lunes, 29 de junio de 2026

Las Artes Liberales y la Escolastica como matrices de la pedagogía masónica

 

"La sabiduría edificó su casa, labró sus siete columnas" Proverbios 9:1 Alberto Magno (santificado), maestro de Tomás de Aquino (también santificado), identificó estas columnas bíblicas con las Siete Artes Liberales.

Las Artes Liberales no eran un simple plan de estudios sino todo un proceso de auto-perfeccionamiento del ser humano.

Se dividía en dos etapas, el Trivium y el Quadrivium.

La primera etapa, el Trivium constituía el arte del lenguaje y del pensamiento organizado puesto que como todos somos conocedores: "En arché en ho logos..." transliterado directamente del koiné del Evangelio de Juan 1:1, es decir, "En el principio era el Verbo..." 

Esta etapa está compuesta por la gramática, que representa el acopio de los materiales necesarios para construir nuestro templo interior, es decir, las reglas y estructura de la lengua, disciplina sobre la cual el intelecto puede empezar a operar.

La lógica, que asi como la escuadra, comprueba la rectitud y el rigor de nuestras ideas a través del examen de la validez argumental y el discernimiento de lo falaz y lo verdadero. Por último, la retórica, el instrumento por el cual podemos transmitir las verdades con claridad, elocuencia y fuerza persuasiva.

Una vez pulidas las herramientas por las cuales manifestamos nuestra verdad, el estudiante ascendía al Quadrivium, que le permitía acceder, entender y contemplar la metafísica de la armonía universal.

Se compone, como su nombre sugiere, de cuatro disciplinas que estudian las leyes que rigen nuestro Universo, la Aritmética que aborda el número en su estado más puro y estático (así como abstracto), la Geometría, que no es otra cosa que el número en el espacio. La Música, que corresponde al número en relación o proporción, revelando la armonía del cosmos como guío Pitágoras. Y por último, la Astronomía, que es el número en el espacio-tiempo, observando las magnitudes y movimientos de los cuerpos celestes.

En este campo es donde en 1551 (100 años antes que Newton), un teólogo y "físico" salmantino, Domingo de Soto, fue el primero es postular la aceleración uniforme de un cuerpo en caída libre debida a la atracción de la masa terrestre, influyendo en el trabajo de grandes mentes de nuestra historia como Galileo y Jehovah Sanctus Unus.

La escolástica aprovechó los cimientos de las Artes Liberales y lo elevo a un proto método científico de investigación universal, donde, por convicción de que la Verdad es objetiva, intelegible y armónica, a partir de la filosofía aristotélica intentaron construir puentes que reconciliasen las verdades de la fe y las verdades de la razón, sin contradicciones.

El método didáctico escolástico se estructura en tres fases fundamentales que emulan el proceso de cognición humana. 

El Lectio, la primera fase, la base de la enseñanza escolástica. Una lectura comentada a cargo del maestro (o el Vigilante como en nuestra Orden) sobre auctoritas como la Biblia, Sentencias de Pedro Lombardo o las obras de Aristóteles. El objetivo? Precisión en las palabras para desvelar verdades ontológicas en ellas contenidas. Questio, la cuestión, del análisis de los auctoritas surgían ciertas contradicciones aparentes. Esta fase, trata de aislar estos problemas lógicos para analizarlos de manera individual en un vehículo de búsqueda racional y por último el Disputatio, es el ejercicio por antonomasia de la escolástica. Esta fase de trataba de un seminario de debate público protocolarizado donde el maestro finalmente realizaba la determinatio.

En España tenemos el caso de la Escuela de Salamanca como ejemplo de tradición escolástica, algo tardía, para variar, datada en el siglo XVI y XVII. Este renacer intelectual fue iniciado por el dominico Francisco de Vitoria y formularon la Teoría Subjetiva del Valor, explicando que el valor de un bien depende exclusivamente de la estimación humana, de la utilidad percibida y de la escasez relativa en el mercado. De este modo, el "justo precio" dejó de ser un valor metafísico determinado por regulaciones estatales para definirse como el precio establecido de forma natural por la libre concurrencia de compradores y vendedores en el mercado abierto.

También desarrollaron la teoría de la Preferencia Temporal y la Usura, sentando, junto con la Teoría Subjetiva del Valor, las bases del capitalismo moderno y de las teorías austríacas.

En cuestiones éticas, el gran aporte de Francisco de Vitoria, fundador de la escuela, consistió en aplicar la doctrina de la ley natural (lex naturalis) para defender la dignidad de las poblaciones indígenas americanas frente a los abusos coloniales. En su célebre obra “De Indis”, Vitoria defendió que: Los indígenas poseían pleno dominio público y privado sobre sus tierras y bienes antes de la llegada de los españoles, al ser criaturas racionales poseedoras de intelecto. La soberanía y la propiedad de los bienes raíces no dependen de la fe ni de la gracia divina, sino del derecho natural; por tanto, el hecho de que fuesen infieles o pecadores no justificaba su despojo ni su sumisión forzosa. Vitoria rechazó categóricamente la potestad temporal del Papa sobre la tierra entera, los títulos imperiales de Carlos V para ocupar esos territorios sin consentimiento, y las guerras justificadas bajo el pretexto de la conversión religiosa. Este análisis universalizó el concepto de los derechos humanos intrínsecos de todos los pueblos del mundo, independientemente de su fuerza, religión o nivel de desarrollo, asentando los principios de la igualdad soberana y la libre determinación. A partir de esta fundamentación, Francisco Suárez dividió el concepto del derecho de gentes, distinguiendo con precisión el ius inter gentes (el derecho internacional positivo que regula de manera consensuada las relaciones comerciales y diplomáticas entre repúblicas soberanas) del ius intra gentes (el derecho civil particular de cada comunidad). Suárez definió formalmente la ley como un precepto común, justo, estable y suficientemente promulgado.

