martes, 23 de junio de 2026

Tace et Labora

Continuando mi anterior trazado sobre los orígenes de Phi y su relación con nuestra fraternidad, hoy vuelvo sobre mis pasos: dos siglos y medio antes de la definición de la media y extrema razón, hasta la fundación de la escuela pitagórica, para hablaros del sonido del silencio.

Tras su regreso a Grecia, Pitágoras creó su famosa escuela en Crotona, que en apenas dos décadas se transformó en uno de los mayores centros de poder político de la Magna Grecia. Y de la misma forma en la que podemos observar paralelismos innegables entre el descenso de Inanna al inframundo y nuestro rito de iniciación, también los hay entre la organización interna de la escuela pitagórica y nuestra fraternidad.

Pitágoras mantuvo una activa y productiva vida pública, dando clases magistrales de ética y otros temas al pueblo llano. Pero también atesoraba un conocimiento místico de gran poder, al que solo debían acceder quienes poseyeran el carácter y la madurez necesarios para no hacer un mal uso de él. Por este motivo, la enseñanza esotérica estaba reservada a los que superaban las pruebas iniciáticas y un exigente período de preparación.

Llegado cierto momento, Pitágoras dejó de ser un individuo para transformarse en el método, el referente y el artífice de todo el conocimiento de la escuela. Este mismo Pitágoras examinaba “personalmente” a cada candidato o candidata. Para su evaluación tenía en cuenta el comportamiento con los padres y mayores (que fuese persona de buenas costumbres), así como su reacción ante el rechazo, la burla y la frustración (que no fuese esclavo de sus impulsos) y, sobre todo, si era capaz de guardar silencio.

Si el candidato o la candidata superaba las pruebas, pasaba a ser un acusmático. Estos participaban como oyentes: no veían al maestro y no tenían permitido hablar, debatir ni hacer preguntas. Este grado duraba entre tres y cinco años, tiempo en el cual el iniciado debía desprenderse de su ego y aprender a escuchar. Por otra parte, también se le exigía un silencio de cara al mundo exterior: la revelación de las enseñanzas o ritos a personas externas a la escuela sería castigada con la expulsión y la muerte simbólica del infractor.

Un aprendiz de masón desempeña en la logia un papel similar al de los acusmáticos: callar, escuchar y aprender. Pero hay diferencias esenciales: los aprendices masones no callamos para destruir nuestra personalidad en favor de un dogma, sino para poder escuchar, entender y evaluar, desprendiéndonos de nuestros prejuicios y falsas certezas profanas para edificar nuestro templo interior.

En el mundo profano vivimos sometidos a lo que Pablo Malo denomina la dictadura de la virtud, que transforma la moral en una herramienta de control tribal que nos obliga a tomar posiciones de forma inmediata y visceral en contra de aquellos que tienen ideas distintas a las nuestras, so pena de ser considerados parias dentro de nuestro propio grupo identitario.

El silencio del aprendiz es, en contraposición, un regalo: una herramienta que nos da la oportunidad de reflexionar, informarnos y construir con libertad y rigor nuestro propio pensamiento en un ambiente seguro, entre hermanos que han aprendido a no dejarse llevar por sus primeras impresiones o ideas preconcebidas, tal y como nosotros, queridos hermanos aprendices, estamos haciendo.

Kroptkin, A:.M:.