Cuando una persona se plantea ingresar en una obediencia masónica le asaltan multitud de dudas, pero también un inquebrantable espíritu de superación y desarrollo personal. La imperante necesidad que tenemos de prosperar –al menos la demostramos las personas que estamos aquí- es el mejor aliciente que nos imprime la valentía necesaria para hacerlo.
Podemos presuponer que somos pequeños-grandes privilegiados al vivir en una sociedad razonablemente desarrollada, en la que -pese a las diversas coyunturas u oscilaciones vitales de cada cuál- tenemos cubiertas en gran medida las necesidades más básicas que permiten alcanzar un nivel de dignidad humana aceptable.
Pero en todo este paraíso particular o lo que alguna gente podría denominar su peculiar zona de confort, ¿no echamos algo en falta? Creo que la respuesta es evidente y es rotundamente: ¡¡sí, sí lo echamos!!
Humildemente creo que existen esos bienes terrenales de acceso común o universal que nos muestran un espejismo de autorrealización personal y, de frente o en otra punta, una cruda realidad que dista mucho del anhelado desarrollo personal y que –lamentablemente- nos demuestran que estamos huérfanos intelectualmente hablando.
En esa tesitura nos encontramos cuando nos dan un mazo y un cincel. O dejamos la piedra (bruta) tal como nos la encontramos y optamos directamente por el estancamiento o tratamos de perfeccionar nuestra existencia para convertirla en algo útil. Y algo útil ya no para los demás sino para nosotros mismos.
Es más que probable que la inmensa mayoría opte por un camino fácil y cómodo. Pero ese camino lo único que fomenta y consigue a largo plazo es un sendero de tremenda frustración personal. En este punto cobraría vigor esa famosa frase coloquial de que “lo barato sale caro”. Es tremendamente caro caminar en una sociedad en la que la desidia es su máximo exponente.
El motivo de esa gran carestía la podemos ver reflejada diariamente con respecto a la multitud de cuestiones de índole humana que nos acechan continuamente y la reacción mayoritaria. Una sociedad cuanto más adolece en su humanidad más falla en su arquitectura social y, por consiguiente, más rápido se degradará.
La cuestión humana tiene que ir íntimamente ligada al cuestionamiento permanente de todo lo que nos rodea. Una persona que acepta todo lo que le viene dado será una persona pobre espiritualmente hablando. La confrontación de ideas y planteamientos es la mejor forma de prosperar.
Salir de una zona de confort tremendamente adornada no nos va a aportar enriquecimiento personal. Por lo tanto, se necesita una actitud proactiva de superación del estancamiento.
