domingo, 17 de mayo de 2026

Los monstruos del interregno


Hace algún tiempo compartí con vosotros una reflexión* sobre el posible ocaso del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial y la transición hacia un nuevo equilibrio de poder todavía incierto. Aquella reflexión fue posteriormente desarrollada por nuestro Q:.H:. Marcus Aurelius*, quien profundizó con rigor en las implicaciones geopolíticas y estratégicas de dicho proceso.

Sin embargo, existía un elemento esencial que en mi reflexión inicial apenas quedó formulado de manera implícita: la guerra. Aspecto que fue sabiamente señalado por el Q∴H∴ Marcus Aurelius al analizar las consecuencias últimas de las transiciones hegemónicas y la creciente fragmentación del orden internacional contemporáneo.

No porque la guerra constituya una anomalía inevitable de la historia humana, sino porque es recurrentemente como mecanismo traumático de resolución de las crisis sistémicas. Señalaba que “muchos imperios se han sucedido en la humanidad” y que “el acto final de la obra ha sido la guerra”. La aportación de Marcus Aurelius permite ahora comprender esa intuición mediante el concepto de la Trampa de Tucídides.

Tucídides escribió que “fue el ascenso de Atenas y el miedo que esto provocó en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”. Graham Allison recuperó esta idea para explicar cómo el ascenso de una potencia emergente frente a una dominante incrementa el riesgo de conflicto.

La situación actual parece responder a ese esquema. Estados Unidos continúa siendo la principal potencia mundial, pero su liderazgo ya no es incontestable. Paralelamente, China emerge como actor capaz de disputar espacios crecientes de influencia económica, tecnológica y estratégica. Marcus Aurelius describe cómo esta rivalidad ha trascendido el ámbito comercial para convertirse en una competencia geopolítica e ideológica global. 

La Trampa de Tucídides no debe entenderse como un fenómeno geoestratégico, sino profundamente humano. Las guerras sistémicas rara vez nacen de la irracionalidad sino que de racionalidades enfrentadas. Cada actor considera legítima su posición y percibe al otro como amenaza. Ahí reside la tragedia: el conflicto puede emerger incluso cuando ninguno lo desea conscientemente.

Porque los sistemas de poder generan dinámicas propias: intereses económicos, complejos militares, nacionalismos y mecanismos de miedo colectivo que empujan progresivamente hacia la confrontación.

Y es aquí donde la reflexión masónica adquiere pleno sentido. La masonería ha defendido históricamente el perfeccionamiento moral e intelectual del ser humano como condición indispensable para construir sociedades racionales. Pero, allí donde el individuo no gobierna sus impulsos, las sociedades terminan siendo gobernadas por ellos.

La Trampa de Tucídides es la manifestación geopolítica de una incapacidad moral colectiva. Al sustituir razón por miedo, pensamiento complejo por simplificación y fraternidad por tribalismo, el conflicto comienza a percibirse como solución aceptable.

Ese proceso ya está ocurriendo. La militarización del Indo-Pacífico, el debilitamiento del multilateralismo, las guerras comerciales y el auge de discursos nacionalistas son síntomas evidentes de un sistema internacional sometido a una tensión estructural creciente. 

Pero la reflexión de Marcus Aurelius incorpora además otro elemento fundamental: la Trampa de Kindleberger: El orden internacional necesita un hegemón capaz de proporcionar estabilidad. El problema surge cuando la potencia dominante pierde capacidad de liderazgo sin que exista otra preparada para sustituirla, y eso describe exactamente nuestro tiempo.

Estados Unidos mantiene un enorme poder, pero su legitimidad global se erosiona. China posee creciente capacidad material, pero todavía no parece preparada para asumir plenamente un liderazgo global estable. El resultado es un interregno caracterizado por incertidumbre, fragmentación y conflictos regionales.

Antonio Gramsci escribió que “el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Difícilmente puede definirse mejor nuestra época.

Ante este escenario debemos preguntarnos cuál debe ser nuestra posición como masones.

La respuesta no puede reducirse a un pacifismo ingenuo. La historia demuestra que las sociedades pueden retroceder y que la civilización no avanza linealmente. Toda guerra necesita previamente una simplificación moral del mundo: transformar al adversario en enemigo, sustituir el análisis por la consigna y movilizar emocionalmente a sociedades incapaces de sostener el pensamiento crítico.

Por ello, el deber iniciático de nuestro tiempo consiste en preservar aquello que hace posible la paz: la razón, la duda, la capacidad crítica y la fraternidad universal.

La masonería no controla ejércitos ni mercados, pero sí puede actuar sobre el terreno previo donde nacen las guerras: el deterioro intelectual y moral de las sociedades.

Cuando el lenguaje se degrada, el pensamiento se degrada con él. Cuando la propaganda sustituye al análisis, el ciudadano deja de ser libre. Y cuando el miedo ocupa el lugar de la razón, las sociedades terminan aceptando aquello que poco antes parecía impensable.

Esa es la verdadera enseñanza de Tucídides.

La guerra no surge únicamente de la ambición de los Estados, sino de la incapacidad humana para gobernar racionalmente sus propios temores y pasiones.

Por ello, el simbolismo iniciático conserva plena vigencia. El compás y la escuadra representan el equilibrio entre fuerza y medida, entre pasión y razón. La construcción del Templo no es solo espiritual; es también civilizatoria.

Hoy contemplamos un mundo fatigado, polarizado y crecientemente emocional. Y en ese contexto, el riesgo de caer en la Trampa de Tucídides depende tanto de las decisiones de las grandes potencias como de nuestra capacidad colectiva para resistir la lógica del miedo y del odio.

Porque las grandes tragedias históricas rara vez comienzan con monstruos evidentes. Suelen comenzar con pequeñas concesiones sucesivas a la irracionalidad y a la simplificación.

Y quizá nuestra responsabilidad como masones consista precisamente en impedir que la oscuridad vuelva a presentarse disfrazada de inevitabilidad.

Robespierre, M:.M:.

Respuesta del V:.H:. Robespierre al tradazo de aquitectura del Q:.H:. Marcus Aurelius.