Hoy, me propongo examinar una cuestión vital que impacta profundamente en nuestra experiencia moral, en el núcleo de lo que nos define como humanos: el libre albedrío. Por mucho tiempo, ha sido el fundamento de la ética, la base para la justicia, y la fuente de la rendición de cuentas individual. Si la habilidad de elegir fuera solamente una fantasía, entonces, la estructura completa de la virtud, la culpabilidad y el mérito, colapsarían sin remedio.
El reto primordial al libre albedrío surge, en primer lugar, del determinismo, una forma de ver el universo propio tanto de la mecánica clásica como la de la mecánica relativista. La idea que el universo, en su totalidad, y, por lo tanto, todas nuestras acciones, se encuentran causalmente predestinadas. Así lo alertó Laplace al plantear su emblemático "demonio" hipotético, describiendo una hipotética "inteligencia” que supiera, en cualquier momento, todas las fuerzas actuando en la naturaleza y la posición de todos los entes. Existiría entonces la posibilidad de encontrar una ecuación (la que se busca en la Teoría del Todo) a través de la cual, la entidad podría comprender los movimientos desde los objetos celestes mayores, hasta el átomo más menudo. De este modo, para ella, nada sería inescrutable, y el futuro, al igual que el pasado, estaría disponibles. Nuestra vivencia de la libertad, contemplada así, quizá sería únicamente el percatarse tardío de un camino predeterminado. ¿Dónde estaría el libre albedrío si lo que va a ocurrir viene determinado directamente por una ecuación? Nuestra capacidad de decidir sería una mera ilusión o un mero artificio asociado al hecho de que no disponemos de la información adecuada.
Frente a ello, la mecánica cuántica desafía ese determinismo riguroso, introduciendo incertidumbre a nivel elemental. Heisenberg asegura que nunca podremos conocer de forma precisa todas las variables necesarias para que la ecuación del Demonio de Laplace arrojase un resultado. Pero, aunque el azar cuántico quiebre la cadena causal, eso no nos da libertad; una elección fortuita no es libre desde la óptica ética, porque no implica la agencia consciente de la voluntad. El mismísimo Einstein, aun con sus dudas acerca del enfoque cuántico, afirmó: "El libre albedrío concierne a la consciencia, no a la física".
Es en este instante, la reflexión se vuelve sumamente fascinante, con la presentación de la retrocausalidad. Esta hipótesis, una interpretación arriesgada producto del esfuerzo por desenredar las paradojas cuánticas, postula que un suceso futuro podría impactar o incluso modelar una decisión que tomemos hoy. Podemos por lo tanto encontrarnos ante una situación donde los efectos preceden a las causas. Lo que consideramos desde el punto de vista clásico como una causa viene determinada por lo que ocurrirá en el futuro y que siempre consideramos como una consecuencia de dicha causa. Si mi decisión presente se vincula no solamente con mi ayer sino también con la repercusión que preveo o vivenciaré mañana, la idea misma de causalidad lineal se trastoca. La sensación de sopesar, en el instante crucial de elegir, esa creencia firme que damos comienzo a un nuevo curso causal, quizás resulte ser una intrincada ilusión, con el futuro manipulando sutilmente nuestro ahora.
Las repercusiones morales son vastas: ¿cómo podemos considerarnos forjadores de nuestros actos si su verdadera raíz podría residir, de manera confusa, en un evento que todavía no se ha manifestado? La responsabilidad se vuelve difusa cuando la causalidad se torna cíclica. ¿Cómo podemos ser responsables de una decisión que viene condicionada por algo que aún no ha ocurrido? Aquí radica el problema, ya que, en el ámbito de la ética práctica y la filosofía moral, el libre albedrío no se concibe como una suposición a comprobar mediante un estudio de laboratorio, sino como un requisito indispensable para la existencia moral. Al igual que lo sostenía Kant, el pensador clave de la ética del deber: "Debes, y, por tanto, puedes". La moral reclama que la acción sea producto de un razonamiento y una voluntad lúcidos, directamente ligados a la esencia del individuo, y esto colisiona frontalmente con el principio de retrocausalidad que hemos mencionado.
Nuestra Aug:. Or:., en su rol de institución moral, no solamente acepta el libre albedrío, sino que, además, lo establece como un fundamento crucial para el avance humano. La importante labor de la Masonería radica en el desbaste de la piedra bruta, una tarea ética que busca pulir los defectos y a cultivar las virtudes. Tal dedicación a la superación personal se vuelve, esencialmente, inviable si el masón carece de la libertad para escoger el sendero del deber frente al vicio, la inacción o incluso el error. Ni el determinismo ni la retrocausalidad casarían con ello, ya que en ambos casos esa libertad para escoger es puesta en duda. Para el masón, la libertad es algo inherente a la consciencia. Cicerón, en la antigüedad, decía con sabiduría: "Nuestra voluntad no seria libre si sus actos no dependieran de nosotros." Los principios masónicos de responsabilidad, lealtad y justicia se basan en la idea de que cualquier acción debe ser voluntaria. Se nos instruye que el Mal reside en potencia, y es el uso de nuestro libre albedrío lo que dictamina si este potencial se manifiesta o no. Optar por el camino correcto, actuar con entendimiento y siempre bajo el respeto a la Ley moral, constituye nuestro más importante acto de voluntad consciente.
De este modo, y a fin de cuentas, aunque la retrocausalidad nos obliga a contemplar humildemente los límites de nuestro entendimiento físico, de ninguna manera puede invalidar la genuinidad de nuestra vivencia ética. Funcionamos en un espacio donde la autonomía de conciencia y la responsabilidad individual son inevitables. El vínculo masónico con la virtud y la persecución de la Verdad constituye, por sí mismo una enfática declaración del libre albedrío práctico. Nuestra tarea reside en emplear esa libertad con discernimiento y probidad para construir el Templo de nuestra superación personal, oponiéndonos a cualquier influjo que aspire a convertir nuestra voluntad en una simple anotación a un argumento cósmico, sin importar si este emana del pretérito o del porvenir. Como arquitectos sensatos, tenemos la certeza de que somos los artífices de nuestro propio destino y es precisamente en esa elección consciente y responsable donde reside la Verdadera Luz. Y si tras toda esta discusión se preguntaran si somos libres, podríamos responder con la convicción de un cuántico: nuestra voluntad se comporta como una onda, hasta que la observamos, colapsando en un corpúsculo de acción.
Robespierre, M:.M:.
