que extraemos para nuestra cadena de unión es clara: no existen atajos para la construcción del Templo Interior. La maestría no se roba ni se genera por decreto; se paga con el sudor del trabajo sobre uno mismo y el sacrificio de nuestras pasiones.
Nuestra propia instrucción nos demanda recordar la estancia en la Cámara de Reflexión y el acrónimo V.I.T.R.I.O.L.(Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem). En esta narrativa profana, los héroes deben descender literalmente al subsuelo de su nación, enfrentándose a la corrupción que la sustenta, del mismo modo que el Masón debe descender a sus propios infiernos psicológicos para "rectificar" la materia que lo compone. Allí abajo, los antagonistas son los "Homúnculos", personificaciones de los Siete Pecados Capitales. El iniciado aprende que no se trata de destruir esta sombra, sino de reconocerla, integrarla y dominarla bajo la égida de la Voluntad y la Razón. La perfección no es la ausencia de vicios, sino el triunfo constante de la virtud sobre ellos.
Observamos también, QQ:. HH:., la presencia ineludible de la Dualidad en la simbología de la obra: el Sol y la Luna, el activo y el pasivo, el Rey Rojo y la Reina Blanca. Esta tensión nos remite a nuestras propias columnas, J:. y B:., Fuerza y Belleza, sin cuya unión el Templo no puede erigirse. Pero el punto culminante, y quizás el más masónico, es la confrontación final con el concepto de "La Verdad". En la serie, la Verdad es un espejo que solo puede ser vista con la pérdida. Cuando el protagonista renuncia a su poder alquímico —a su capacidad de alterar el mundo a su antojo— para salvar a su hermano, alcanza la verdadera iluminación. Deja de buscar la Piedra Filosofal fuera de sí mismo. Esto, Venerable Maestro, es la esencia misma de nuestro Arte. La verdadera Piedra Filosofal no es un objeto que transmuta el plomo en oro material; es la conciencia pulida que transmuta el egoísmo en Fraternidad, y la ignorancia en Luz. Edward Elric deja de ser un operario de milagros para convertirse en un simple hombre, un obrero más en la cantera de la humanidad, comprendiendo que su verdadero poder reside en la Humildad, el Trabajo constante y la inquebrantable Fraternidad con sus semejantes.
Mis QQ:. HH:., al analizar estos mitos modernos, reafirmamos que la Verdad puede ser una y eterna, aunque cambie de vestiduras. Que este trazado nos sirva para recordar que, ya sea con un mandil en Logia o a través de las fábulas del mundo moderno, nuestra misión sigue siendo la misma: cavar calabozos para los vicios y levantar Templos a las virtudes, guiados por la Luz del G:. A:. D:. U:. y por el progreso de la Humanidad.
Robespierre, M:.M:.