Además, Suárez sostuvo una posición integradora al afirmar que la ley civil no depende del derecho divino directo, sino del consentimiento del pueblo, sentando las bases contractuales de la soberanía popular y oponiéndose a la teoría del derecho divino de los reyes.

Estas pedagogías tienen un reflejo directo en la dinámica interna de esta nuestra Orden. Como las Artes Liberales, el proceso pedagógico es gradual, donde el acceso a un nuevo grado simboliza la adquisición de nuevas facultades intelectuales y compromisos sociales. Como la escolástica, las logias funcionan como espacios de instrucción ritualizados donde se presentan planchas y trazados y al igual que en la _disputatio_, en la logia el debate está regulado para que la razón prevalezca sobre la pasión, buscando una síntesis armoniosa de la verdad.

Y como la Escuela de Salamanca, el concepto de Ley Natural universal (ius gentium), que postula que todos los seres humanos comparten una misma dignidad por el simple hecho de estar dotados de razón.

Lahomus, C:.M:.

sábado, 27 de junio de 2026

Primeiro entre Iguais

O termo primus inter pares, “o primeiro entre iguais”, expresa unha idea de liderado profundamente acorde cos principios que sustentan a nosa Orde. Non designa a quen se sitúa por riba dos demais, senón a quen é recoñecido polos seus iguais para exercer unha función de servizo, responsabilidade e guía, sen quebrar a igualdade esencial que nos une.

Esta concepción non é allea á historia. Xa na Antigüidade clásica atopamos un reflexo claro dela na Esparta atribuída a Licurgo. A súa organización política baseábase no equilibrio de poderes: os cidadáns de pleno dereito, os homoioi, “os iguais”, compartían dereitos e deberes, e mesmo os reis, organizados nun sistema de diarquía, estaban sometidos ao control dos éforos e da Xerusía. Ningún poder era absoluto. Os reis eran líderes, pero líderes entre iguais.

Co paso do tempo, este equilibrio foise erosionando. Platón advertía na súa República que a timocracia constituía o primeiro grao de corrupción do Estado ideal, mentres que Aristóteles, na Ética a Nicómaco, consideraba esa mesma forma de goberno como lexítima na práctica. Esta tensión entre igualdade e poder acompaña á humanidade desde os seus primeiros sistemas políticos.

Na República Romana atopamos de novo esta idea. Aínda que todos os senadores eran formalmente iguais, figuras como Caio Mario, Sila, Pompeio ou Caio Xulio César exerceron un liderado destacado como primi inter pares. César, senador entre senadores, acabou concentrando tal poder que marcou o final da República e abriu o camiño ao Imperio.

Co Principado instaurado por Octavio, o emperador presentouse inicialmente como primus inter pares respecto do Senado, conservando unha aparencia de colexialidade. Mais co paso do tempo esta ficción desapareceu, e o poder concentrouse nunha soa figura.

Tamén na esfera relixiosa atopamos este concepto. Nos primeiros séculos do cristianismo, o bispo de Roma era considerado o primeiro entre os bispos, non un superior absoluto. A pesar da posterior centralización do poder papal, a noción de colexialidade permaneceu como principio teolóxico e simbólico.

Na Idade Media, o primus inter pares maniféstase con especial claridade na monarquía feudal. Sirva de exemplo o xuramento dos Trastámara, que di literalmente:

“Nos, que somos e valemos tanto como vos, pero xuntos máis que vos, os facemos Principal, Rei e Señor entre os iguais, con tal que gardedes os nosos foros e liberdades; e se non, non”.

Aquí o rei é recoñecido como líder, pero a súa autoridade está condicionada ao respecto dos dereitos colectivos. Esta idea, articulada nas Cortes peninsulares —que xa en 1188 incluían representantes das cidades— anticipa principios fundamentais do constitucionalismo moderno.

Rousseau recollerá esta tradición no seu Contrato social, ao afirmar que a autoridade só é lexítima se nace do acordo entre cidadáns libres e iguais. O gobernante non é superior ao corpo social: é parte del, aínda que exerza unha función destacada.

Queridos Irmáns,

Na masonería, este principio adquire unha dimensión especialmente profunda. O Venerable Mestre preside a Loxa, mais non como autoridade absoluta, senón como primus inter pares. É un mestre entre mestres, chamado a guiar, ordenar e servir, sempre dentro dun marco de igualdade, colexialidade e consenso.

A simboloxía do Rito Escocés Antigo e Aceptado exprésao con claridade cando o Trono de Salomón descende ata a mesma altura que os escanos dos mestres: recordándonos que quen ocupa o Oriente non deixa de formar parte do pobo masónico. O seu liderado non se impón, concédese; non domina, orienta; non se exerce para si, senón para a Loxa.

O primus inter pares non é, pois, unha fórmula de poder, senón unha ética do liderado. Un recordatorio constante de que a autoridade verdadeira nace da igualdade, da confianza e do servizo.

E para rematar, non esquezamos a advertencia que George Orwell nos deixou en Rebelión na granxa:

“Todos os animais son iguais, pero algúns son máis iguais ca outros”.

Que esta advertencia nos acompañe sempre como vixilancia interior, para que nunca confundamos a función co privilexio, nin o liderado coa supremacía.

Robespierre,M:.M:.

Post Scriptum: Se alguén pensa que as nosas Democracias, realmente son Timocracias, engánase. Desgraciadamente en España vivimos nunha Cleptocracia


martes, 23 de junio de 2026

Tace et Labora

Continuando mi anterior trazado sobre los orígenes de Phi y su relación con nuestra fraternidad, hoy vuelvo sobre mis pasos: dos siglos y medio antes de la definición de la media y extrema razón, hasta la fundación de la escuela pitagórica, para hablaros del sonido del silencio.

