lunes, 18 de febrero de 2019

Q.·.H.·. Manuel Suárez Castro


Manuel Suárez Castro, hijo de José Suárez Rodríguez (carpintero) y Ramona Castro Pardo, nació en Orense o seis de octubre de 1890 en el seno de una familia modesta.

Cantero de profesión, y más tarde maestro de obras, Manuel Suárez es un claro ejemplo de hombre hecho a sí mismo. Su formación eminentemente autodidacta, su compromiso político y o su trabajo pronto hicieron de él un destacado miembro das Juventudes Socialistas orensanas y del Centro de Sociedades Obreras llamado a ocupar puestos de mayor responsabilidad en la vida política da ciudad.

En 1913 ya ocupaba la Presidencia de las Juventudes Socialistas orensanas y era miembro de la Sociedad de Canteros de la ciudad. En 1914 comparte cartel con Pablo Iglesias en los mítines socialistas celebrados en la provincia de Orense, es designado corresponsal de El Socialista e inicia un intenso y directo epistolario con padre del socialismo español, El Abuelo.

Pronto ocupará importantes cargos en el seno de las sociedades obreras, la UGT y el PSOE locales, convirtiéndose a partir de los años ´20 en el líder indiscutible del socialismo orensano hasta a su injusto fusilamiento el 27 de julio de 1937 a manos de los fascistas.

Con el nombre simbólico de "Jaime Vera", en 1929 fundará el Triángulo Masónico Adelante nº 7 y formará parte de la logia Constancia nº 13 hasta su desaparición, alcanzando el grado de Compañero Masón.

Entre otros muchos cargos de importancia en la vida política de la ciudad, el hermano Manuel Suárez fue Presidente de la Casa del Pueblo, Teniente-alcalde del Ayuntamiento de Orense (1931-1934), Diputado y Vicepresidente de la Diputación Provincial de Orense (1931-1934) y alcalde “accidental” de la capital orensana de enero a julio de 1936. Así mismo, fue miembro de la Junta Directiva de la Escuela Laica Neutral de Orense y miembro fundador del Comité Local de la Liga Española de los Derechos del Hombre.

lunes, 11 de febrero de 2019

Q.·.H.·. Arturo Vázquez Núñez


Nació en Ourense el 15 de noviembre de 1852, ciudad en la que murió el 2 de marzo de 1907. Estudió en el Instituto orensano, donde recibió el grado de bachiller en 1868, y cursó tres años de Medicina en Santiago. Pasó luego a Madrid, donde estuvo en el Ministerio de Gracia y Justicia de 1872 a 1877, en que vuelve a Ourense y trabaja en la Tesorería de Hacienda hasta 1884.

Escritor que en su juventud cultivó la poesía festiva con colaboraciones en O Tío Marcos da Portela. Ejerció también de periodista, colaborando en muy diversas publicaciones tanto gallegas como madrileñas (El Diablo Mundo; El Mundo CómicoEl Imparcial). Publicó varios libros de texto sobre gramática francesa, materia de la que fue profesor en el Instituto Provincial (1887-91) durante la dirección del establecimiento de su hermano masón Juan Sieiro, así como primer director de la Escuela de Artes y Oficios Provincial de Orense (1891-1895).

Posteriormente dedicó su atención a los estudios de historia y arqueología, quedando como testimonio además de libros y folletos, los muy numerosos estudios publicados en el Boletín de la Comisión de Monumentos. Fue socio de mérito de la Sociedad Arqueológica de Pontevedra (1899), Correspondiente de la Real Academia Gallega, fue nombrado correspondiente de la Real Academia de la Historia el 13 de enero de 1896, y tomó posesión como vocal de la Comisión Provincial de Monumentos el 17 de mayo 1896. Desde entonces fue alma y animador del Museo Provincial en sus primeros años como le reconocieron sus propios compañeros con ocasión del traslado desde el edificio de la Diputación Provincial al Instituto Provincial de Segunda Enseñanza (el actual IES. Otero Pedrayo) en 1904.

Fue miembro de la RLS.·. Fraternidad Ibérica nº 90 (Madrid) hacia 1883, donde adquirió el nombre simbólico de "Aníbal".

viernes, 8 de febrero de 2019

Q.·.H.·. Juan Sieiro González


Juan Bernardo Sieiro González, tal era su nombre según consta en el libro de bautismos de la parroquia de Santo Tomás de Maside, nacio el lunes 02 de febrero de 1835. Hijo de don Juan Sieiro - farmacéutico de la villa orensana de Maside - y de doña María Benita González Pereira, fue quinto de nueve hermanos - María del Pilar (1826), Maximino (1828), Gerundina (1830), Ángel (1832), Benigno (1836), Inocencia (1839), María de los Dolores (1843) e Margarita (1846) - y el tercero de cuatro varones.

Comienza sus estudios en Ourense, siendo alumno interno del Seminario Conciliar de San Fernando, donde estudia Teología los cursos 1848-1849 y 1850-1855, obteniendo brillantes calificaciones. En 1848 había obtenido el título de Bachiller en Filosofía en Santiago, ingresando posteriormente en la Universidad Central de Madrid donde cursará las licenciaturas de Filosofía y Teología.

