viernes, 2 de enero de 2026

Polaridad Astronómica como Eje Simbólico

Pena de Rodas (Outeiro de Rei, Lugo) el dia del solsticio de invierno
 

El estudio de la temporalidad en los sistemas simbólicos de largo recorrido, como el que constituye la Francmasonería, revela una particular y notable predilección por los fenómenos de máxima polaridad astronómica, manifestada en la preeminencia ritual de los solsticios sobre los equinoccios. Este énfasis no es meramente folclórico; constituye, más bien, una elección con profundas implicaciones en la cosmovisión iniciática de la Orden.

Desde una perspectiva de la mecánica celeste, resulta fundamental establecer la distinción operativa entre estos fenómenos. Los Equinoccios (del latín aequinoctium) representan los dos instantes anuales en los que el plano del ecuador terrestre intersecta el centro del disco solar, originando una división de la luminosidad y la oscuridad de aproximadamente igual duración. Este evento constituye un punto de equilibrio o estabilidad transicional. En contraste, los Solsticios (del latín solstitium, que evoca la idea de "sol detenido") demarcan los puntos de máxima declinación del eje de rotación terrestre respecto al Sol. El resultado es el día de máxima duración lumínica (solsticio de verano) y el de mínima duración (solsticio de invierno). Por su propia naturaleza física, el solsticio es un extremo, un clímax energético seguido de una inversión inmediata del ciclo.

La tradición masónica, al establecer sus dos festividades patronales, las de los Santos Juanes, en las inmediaciones de estos extremos, se alinea de manera consistente con el arquetipo de la crisis y la regeneración, privilegiando la polaridad sobre la armonía. El solsticio de verano, vinculado a San Juan Bautista, simboliza el cenit de la Luz y el conocimiento alcanzado. Sin embargo, dado que ocurre en el punto de inflexión donde la duración de la luz solar comienza su declive, el Bautista opera como el Precursor, cuya función es señalar la conclusión del periodo de máximo poder material. Su figura enseña, consecuentemente, la humildad y la necesidad de que la Luz física ceda paso a la reflexión, iniciando el descenso hacia la sombra.

En contraposición simétrica, el Solsticio de Invierno, asociado a San Juan Evangelista, se posiciona en el momento de la máxima oscuridad planetaria, el punto de menor iluminación externa. Es el arquetipo de la prueba o del estado de latencia; no obstante, su importancia fundamental radica en que es precisamente en este extremo donde se produce el renacimiento de la Luz Invicta (Sol Invictus). El Evangelista, en su rol de Vidente y portador del Logos, simboliza la esperanza activa y el renacimiento gnóstico que surge desde la profundidad del invierno. La Masonería, al operar sobre los ciclos de Muerte y Resurrección inherentes a la Maestría, halla en el solsticio la metáfora perfecta del proceso iniciático: la necesidad ineludible de alcanzar el punto de máxima dificultad para iniciar el ascenso hacia una nueva forma de conciencia.

Esta dualidad temporal se fusiona, además, de forma subyacente, con el arquetipo del dios romano Jano (Janus Bifrons). Jano, como deidad de los umbrales (januae) y las transiciones, es representado con dos rostros que miran al pasado y al futuro simultáneamente. Esta iconografía es una analogía funcional del par solsticial. Los Santos Juanes actúan como el Eje Temporal Bífido de la Logia, los guardianes que definen el inicio y el fin de la obra anual. San Juan Bautista mira hacia el ciclo que se cierra (el declive), y San Juan Evangelista mira hacia el ciclo que se abre (la regeneración). Al incorporar esta estructura dual, la Masonería se beneficia de un principio cosmológico universal que precede a las narrativas teológicas, empleando los solsticios como los márgenes definitivos que encuadran el camino del masón entre la Ley (el Bautista) y la Gracia (el Evangelista). Ello facilita la comprensión profunda, no del simple equilibrio, sino de la polaridad controlada y el ciclo incesante de la construcción moral y espiritual. La Logia, en consecuencia, establece su medida temporal y simbólica en la extensión entre estos dos puntos críticos del zodíaco.

El sincretismo aquí manifestado es paradigmático de la adaptación de los Misterios Antiguos a una estructura iniciática moderna. La selección de los Juanes como patrones permite a la Masonería cristianizar la función arquetípica de Jano, fusionando el simbolismo del dios pagano de las puertas que abre el tiempo, con las figuras evangélicas que marcan el paso de una dispensación (la ley) a otra (la gracia). Esta superposición no es una coincidencia, sino una deliberada estrategia de codificación simbólica que asegura la continuidad de los principios de dualidad, transición y comienzo que son fundamentales para la dinámica operativa y especulativa de la Orden, demostrando la pervivencia de los arquetipos temporales a través de distintas eras culturales.

Por último, la menor prominencia ritual de los Equinoccios se justifica precisamente por su naturaleza de equilibrio. Aunque son astronómicamente esenciales para la marcación precisa del año trópico y poseen una gran relevancia en las tradiciones agrícolas y de fertilidad de la antigüedad, su simbolismo es inherentemente menos propenso a representar la lucha iniciática y la transformación radical. El equinoccio no requiere la superación de un límite ni el giro dramático del destino. Al ser un punto de igualdad natural y una transición mesurada, su potencial para simbolizar la victoria activa sobre la Oscuridad o la gestión del exceso de Luz es intrínsecamente limitado. La Logia, al operar sobre la idea de la construcción activa y el combate contra la ignorancia, demanda de los extremos solsticiales como hitos de máximo esfuerzo y riesgo, elementos que la simetría equinoccial no puede proveer con la misma intensidad dramática.

En definitiva, desde la perspectiva del simbolismo masónico, los solsticios definen los polos extremos del Templo interior y exterior. Estos no son meros cambios de estación, sino que representan los Umbrales críticos por donde el Masón debe transitar anualmente: el umbral de la Madurez y la Reflexión (Verano) y el umbral del Renacimiento y la Esperanza (Invierno). Al venerar a los Santos Juanes, la Orden subraya que la Gran Obra no es un estado de equilibrio estático, sino un ciclo dinámico de muerte y resurrección simbólica, donde la Luz debe ser buscada y reactivada constantemente desde la Oscuridad más profunda.

Robespierre, M:.M:.