Tras su regreso a Grecia, Pitágoras creó su famosa escuela en Crotona, que en apenas dos décadas se transformó en uno de los mayores centros de poder político de la Magna Grecia. Y de la misma forma en la que podemos observar paralelismos innegables entre el descenso de Inanna al inframundo y nuestro rito de iniciación, también los hay entre la organización interna de la escuela pitagórica y nuestra fraternidad.

Pitágoras mantuvo una activa y productiva vida pública, dando clases magistrales de ética y otros temas al pueblo llano. Pero también atesoraba un conocimiento místico de gran poder, al que solo debían acceder quienes poseyeran el carácter y la madurez necesarios para no hacer un mal uso de él. Por este motivo, la enseñanza esotérica estaba reservada a los que superaban las pruebas iniciáticas y un exigente período de preparación.

Llegado cierto momento, Pitágoras dejó de ser un individuo para transformarse en el método, el referente y el artífice de todo el conocimiento de la escuela. Este mismo Pitágoras examinaba “personalmente” a cada candidato o candidata. Para su evaluación tenía en cuenta el comportamiento con los padres y mayores (que fuese persona de buenas costumbres), así como su reacción ante el rechazo, la burla y la frustración (que no fuese esclavo de sus impulsos) y, sobre todo, si era capaz de guardar silencio.

Si el candidato o la candidata superaba las pruebas, pasaba a ser un acusmático. Estos participaban como oyentes: no veían al maestro y no tenían permitido hablar, debatir ni hacer preguntas. Este grado duraba entre tres y cinco años, tiempo en el cual el iniciado debía desprenderse de su ego y aprender a escuchar. Por otra parte, también se le exigía un silencio de cara al mundo exterior: la revelación de las enseñanzas o ritos a personas externas a la escuela sería castigada con la expulsión y la muerte simbólica del infractor.

Un aprendiz de masón desempeña en la logia un papel similar al de los acusmáticos: callar, escuchar y aprender. Pero hay diferencias esenciales: los aprendices masones no callamos para destruir nuestra personalidad en favor de un dogma, sino para poder escuchar, entender y evaluar, desprendiéndonos de nuestros prejuicios y falsas certezas profanas para edificar nuestro templo interior.

En el mundo profano vivimos sometidos a lo que Pablo Malo denomina la dictadura de la virtud, que transforma la moral en una herramienta de control tribal que nos obliga a tomar posiciones de forma inmediata y visceral en contra de aquellos que tienen ideas distintas a las nuestras, so pena de ser considerados parias dentro de nuestro propio grupo identitario.

El silencio del aprendiz es, en contraposición, un regalo: una herramienta que nos da la oportunidad de reflexionar, informarnos y construir con libertad y rigor nuestro propio pensamiento en un ambiente seguro, entre hermanos que han aprendido a no dejarse llevar por sus primeras impresiones o ideas preconcebidas, tal y como nosotros, queridos hermanos aprendices, estamos haciendo.

Kroptkin, A:.M:.

miércoles, 17 de junio de 2026

Ad Veritatem

 


Vivimos un momento raro. Uno en el que decir la verdad se ha vuelto, casi sin darnos cuenta, algo valiente.

Si volvemos a lo básico, a lo que Aristóteles ya entendía hace siglos, la verdad no es nada complicado: es reconocer las cosas tal como son. Lo que existe, existe. Lo que no existe, no existe. Simple de decir, pero para algunos, cada vez más difícil de entender.

Y, aun así, lo confundimos todo el tiempo. Tomamos una opinión, de cualquier cosa, aunque no la conozcamos, y la tratamos como si fuera un hecho. El problema no es tener opiniones; todos las tenemos. El problema es creer que, porque la defendemos con fuerza, se convierte en verdad. No funciona así.

Por suerte, los seres humanos creamos algo muy útil para separar lo que imaginamos de lo que realmente pasa: la ciencia. No sirve para darnos respuestas definitivas grabadas en piedra, sino para algo mejor: para equivocarse y corregirse. Para llegar con pruebas y decir, sin rodeos, que algo que todos creíamos cierto estaba mal. Esa capacidad de reconocer el error es, quizás, lo más valioso que tiene.

Pero es en la vida social donde la mentira es un arma muy peligrosa.

El problema no es que la gente se equivoque. El problema es cuando los relatos se tuercen a propósito. Cuando ciertos grupos políticos, religiosos e ideológicos, que anteponen sus intereses a la verdad, cogen lo que los datos ya han desmentido y lo venden como cierto. Lo vemos cada día, en redes y en medios: el discurso ya no parte de los hechos, parte de lo que les conviene. Se construye para ganar seguidores, influencia o poder.

Hemos entrado de lleno en la era de la posverdad: ese lugar donde una mentira cómoda llega más lejos que un dato incómodo.

Sería bonito pensar que esto tiene solución fácil, pero no es así. Esta manipulación no va a desaparecer. Las mentiras interesadas van a seguir ahí, compitiendo por nuestra atención, intentando evitar que avance la sociedad. Aprender a vivir con eso sin dejarse engañar es parte del desafío.

Por eso, la tarea no es esperar que el mundo deje de mentir. Es aprender a ver mejor. Hannah Arendt, una filósofa que vivió de cerca el poder de la propaganda, lo dijo con una claridad que da que pensar:
El resultado de reemplazar la verdad por la mentira de forma constante no es que la mentira se acepte como verdad, sino que perdemos la capacidad de orientarnos en la realidad.
No podemos dejar que eso pase. Frente al discurso vacío, los datos. Frente a la manipulación, los hechos. Hechos frente al rédito de la ilusión.