Comenzó su actividad profesional como docente en el Colegio San José de Madrid, agregado al Instituto de San Isidoro. Así mismo, fue profesor en un colegio donde, entre otros, enseñaban importantes krausistas y republicanos como Nicolás Salmerón.

Desde su etapa como estudiante en Madrid abraza el ideario krausista, convirtiéndose en uno de sus difusores y defensores en Galicia.

En 1863 accede por oposición a la cátedra de Latín y Griego del Instituto Provincial de Pontevedra, donde permanecerá hasta su traslado definitivo a Ourense.

Ya en Ourense, ocupará la cátedra de Filosofía, Psicología y Lógica y ejercerá como director del Instituto Provincial orensano entre los años 1881 y 1893, año en que fallece.

Fue autor de obras como: Principios de Psicología o Antropología Psíquica, Lógica y Ética (1872), Historia y programa de Filosofía (1881), Programa razonado de Metafísica (1884) o Sociología (1888). También fue habitual colaborador en periódicos y revistas como El Alerta o La Ilustración Gallega y Asturiana, así como director de la revista El Eco del Liceo.

Entre otros cargos institucionales, destacan:

Concejal y 2º Teniente de alcalde de la ciudad de Ourense (1881-1883).
Socio fundador de la Academia de Jurisprudencia de Ourense (1888).
Miembro da Real Sociedad Económica Matritense.
Presidente de la Sección de Ciencias y Letras del Liceo.

Fue Maestro Masón en la RLS:. Auria nº 59/nº 10 (1871-1889), a la que pertenecía Manuel Curros Enríquez.

jueves, 7 de febrero de 2019

El ser humano como patógeno

 

Si existe una experiencia verdaderamente compartida por la humanidad a lo largo de su historia —y que, además, se manifiesta de forma recurrente— esa es la de las pandemias. Nos referimos a episodios en los que una enfermedad infecciosa, de origen vírico o bacteriano, afecta a una proporción significativa de la población humana en un ámbito geográfico amplio. Conviene subrayar que el concepto mismo de “extensión geográfica” ha adquirido un significado radicalmente distinto en la actualidad: en épocas pretéritas, debido tanto a la precariedad de las comunicaciones como a la elevada virulencia de los patógenos —estrechamente ligada a la ausencia de tratamientos médicos eficaces—, los brotes epidémicos tendían a autolimitarse.

En su origen, cualquier fenómeno sanitario que trascendiese la desaparición de una aldea o de una pequeña ciudad era ya motivo de alarma. No resulta sorprendente, por tanto, que los anales históricos recojan referencias a grandes plagas incluso anteriores a nuestra era.

Un ejemplo paradigmático es la denominada Plaga de Atenas, durante las guerras del Peloponeso (ca. 430 a. C.), en la que probablemente intervino el agente que siglos más tarde sería identificado como el bacilo de Eberth. Esta epidemia llegó a diezmar aproximadamente una cuarta parte de la población ateniense en el transcurso de cuatro años, contribuyendo de forma decisiva al declive de Atenas como cabeza de las polis griegas. Posteriormente, la peste antonina —muy probablemente viruela— acabó con la vida de unos cinco millones de habitantes del Imperio romano, en dos brotes sucesivos en los que se llegaron a registrar hasta 5.000 muertes diarias en la capital imperial. A ello se sumó la peste de Justiniano, que supuso la irrupción histórica de Yersinia pestis y que, a partir del año 541, eliminó cerca del 40 % de la población del Imperio bizantino. Desde entonces, una larga sucesión de pandemias —peste negra, tifus, viruela, cólera, ébola— ha acompañado el devenir humano, hasta el punto de que, sin necesidad de remontarnos demasiado en el tiempo, basta señalar que en los dos últimos siglos estas enfermedades han causado la muerte de más de 600 millones de personas.

En este contexto resulta inevitable recordar un pasaje de la primera entrega de la saga cinematográfica de las hermanas Wachowski, en el que se establece una analogía provocadora entre el ser humano y un virus: “os movéis a un área y os multiplicáis y multiplicáis hasta que todo recurso natural es consumido, y la única manera en que podéis sobrevivir es trasladándoos a otro sitio (…). Los seres humanos son una enfermedad, el cáncer de este planeta. Sois una plaga”. Desde un punto de vista biológico, cuando un organismo es atacado por un patógeno, su sistema inmunitario responde desencadenando una lucha cuyo desenlace solo puede ser la eliminación del agente invasor o la muerte del huésped.

