miércoles, 17 de junio de 2026

Ad Veritatem

 


Vivimos un momento raro. Uno en el que decir la verdad se ha vuelto, casi sin darnos cuenta, algo valiente.

Si volvemos a lo básico, a lo que Aristóteles ya entendía hace siglos, la verdad no es nada complicado: es reconocer las cosas tal como son. Lo que existe, existe. Lo que no existe, no existe. Simple de decir, pero para algunos, cada vez más difícil de entender.

Y, aun así, lo confundimos todo el tiempo. Tomamos una opinión, de cualquier cosa, aunque no la conozcamos, y la tratamos como si fuera un hecho. El problema no es tener opiniones; todos las tenemos. El problema es creer que, porque la defendemos con fuerza, se convierte en verdad. No funciona así.

Por suerte, los seres humanos creamos algo muy útil para separar lo que imaginamos de lo que realmente pasa: la ciencia. No sirve para darnos respuestas definitivas grabadas en piedra, sino para algo mejor: para equivocarse y corregirse. Para llegar con pruebas y decir, sin rodeos, que algo que todos creíamos cierto estaba mal. Esa capacidad de reconocer el error es, quizás, lo más valioso que tiene.

Pero es en la vida social donde la mentira es un arma muy peligrosa.

El problema no es que la gente se equivoque. El problema es cuando los relatos se tuercen a propósito. Cuando ciertos grupos políticos, religiosos e ideológicos, que anteponen sus intereses a la verdad, cogen lo que los datos ya han desmentido y lo venden como cierto. Lo vemos cada día, en redes y en medios: el discurso ya no parte de los hechos, parte de lo que les conviene. Se construye para ganar seguidores, influencia o poder.

Hemos entrado de lleno en la era de la posverdad: ese lugar donde una mentira cómoda llega más lejos que un dato incómodo.

Sería bonito pensar que esto tiene solución fácil, pero no es así. Esta manipulación no va a desaparecer. Las mentiras interesadas van a seguir ahí, compitiendo por nuestra atención, intentando evitar que avance la sociedad. Aprender a vivir con eso sin dejarse engañar es parte del desafío.

Por eso, la tarea no es esperar que el mundo deje de mentir. Es aprender a ver mejor. Hannah Arendt, una filósofa que vivió de cerca el poder de la propaganda, lo dijo con una claridad que da que pensar:
El resultado de reemplazar la verdad por la mentira de forma constante no es que la mentira se acepte como verdad, sino que perdemos la capacidad de orientarnos en la realidad.
No podemos dejar que eso pase. Frente al discurso vacío, los datos. Frente a la manipulación, los hechos. Hechos frente al rédito de la ilusión.

¿Cómo podemos seguir pensando con claridad y mantenernos pegados a la realidad en un mundo donde las mentiras suelen ser más cómodas y convincentes que la verdad?

Podemos aprender de cómo lo hicieron las sáficas que, en la década de los 80, no se dejaron vencer por las mentiras ni por los prejuicios, y fueron un báculo de luz para muchos, cuando la oscuridad reinaba en gran parte del mundo.

Nicté, M:.M:.