¿Cómo podemos seguir pensando con claridad y mantenernos pegados a la realidad en un mundo donde las mentiras suelen ser más cómodas y convincentes que la verdad?

Podemos aprender de cómo lo hicieron las sáficas que, en la década de los 80, no se dejaron vencer por las mentiras ni por los prejuicios, y fueron un báculo de luz para muchos, cuando la oscuridad reinaba en gran parte del mundo.

Nicté, M:.M:.

martes, 16 de junio de 2026

Cuando comenzó la búsqueda

El hermano aprendiz que ahora os habla, quiere transmitiros de forma sincera el sentimiento de honra que supone dirigirse a ustedes por primera vez. Al mismo tiempo, os solicito cierta indulgencia y laxitud para juzgar los primeros pasos y palabras que, aunque llenos de ilusión y expectativas, no pueden ocultar la falta de experiencia y el desconocimiento sobre el la profunda y compleja tradición ideológica y simbólica que guarda, como un tesoro, esta noble orden. Sobre estos primeros pasos, esta transición de la sombra a la luz es sobre lo que van a tratar estas líneas. 

Como otros que me precedieron, fui llevado en primer lugar a un enclave indefinido donde tuve que esperar, con muchas interrogantes y pocas respuestas. En este interludio que como toda espera se torna largo y desafía nuestra paciencia, la conciencia tiende a preguntarse qué te deparará este camino que comienza a distinguirse, qué pasos a lo largo de tu vida te llevaron hasta ese instante, en qué momento de tu vida fuiste consciente de que querías buscar el camino que te lleva al Templo…  hasta que, alguien con voz firme pero amigable, te reclama.

De forma súbita, te ves introducido en el ritual hacia la Cámara de Reflexión, privado ya de la vista, obligado a confiar en las instrucciones de unas voces desconocidas pero reconfortantes mientras sorteas un camino que parece lleno de obstáculos. De la misma manera te muestra el camino la Hermandad, no te oculta las dificultades del viaje, pero te brinda guías firmes en los que poder apoyarte, por lo tanto, la tarea del aprendiz durante sus primeras etapas será igual que en su iniciación, tarea más de escuchar que de hablar, dejarse guiar para que nuestra propia voz a veces no ahogue las indicaciones que nos permiten distinguir el camino 

La penumbra de la Cámara de Reflexión frente al testamento espiritual te devuelve a la transcendencia del momento. Cuando tienes que plasmar los pensamientos por escrito frente a una calavera a la luz de las velas, eres consciente de las pocas veces has reflexionado seriamente sobre la finitud de la vida, y el reloj de arena te obliga a especular acerca de cómo hemos aprovechado nuestro tiempo, hasta dónde hemos llegado en lo que somos y hasta dónde podríamos ser.

Como en el mito de la caverna de Platón, comenzamos el ascenso que nos liberará de las sombras a través de un viaje iniciático antes de nuestra iluminación. En las mismas puertas del Templo y aún con los ojos vendados, asisto a la llamada y al intercambio de consignas con los hermanos del interior. En ese momento, escuchando la rica diversidad de acentos que conformaban el coro, fui consciente de que se trataba del lugar apropiado en el que quería estar. A partir de ese momento, tras pasar los cuatro elementos y el juramento liberador, la luz se hace de nuevo, pero el prisma ha cambiado por completo. En la transición de lo profano al Templo, al igual que en el mito de la caverna dialogan Sócrates y Glaucón el mundo profano ya no será interpretado de la misma manera "Extraños prisioneros constituyen, y extraña es su habitación. Mas se parecen a nosotros" Así deberemos ver a partir de ahora el mundo y los valores que dejamos atrás: sombras proyectadas por el fuego sobre la pared de la caverna. 

En esta nueva perspectiva, el aprendiz no es sino aquel que mira por primera vez a la nueva realidad de las cosas y cegado en ocasiones por la claridad que lo deslumbra, tenderá a apartar la mirada de la verdadera esencia del mundo para volverla hacia la caverna y sus sombras, al que sus ojos están tan habituados a dar sentido. Es por ello, que siempre encontraremos el apoyo firme de un hermano que haya recorrido antes que nosotros ese camino iniciático y nos ayudará a encontrar nuestra propia vereda, y con ello a tallar nuestra propia piedra. Aunque me gusta pensar que en el grado de aprendiz aún existen resquicios más allá de la escucha y aprendizaje, en las que tendremos ocasiones de aportar nuestra valía. Como dijo Gandalf el Gris en otro lugar, pero en un momento igualmente convulso, “A menudo el valor del mundo está en manos de los débiles, cuando los sabios vacilan”. 

En conclusión, ¿cuándo comienza realmente la iniciación al camino que lleva al templo? ¿Lo hace en la Cámara de Reflexión mientras despides por escrito a tu anterior código profano, o en la tensa espera que precede al rito iniciático? ¿Fue en la ocasión en la que por vez primera conociste a Hermanos que te transmitieron su valía y dedicación? Quizá fue mucho antes, de manera inconsciente, iniciaste ese viaje la primera vez que presenciaste una injusticia y fuiste consciente de que los valores del Mundo no pueden estar sometidos a la irracionalidad, a la imposición o la negación de Derechos entre semejantes. Ahí comenzó la búsqueda de un lugar en el que la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad se convertirían en las directrices para moldear tu bloque bruto, y con tiempo y esfuerzo, desarrollar en él su versión más provechosa para el mundo que nos ha tocado vivir.