Cabe preguntarse, entonces, si Lovelock y Margulis no estaban en lo cierto al proponer que la Tierra —Gaia— se comporta como un sistema vivo. ¿Podría interpretarse la COVID-19 como una respuesta inmunitaria frente a la “plaga” humana? ¿Está la Madre Tierra reaccionando contra el agente infeccioso Homo sapiens, cuya actividad ha contribuido de manera decisiva a la sexta extinción masiva de la historia del planeta? La pérdida acelerada de hábitats, el cambio climático y nuestros sistemas de producción de alimentos han provocado que más de 300 especies de vertebrados hayan desaparecido y que un 25 % de las restantes se encuentren en franco declive. En apenas cuatro décadas, el 45 % de los invertebrados del planeta ha pasado a engrosar, literalmente, colecciones de museo. Resulta inquietante plantear si una hipotética “respuesta inmune” global podría poner en jaque a la humanidad, amenazando con la desaparición de hasta una cuarta parte de su población.

A todo ello se suma una evidencia incuestionable: en una sociedad hipercomunicada como la actual, las posibilidades de contener una pandemia disminuyen de forma dramática. Y, por supuesto, no puede ignorarse el papel de la propia necedad humana, amplificada por terraplanistas, negacionistas, conspiranoicos y movimientos antivacunas, que prosperan al amparo de décadas de degradación intelectual. Somos, en cierto modo, como dinosaurios fascinados por la belleza de la estela luminosa que deja en el cielo un enorme asteroide, ajenos a que su impacto inminente desencadenará un Evento Ligado a la Extinción (ELE).

Sin embargo, un ELE no se manifiesta de manera súbita, como si desde el Empíreo el Primum Mobile accionase un interruptor. La hipotética respuesta inmunitaria de Gaia sería un proceso lento, de consecuencias profundas, que trascienden el mero sufrimiento —y eventual desaparición— del patógeno. En el curso de nuestra historia reciente hemos ido abandonando progresivamente numerosos elementos esenciales de nuestra condición social.

Nos hemos concentrado en ciudades diseñadas primordialmente bajo criterios economicistas, donde el individuo se diluye en la masa y los vínculos tradicionales asociados a la comunidad humana se erosionan. Nuestras relaciones se articulan, con frecuencia, en torno a formas de ocio concebidas también con fines mercantilistas. La pandemia actual ha paralizado buena parte de estos “mecanismos económicos” de interacción social, eliminando del día a día el contacto íntimo y físico entre personas. El resultado es una situación de aislamiento no solo corporal, sino también espiritual, cuyo impacto sobre la estabilidad psíquica puede ser incluso más profundo que el daño físico causado directamente por el virus.

Con todo, vivimos afortunadamente en un territorio como Galicia, con un mundo rural agonizante pero aún presente, donde el contacto con el entorno natural y ciertos valores comunitarios persisten. Estos elementos han permitido mitigar, al menos en parte, los efectos del confinamiento, aportando humanidad y solidaridad frente a una crisis sanitaria que ha puesto de manifiesto tanto nuestras fragilidades biológicas como nuestras carencias sociales.

Robespierre, M:.M:.

viernes, 1 de febrero de 2019

Q.·.H.·. Higinio Rodríguez Mármol


Nación en el lugar de A Torre en A Forxa (Porqueira) en el 05 de marzo de 1885. Hombre culto y de ideas avanzadas, su familia estaba ligada al magisterio orensano.  En sus años de juventud emigró a la isla de Cuba, donde hizo fortuna trabajando como ingeniero en las obras del ferrocarril a su aso por Morón, en la provincia de Ciego de Ávila.

Es allí donde entra en contacto con la Masonería, siendo iniciado la la logia Obreros de Morón -aún activa en la actualidad- el 05 de marzo de 1918. Adquiere el grado de Maestro Masón el 27 de abril de 1920, causando baja en el taller el 28 de junio de 1921, cuando regresa definitivamente a Galicia.

A su regreso en España se establece en Ganade y contacta con los círculos políticos progresistas y republicanos del momento, así como con los integrantes de la R.·.L.·.S.·. Constancia, nº 13,  la que se afiliará.

Se casará entonces con Ramona Iglesias, una joven maestra afiliada a la ATEO, hija de un catedrático del Instituto Provincial de Ourense y de una conocida y adinerada familia  de la villa de Xinzo da Limia, que le salvará la vida en más de una ocasión tras el golpe de Estado fascista de 1936.

Afiliado a Izquierda Republicana, fue alcalde de Porqueira en la década de los años ´20 y, entre mayo y julio de 1936, de la villa de Xinzo da Limia. También fue miembro de la Junta protectora de la Escuela Laica Neutral de Ourense hasta su disolución en juio de 1936.

Su compromiso político y filiación masónica lo llevaron a sufrir 14 años de presidio, pasando por las cárceles de Xinzo, Ourense, Celanova y Carabanchel, eludiendo la muerte en varias ocasiones gracias a la intervención de su esposa, que durante el cautiverio de su esposo en Celanova se instaló en la villa con sus ocho hijos para montar guardia todas las noches para evitar que los falangistas llevaran a su marido al alto del Forriolo para ser ejecutado.

Sufrió la incautación de todos sus bienes y de toda su fortuna adquirida en Cuba, si bien su esposa fue capaz de recomprar buena parte de este capital gracias a los posibles de su familia.

Higinio Rodríguez Mármol, una vez puesto en libertad, regresa a Xinzo de Limia hasta su muerte en 1976 no sin padecer un obligado exilio interior.