Nearco, A:.M:.

lunes, 15 de junio de 2026

O Dereito a Existir

Presento esta Plancha como Aprendiz da Respectable Loxa Simbólica Curros Enríquez de Ourense, integrada na Gran Loxa Española. Fágoo desde a humildade propia do meu grao, aínda coa miña Pedra Bruta diante, consciente de que a primeira tarefa do Aprendiz é aprender a mirar, a calar, a escoitar e a desbastar aquilo que nel mesmo aínda se opón á Verdadeira Luz.

A reflexión nace dunha lectura: Calle Este-Oeste, de Philippe Sands. Pero non traio aquí unha recensión literaria nin un traballo universitario. Traio unha pregunta de Xustiza: cal é a diferenza entre crimes contra a humanidade e xenocidio? E, sobre todo, que nos di esa diferenza sobre a maneira na que unha sociedade debe protexer a vida, a dignidade e tamén a existencia mesma das comunidades humanas?

Resulta evidente que, máis de setenta anos despois da Convención da ONU para a Prevención e Sanción do Delito de Xenocidio de 1948, o debate de fondo con respecto á tipificación deste tipo de crimes continúa vixente. Pois é un debate que transcende sen dúbida a perspectiva xurídica e entronca con aquela filosófica e sociolóxica que ten que ver coa maneira na que enfrontamos a nosa mirada ao mundo. Un debate case tan antigo como a existencia do dereito e que se atopa na base conceptual do que entendemos por sociedade, por comunidade e por grupo social. En definitiva, coa conformación de identidades colectivas e cos innumerables conflitos existentes ao longo da historia entre todas elas.

Rafael Lemkin xa avanzara a comezos dos anos trinta no estudo académico do que anos máis tarde tipificaría como xenocidio —síntese da palabra grega genos, que significa raza ou tribo, e do latín cidere, que significa matar—, que tivo como primeiro nome o de barbarie. Con ese termo, o xurista polaco conceptualizou inicialmente a destrución física de individuos debido á pertenza destes a grupos nacionais concretos. Falaba de actos de exterminio contra comunidades de carácter étnico, relixioso ou social, fose cal fose o motivo; e poñía, desta forma, a existencia da colectividade no centro do ben xurídico susceptible de ser protexido mediante o dereito penal internacional.

Esta primeira aproximación completaríase e veríase influenciada pola existencia dos Tratados de Protección de Minorías, que supoñen o principal antecedente político supranacional da idea de xenocidio. Foi en 1944 cando Lemkin reconfigurou a súa proposta inicial entendendo que as accións punibles se dirixían contra os individuos, non como individuos, senón como membros dun grupo.

A pesar dos inconmensurables esforzos de Lemkin, na sentenza de outubro de 1946 triunfou a tipificación de crimes de lesa humanidade, aínda que só dous meses despois a ONU estableceu o xenocidio como a negación do dereito de existencia de grupos humanos enteiros, sinalando na súa resolución o dano que este delito causa na humanidade: unha gran perda no aspecto cultural e noutras contribucións representadas por estes grupos humanos.

Sería complexo determinar se existe unha diferenza na gravidade dos delitos de xenocidio e de crimes contra a humanidade, pois unha descrición formal dos mesmos, mesmo comprendendo nela a variación na intencionalidade, indícanos que en ambos os dous casos se vulnera o dereito á vida dun número significativo de individuos. Aínda que, se nos atemos á idea de que a gravidade do crime debe corresponderse coa cuantificación do dano xerado, acertaba a Asemblea Xeral da ONU na súa resolución de 1946 ao apuntar que o feito de que o obxectivo do xenocidio sexa exterminar un grupo humano xera un dano engadido no conxunto da humanidade.

Esa humanidade, mesmo nunha sociedade globalizada e mesmo desde unha perspectiva liberal, conforma en si mesma unha comunidade de individuos. A eliminación dun grupo humano priva ao conxunto da humanidade das súas contribucións ao desenvolvemento común: a súa cultura, a súa produción artística, intelectual, moral, relixiosa ou, en definitiva, a riqueza xerada pola convivencia dunha idiosincrasia que, mediante os intercambios coas doutros grupos, moldea o devir da historia.

Desde o punto de vista da teoría da protección de bens xurídicos como finalidade do dereito penal, sería intuitivo determinar que o ben xurídico último a protexer se atopa na vida do individuo, como eixo central e último arredor do que se constrúen as sociedades mediante contrato social. O penalista Claus Roxin chama bens xurídicos a todos os obxectos que son lexitimamente protexibles polas normas e entendidos como entidades reais: a vida, a integridade física ou o poder de disposición sobre valores materiais. En definitiva, esta conceptualización refírese a realidades ou fins que son necesarios para unha vida social libre e segura que garanta os dereitos humanos e fundamentais do individuo.

Trátase, polo tanto, dunha concepción claramente persoal do ben xurídico. Pero apunta tamén Roxin, e isto é relevante para esta reflexión, que tal concepto xurídico non debe limitarse a bens xurídicos individuais, senón que inclúe bens xurídicos da comunidade, engadindo que estes só son lexítimos cando en última instancia serven ao cidadán individual.

Neste contexto, a existencia mesma dunha comunidade de valores ou características compartidas —calesquera que estas sexan— que xeran unha identidade nacional, cultural ou social, non só determina e conforma o modo de vida dos individuos pertencentes á mesma, senón que constitúe o sustento social e relacional arredor do cal o individuo pode relacionarse cos seus semellantes.

Atentando, polo tanto, contra a vida dun grupo de individuos co obxectivo de eliminar a súa comunidade, prodúcese non só un dano contra a humanidade no seu conxunto, en canto se lle priva das contribucións desa comunidade, senón tamén contra o propio individuo, en canto se lle priva da posibilidade do libre desenvolvemento da súa personalidade, da súa liberdade de conciencia ou de culto. É aquí onde converxen unha visión persoal da protección de bens xurídicos coa lexitimación teórica, desde unha perspectiva xurídico-filosófica, do delito de xenocidio, diferenciándoo daquel que, acabando coa vida dun número significativo de persoas mediante un plan predeterminado, non busca no seu fin teleolóxico eliminar a existencia última dun grupo social.

Non deixa de ser esta unha perspectiva claramente estruturalista en canto disolución do suxeito nas estruturas das que forma parte; unha visión, na humilde opinión de quen escribe, necesaria nun contexto globalizador que conleva a irreparable homoxeneización cultural e que desdebuxa os límites das identidades nacionais e culturais. Non se trata da impugnación do individuo como eixo central das estruturas sociais, pois o é; senón da atribución de significancia política e xurídica á comunidade como eixo da existencia das sociedades.

David Held, no seu ensaio A cultura nacional, a globalización das comunicacións e a comunidade política vinculante, baseándose na evidencia de que non hai un conxunto de recordos comúns e globais, así como unha historia universal por medio da cal a xente se poida sentir identificada, formula unha alternativa cosmopolita como modo de interconexión das comunidades políticas en diversos dominios. Así mesmo, rexeita que a idea dun cosmopolitismo cultural estea enfrontada coa diversidade das culturas nacionais, afirmando que non nega a diferenza nin a perdurabilidade da tradición nacional.

E a conformación do dereito internacional debe camiñar tamén cara a ese obxectivo de protección das culturas nacionais e dos grupos sociais, pois só nese camiño se xerará unha conciencia colectiva de respecto internacional e se contribuirá á eliminación de incentivos para a conformación de ideas políticas de superioridade moral, cultural ou étnica; sustento e abono de todos os procesos de persecución e dominio sobre grupos sociais e minorías que ao longo da historia recente remataron en xenocidio.

Chegado aquí, Venerable Mestre, a pregunta xurídica volve facerse simbólica. Porque a Xustiza, entendida masónicamente, non pode reducirse ao castigo nin á aplicación fría da norma. A Xustiza reclama medida, equidade, recoñecemento e protección. A Escuadra lembra a rectitude. O Nivel lembra a igualdade esencial. A Perpendicular lembra a necesidade de elevarse sen perder a verticalidade moral. E o Mandil branco do Aprendiz lembra que todo traballo exterior debe comezar pola limpeza e pola disciplina interior.

Tamén os tres puntos, que empregamos para abreviar o noso idioma simbólico, poden lerse aquí como advertencia. Pasado, presente e futuro. Aprendiz, Compañeiro e Mestre. Sabedoría, Forza e Beleza. Liberdade, Igualdade e Fraternidade. O xenocidio destrúe precisamente esas pontes: nega o pasado dun pobo, extermina o seu presente e impide o seu futuro. Por iso non ataca só corpos. Ataca tamén a memoria, a palabra, a transmisión e a posibilidade de que unha comunidade siga contribuíndo á humanidade común.

Como Aprendiz, entendo que traballar a miña Pedra Bruta non pode ser un exercicio illado do mundo. A aprendizaxe do silencio non é indiferenza. A procura da Luz non é evasión. E a Fraternidade non pode limitarse ao afecto entre iguais, senón que debe abrirse como principio de recoñecemento do outro, tamén cando ese outro pertence a unha comunidade perseguida, negada ou ameazada.

En resumo, a lectura da obra de Sands permite reflexionar acerca de cal debe ser a finalidade da existencia do dereito penal internacional e, neste sentido, concluír que deben convivir —pois son complementarias e ambas necesarias— unha visión de protección dos dereitos humanos do individuo coa irrenunciable protección das comunidades que, polas súas características socializadoras intrínsecas, dan sentido á propia vida do individuo.

Non se trata de trasladar o carácter persoalísimo do ben xurídico lexitimamente protexido ao colectivo, senón de entender a existencia do colectivo como eixo que dota de personalidade ao individuo e de comprender, polo tanto, as comunidades e grupos sociais, en tanto que constituíntes do proceso de desenvolvemento das persoas, como ben xurídico en si mesmo, cuxo ataque ou destrución produce danos irreparables para o conxunto da humanidade.

Se a masonería simbólica nos ensina a construír, esta reflexión lévame a comprender que a maior inxustiza é aquela que pretende impedir que outros sigan construíndo. E se o Aprendiz aspira algún día a ser Compañeiro, talvez deba demostrar primeiro que entende isto: que a Xustiza non é só dar a cada un o seu, senón protexer as condicións que permiten a cada ser humano, e a cada comunidade humana, existir con dignidade, memoria e liberdade.

domingo, 14 de junio de 2026

Cuatro libertades, un solo destino: humanidad

 

En el año 1941 del siglo XX d. N. E., el presidente Roosevelt depositaba la esperanza de la sociedad estadounidense en la construcción de un mundo sustentado sobre cuatro libertades fundamentales que, lamentablemente, hoy parecen haberse convertido en un espejismo. Estas eran la Libertad de Expresión, la Libertad de Culto, la libertad de vivir libres de miedo y la libertad de vivir libres de pobreza. 

Cuando pronunció aquel discurso, Europa y Estados Unidos se encontraban inmersos en una brutal guerra mundial que cuestionaba los principios más esenciales de la existencia humana. En aquellos momentos resultaba plausible imaginar un escenario en el que un modelo político e ideológico basado en una deformación de los planteamientos filosóficos de Friedrich Nietzsche pudiera expandirse más allá de las fronteras de Alemania. Bajo la apariencia de un supuesto humanismo evolutivo, se promovía la idea de una raza de superhombres destinada a imponerse sobre el resto de la humanidad.

Hoy, ante los ojos atónitos de buena parte de la población, asistimos a un espectáculo igualmente inquietante que, aunque revestido de nuevos nombres y discursos, persigue en el fondo objetivos semejantes: la criminalización de determinados grupos humanos. El error fundamental radica en aceptar la premisa misma de la existencia de razas diferenciadas dentro de la especie humana para establecer categorías morales entre unas consideradas superiores y otras presentadas como una amenaza para una supuesta pureza colectiva.

Cuando determinadas formaciones partidistas apelan a la denominada «prioridad nacional», lo que realmente pretenden es imponer esa forma de entender la realidad. Se trata de una formulación torticera cuyo único propósito consiste en generar agravios donde no deberían existir, alimentando la percepción de una competencia artificial entre colectivos que comparten los mismos espacios sociales. Al mismo tiempo, se silencian deliberadamente aquellos factores que contribuyen a la cohesión y vertebración de una sociedad, como la aportación de esos nuevos compatriotas —posean o no la nacionalidad— al sostenimiento de sistemas públicos esenciales, entre ellos las pensiones o la sanidad.

La fuente inspiradora del nazismo alemán fue una obra de cuyo nombre no quiero ni debo acordarme. Sin embargo, más allá de su título, lo verdaderamente relevante es comprender el efecto que produjo sobre amplios sectores de la sociedad: la generación de un odio profundo hacia quienes eran percibidos como diferentes, ya fuera por sus ideas, sus creencias o su condición social. Aquella narrativa no se sustentaba sobre reivindicaciones legítimas ni sobre soluciones reales a los problemas existentes. Su estrategia consistía, sencillamente, en señalar a determinados grupos como responsables de todos los males colectivos, convirtiéndolos en receptáculos de las frustraciones derivadas de circunstancias especialmente adversas.

Por desgracia, los mecanismos que hicieron posible aquel fenómeno vuelven a reproducirse en nuestros días. Cuando escuchamos a dirigentes de fuerzas partidistas de extrema derecha afirmar que «compatriotas tienen que ver como la peluquería de toda la vida ahora está rotulada en árabe», que «no son inmigrantes, son invasores» o cuando aparece en un cartel electoral el mensaje «Un MENA [acrónimo despectivo de estos niños migrantes] 4.700 euros al mes. Tu abuela 426 euros de pensión al mes. Protege Madrid», cabe preguntarse cuál es la finalidad de tales declaraciones.

La respuesta resulta evidente: fomentar el odio, dirigir las frustraciones de unas personas hacia otras que se encuentran en una situación de vulnerabilidad semejante y alimentar un clima propicio para la violencia, tanto verbal como física. No se trata de ofrecer soluciones, sino de construir enemigos.

Frente a esta deriva, resulta imprescindible una respuesta social basada en el civismo y en la defensa de aquellos valores humanistas que constituyen el fundamento de nuestra convivencia. Debemos impedir que dichos principios se diluyan hasta el punto de repetir algunos de los episodios más oscuros de la historia. La experiencia demuestra que las atrocidades cometidas en nombre de una determinada fe, de una ideología excluyente o de una causa partidista rara vez conducen a desenlaces dignos para la humanidad.

Ha llegado también el momento de comprometernos activamente con la defensa de los Derechos Humanos y de posicionarnos sin ambigüedades del lado de la civilización frente a la barbarie. Como decía la canción de Diego Torres, es necesario:  “Saber que se puede, querer que se pueda, quitarse los miedos, sacarlos afuera, pintarse la cara color esperanza, tentar al futuro con el corazón (…)

Perogatt, M:.M:.


sábado, 13 de junio de 2026

Las herramientas del Aprendiz y el mandil como símbolos de trabajo interior

Cuando un hombre cruza por primera vez el umbral de la Logia, no entra únicamente a un recinto ritual, sino a un espacio de transformación. Allí se le entrega un conjunto de herramientas que, aunque en apariencia sencillas, contienen una enseñanza profunda, ya no se trata de tallar piedra en sentido material, sino de trabajar sobre uno mismo. Las herramientas del Aprendiz nos recuerdan que la Masonería no es solo estudio de símbolos, sino una disciplina viva, una escuela de perfeccionamiento moral y espiritual. El mandil, por su parte, acompaña esta enseñanza como emblema de pureza, trabajo y pertenencia a la tradición de los antiguos constructores. Las fuentes masónicas modernas suelen explicar que el mandil deriva del usado por los masones o albañiles operativos y que, en la Masonería especulativa, pasó a representar la labor moral del iniciado.

En el grado de Aprendiz, las herramientas principales suelen entenderse como el mazo, el cincel y la regla de 24 pulgadas. Su valor no reside solamente en lo que fueron para el cantero operativo, sino en lo que enseñan al hombre que busca mejorarse cada día. La tradición masónica moderna presenta la regla de 24 pulgadas como un símbolo del uso equilibrado del tiempo, el mazo como la fuerza de la conciencia que corrige lo superfluo, y el cincel como la educación y la disciplina que afinan la forma interior del ser humano. Estas herramientas no son decorativas: son una invitación permanente a la acción consciente.

La regla de 24 pulgadas enseña una de las lecciones más difíciles de la vida cotidiana: administrar el tiempo con sabiduría. No vivimos solo para producir ni solo para descansar; vivimos para armonizar deber, servicio, aprendizaje y reposo. En algunas explicaciones masónicas, esta regla se divide simbólicamente en tres partes equivalentes para recordar el equilibrio entre el servicio, el trabajo y el descanso. En la vida diaria, su aplicación es clara: organizar nuestras horas con propósito, evitar la dispersión y comprender que el tiempo mal empleado no vuelve. Así, la herramienta se convierte en una ética de vida.

El mazo representa la voluntad firme que elimina lo innecesario. Así como en la piedra bruta se desprenden las asperezas, en el ser humano deben desprenderse los vicios, los excesos, las pasiones desordenadas y los hábitos que deforman el carácter. En la vida cotidiana, esta enseñanza se traduce en mucho autocontrol. No siempre golpeamos grandes defectos; muchas veces debemos trabajar sobre pequeñas costumbres que, acumuladas, terminan alejándonos de nuestra mejor versión. El gavilán nos recuerda que el progreso interior exige decisión, constancia y valentía moral.

El cincel, por su parte, no destruye: afina. Si el mazo separa lo inútil, el cincel da forma, precisión y belleza. Diversas explicaciones simbólicas lo relacionan con la educación y el cultivo de la inteligencia, entendidos como medios para hacer al hombre más apto para la vida en sociedad. En lo cotidiano, el cincel nos habla de leer, estudiar, escuchar, corregirnos y aprender a dialogar. Nadie nace terminado, nadie nace sabiéndolo todo; todos necesitamos ser trabajados por el conocimiento, la experiencia y la reflexión. El cincel es, entonces, la paciencia del espíritu que se deja instruir.

Estas herramientas también están íntimamente ligadas a la imagen de la piedra bruta y la piedra pulida. La primera representa al hombre tal como llega al taller, tal y como llega a este recinto, como llegaron ustedes hermanos alguna vez y como llegue yo: imperfecto, con asperezas, con ignorancias y desequilibrios. La segunda simboliza el resultado del trabajo interior, el esfuerzo por alcanzar mayor armonía moral y rectitud. Esta alegoría es profundamente cotidiana, porque todos convivimos con nuestras propias imperfecciones. La pregunta no es si las tenemos, sino qué hacemos con ellas? La Masonería nos invita a no negarlas, sino a trabajarlas.

En este punto aparece el mandil, que no es una herrameinta como tal pero quise hablar de el, quise nombrarlo porque quizá sea el símbolo más visible y más fácil de reconocer de todo el atuendo masónico de un aprendiz. Su origen se asocia a los antiguos albañiles y canteros que lo usaban como protección física durante su labor; con el tiempo, la Masonería especulativa lo adoptó y lo convirtió en un emblema de trabajo, pureza y dignidad. En la tradición moderna se explica que el Aprendiz recibe un mandil sencillo de piel blanca, normalmente de cordero, como señal de inocencia, rectitud y disposición para el trabajo moral. Su sencillez no lo disminuye; al contrario, lo ennoblece.

Merece atención también el detalle de que el mandil del Aprendiz suele llevarse con la baveta levantada. Ese gesto no es casual. En el lenguaje simbólico masónico, la posición levantada indica que el Aprendiz aún está en proceso de formación, que su trabajo apenas comienza y que su tarea principal es recibir, observar, escuchar, prepararse y callar. El mandil alzado recuerda que no todo está consumado; hay una obra en curso. También puede entenderse como signo de que la luz recibida debe ser protegida y desarrollada con prudencia. Lo elevado de la baveta expresa, en cierto modo, la dignidad de quien empieza a trabajar sobre sí mismo.

Si volvemos la mirada a la historia operativa, el mandil tuvo una función muy práctica. Entre los antiguos trabajadores de la construcción servía para proteger el cuerpo y diferenciar a quienes trabajaban en la obra. Con el desarrollo de la Masonería moderna, esa prenda dejó de ser solo un utensilio laboral y se convirtió en un símbolo universal de la fraternidad. La diferencia entre oficios, grados y dignidades pasó a expresarse también mediante detalles del mandil, de modo que la prenda se transformó en un lenguaje visible de identidad y aprendizaje. Así, lo que en un principio distinguía al trabajador de la cantera pasó a señalar el grado de preparación espiritual y simbólica en la que se encontraba.

La construcción del Templo ofrece el marco más amplio para comprender todo esto. Ya no levantamos catedrales ni edificios de piedra; nuestra tarea es otra: levantar un templo interior, firme y bello, hecho de virtudes, disciplina y conciencia. La tradición masónica vincula el trabajo del obrero con la gran obra del Templo de Salomón como un símbolo de colaboración, orden y perfeccionamiento humano. Cada herramienta del Aprendiz, cada detalle del mandil, cada lección recibida en Logia apunta a ese mismo centro: la edificación de un ser humano más justo, más equilibrado y útil para sí mismo y para los demás.

En la vida cotidiana, esta enseñanza se vuelve concreta. Construir el templo interior significa hablar con verdad, actuar con justicia, moderar nuestras pasiones, respetar el tiempo propio y ajeno, y trabajar por el bien común. Significa también reconocer que la obra nunca termina del todo. Así como una piedra puede seguir puliéndose, el carácter humano también puede seguir refinándose. La Masonería nos recuerda que el verdadero taller no está fuera, sino dentro de nosotros. 

Por eso, las herramientas del Aprendiz no deben entenderse como símbolos estáticos, sino como compañeras de camino. La regla ordena el tiempo; el mazo corrige lo innecesario; el cincel da forma y educación; el mandil recuerda pureza, trabajo y dignidad. Juntas, estas enseñanzas nos hablan de una tarea simple y al mismo tiempo inmensa: convertir la vida cotidiana en materia de construcción moral.

El Aprendiz no es solo quien aprende un ritual, sino quien se reconoce incompleto y acepta el deber de mejorarse. Ya no somos canteros que levantan muros exteriores; somos obreros de una arquitectura invisible, llamados a levantar en nosotros mismos un templo digno de la luz que hemos recibido. Y esa, quizás, es la más alta de las obras.

Illibatus, A:.M:.